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Andrés Expósito
andamios@teleline.es
EL SOBRE NEGRO
La memoria ya a mis ochenta años de edad me gasta muchas
faenas, pero es hoy cuando no se si producto de esas vilezas
que se introducen en mi mente, o por algún sueño extraño
que me ha traído la noche, me parece estar allí con mis
treinta años, esperándote en la estación de autobús. Era
mi última oportunidad, nuestra última oportunidad, para
emprender algo nuevo, hacer brotar la continuación de un
sentimiento que ya había surcado bastantes instantes desde su
inicio.
La claridad del día, el sol con sus deslumbrantes rayos se
mostraba a través de los ventanales de la estación mientras
intentaba incorporarse dentro, acapararlo todo, incluso la
felicidad con que expresaba mi epístola de presentación
aquella jornada.
Desde la semana anterior cuando nos decidimos a abandonar
el barrio. Ahogados por los sucesos, unos y otros, otros y
unos, que tanto habían amenazado nuestra relación, parecía
que nuestros rostros habían sido dibujados de nuevo,
realzando en este nuevo boceto la luminosidad, el albor, el
gozo, el agrado. Adjetivos tantos años olvidados, tantos
días desterrados.
Hoy observando tras esta ventana, como ya he dicho antes ya
a mis ochenta años de edad, en esta habitación vacía, y
cuando los días en su vertiginoso transcurrir me ha traído
las canas a mis pocos pelos, estas arrugas que cada hora
importunan más, y los dolores que de arriba abajo, de abajo a
arriba, recorren mi espalda, mis piernas, mi cintura, vuelvo a
poseer entre mis manos, que ahora tiemblan, y tras esos rayos,
ese sol, que vuelve a ser el de aquel día, tras este pequeño
ventanal, el sobre negro, tu sobre negro conteniendo una
despedida.
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