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Angel Aranda trabaja en Smarfit
Carlos Gomez
agomezd@nexo.es 

Ángel Aranda trabaja en Smarfit, una empresa de suministros industriales. Su mirada se vuelve hacia la recepcionista cada vez que ésta pasa por delante de la puerta de su despacho; un despacho beige y de decoración tenue y funcional.

Había pasado la tarde realizando pequeños giros en su silla tapizada en verde y removiendo papeles sin ningún fin concreto. Tras la hora de la comida el tiempo se arrastraba lánguido en aquellos fríos despachos. Ángel no tenía una asignación demasiado concreta en aquel negocio y normalmente se sentía ocupado después de asistir a alguna reunión -en las que raramente tomaba palabra-; el resto de tardes las pasaba jugueteando con su cabello y pensando historias protagonizadas por la recepcionista y él.

Aquel día, sin embargo, y movido por lo que él pensó que era aburrimiento cogió un folio en blanco. Con el bolígrafo azul (con el logotipo de la empresa) comenzó a escribir silogismos que le venían espontaneamente a la cabeza, aunque en realidad los hubiera pensado infinitas veces:

"La muerte implica dejar de pensar. Dejar de pensar implica que no hay tiempo (ya que el tiempo no es más que una creación de nuestra mente en el acto de la consciencia). Que no haya tiempo significa que no puede haber sucesión de acontecimientos. Si no hay sucesión de acontecimientos no puede existir el evento muerte después del evento vida. Y si no existe la muerte, nuestra vida es eterna."

Cerró los ojos tratando de ver un poco más allá. Quería ver con los ojos la reducción al absurdo. Los abrió y veía una pantalla de ordenador de tono claro. Sentía una necesidad extraña pero imperiosa de ver "algo". Sin sentir los movimientos de su cuerpo se levantó y se encaminó hacia fuera. Más correcto que decir que no acostumbraba a salir al exterior en horas de trabajo sería decir que jamás lo había hecho; no fumaba, no bebía y aguantaba sus necesidades orgánicas durante más tiempo que la mayoría de los mortales.

Pasó ante la recepcionista, que le regaló una mirada de travelling y un saludo amable. Ángel ni siquiera lo notó, andaba presuroso hacia no sabía lo qué. Desde fuera la panorámica era, ¿cómo decirlo?, industriosa y moderna. Un gran aparcamiento asfaltado hacía de plaza para una circunferencia irregular de naves de chapa metálica y bajos edificios de oficinas que parecían de cartón piedra. No había altas chimeneas ni operarios ennegrecidos y sudorosos; simplemente camiones y pequeños vehículos para cargar la mercancía. Lo que se cargaba, se almacenaba y se llevaba de un lado a otro eran pilas de cajas de cartón sin montar, altísimos rollos de papel continuo y cilindros interminables y en precario equilibrio de cinta adhesiva. Unos pocos bultos humanos conducían los carritos motorizados. El silencio era penetrante y casi hostil. Ángel jamás se había parado allí, en mitad del aparcamiento, a ver y oír esa quietud.

Metió las manos en los bolsillos de la americana. Así, recordando a un pato desorientado, se quedó un largo momento. Un momento de segundos, días y años en el que se notaba despertar. Pensó, tan sólo y sin más trascendencia, en qué hacer; no quería volver al tedio de su silla reclinable y giratoria sin hacer algo. Quería algo extraño y a la vez quería algo común. Intentó recordar algún trabajo manual de su infancia. Volvió su pensamiento sobre las clases de albañilería que le daba su hermano mayor en el río: hacer con piedras suaves y arena castillos eternos; recordó su deseo hacia la hija de los vecinos de al lado, y como querría haberla llevado a un castillo de verdad y de arena a un tiempo...

Ya había cogido el primer montón de cajas. Las arrastró hasta el centro del aparcamiento; con una cuchilla que había allí rasgó el plástico y sacó las cajas, lo cual le costó un buen rato ya que las cajas parecían no querer salir del corsé en el que habían sido agolpadas. Por sus sienes se dibujaron las primeras gotas de sudor, se quitó la chaqueta y, de pronto sintiendo un hueco temor, miró en su derredor. ¿Le dirían algo por estar haciendo el imbécil con las cajas de la empresa? Suponía que sí, pero buscando nuevos silogismos se dijo que cajas sobraban y por el justo medio del aparcamiento nunca pasaba nadie, ya que éste era demasiado grande para los vehículos que lo utilizaban; por tanto no había razón para decirle que estaba haciendo algo mal.

Montó diecisiete cajas, con dedos cada vez más hábiles. Dejándolas abiertas las colocó formando un extraño e irregular polígono. Todo esto lo cubrió con una capa de cajas sin montar, es decir, planas. Se alejó unos metros para observar lo realizado y corrió a buscar más cajas y cinta adhesiva. La siguiente media hora la empleó en hacer una forma caótica y que se aproximaba vagamente a un elipsoide de unos cuatro metros de largo por uno y medio de alto; ésto lo realizó enredando las cajas arrugadas con abundante cinta adhesiva. Cada cierto tiempo se alejaba de aquel revoltijo marrón y miraba con las manos en jarras, luego añadía o quitaba algo y seguía.

Dos horas más tarde, el aparcamiento tenía una obra de la ingeniería del absurdo en su centro. No se podía decir que fuera algo hermoso hablando en términos de belleza común. Se podían afirmar dos cosas: que era muy grande y que había un inexplicable orden en aquel amasijo, por otra parte informe. Ángel recogió su chaqueta del asfalto y miró al cielo: gris, turbio; miró a los operarios: indiferencia, ni siquiera parecía que hubieran reparado en lo que se elevaba ante ellos; miró a la ventana del despacho del jefe: una sombra entre las cortinas y una sonrisa extraña; subió a su despacho, recogió las cosas y marchó a casa exhausto.

Ni por un momento en toda la noche pensó en lo que había hecho aquella tarde. Pensó -antes de dormirse definitivamente- en la recepcionista; era un recuerdo que le gustaba tener antes de suspirar por última vez y soplar la llama del día gastado; era casi un ritual desprovisto de amor aunque no de sensualidad.

Despertó al día siguiente con el crepitar de la ventana golpeada por la lluvia. Era un día de invierno de los "apacibles": caía un fuerte aguacero y hacía frío pero eso daba más ternura al calor de la casa. Ángel pensaba en el desayuno en bata, en el coche en el garaje, en la estufita que tenía en el despacho... y todo eso lo enfrentaba a la humedad gélida del exterior; la contraposición le parecía gratificante y le puso de inmediato de buen humor.

Llegó al trabajo cinco minutos antes de lo habitual ya que se topó casi todos los semáforos abiertos. Ni se le había pasado por la mente su magna obra del día anterior. Al meter el coche en el aparcamiento del polígono industrial, se extrañó del fluído marrón que bajaba en pequeños arroyos. Levantó la mirada y vió que sus cajas -como un coloso de Rodas caído- se habían convertido en una pasta oscura merced a las fuertes lluvias de la noche. El coche se le caló.

Por la tarde -ya con la furia atmosférica amainada- salió de la oficina y recogió los desperdicios del día anterior, quedándose con algunos trozos de pasta marrón. Montó veinte cajas, se quitó la chaqueta... Pasó toda la tarde allí. En el despacho del jefe, dos corbatas hablantes reían y alababan la dedicación del señor Ángel Aranda. Los operarios no prestaban ninguna atención. Ángel no se preocupaba ya de mirar al cielo ni a ninguna parte que no fuera su centro del aparcamiento.

Carlos Gómez

 

 
 

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