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EL
MIEDO
Cristina Reyes
thecrash18@hotmail.com
A
veces me pregunto porque tengo que ser así. Quisiera no tener
este sentimiento tan complicado, al menos quisiera que no se
manifestara en mi tan continuamente a lo largo del día, pero
por desgracia no lo puedo evitar. Sin apenas darme tiempo a
reaccionar el miedo me asalta por sorpresa.
Cuando empiezo a pensar por ejemplo en mi futuro, él está ahí,
presente, como acechando todos mis movimientos, para poder
avasallarme de nuevo al presentarse mi primer error.
A veces me digo a mi misma q tengo que ser fuerte, luchar en
la vida para conseguir hallar mis objetivos y olvidarme de lo
duro que puede resultar el camino para acceder a estos.. Pero
acto seguido me vuelvo a derrumbar en mi particular mar de
tristeza. Me intento desengañar y me repito una y otra vez
que al final no conseguiré mis propósitos.
¿Y todo eso por que me pasa?
Porque tengo miedo.
Miedo a fallar.
Miedo a que me fallen mis seres queridos.
Miedo a no tener suficientes agallas para seguir adelante.
Miedo a desilusionarme con cosas que realmente ansío y me
importan.
Miedo a desilusionar a los demás.
Miedo a no poder demostrarme a mi misma que realmente puedo
con todo lo que me proponga.
Miedo a pensar en el futuro que me tocará vivir.
Miedo a vivir.
Eso es todo. En definitiva todo se puede simplificar en el
inmenso miedo que le tengo a la vida, a mi vida.
SEGUNDA
OPORTUNIDAD
Cristina Reyes
thecrash18@hotmail.com
Era un día de
lluvia.
A pesar de ello decidí salir a la calle.
Estaba desesperada.
Aunque era consciente de que la lluvia era muy intensa decidí
salir, necesitaba algo, aunque no sabía demasiado bien el que.
Necesitaba sentir como las gotas se iban escurriendo una
a una por mi cuerpo y como la suave brisa de la noche
acariciaba mi piel.
Y sobretodo necesitaba estar sola.
Con solo eso conseguí olvidarme un poco de todo, conseguí
alejarme por un instante mi vida.
Al salir de casa, permanecí allí, quieta, durante esos
minutos en los que mi mente no pensaba en nada, en los que mi
paz interior era tan inmensa que apenas parecía que realmente
estuviera allí, parecía que no era nada, que no existía.
Estaba allí, despreocupada de todo el resto del mundo,
mirando el cielo dificultosamente ya que las gotas chocaban al
caer contra mis ojos y hacían que estos titubearan
durante un segundo, cuando de pronto sin mas me vino una
imagen a la cabeza. Como por arte de magia, esa mente que había
permanecido inactiva durante todo aquel tiempo reaccionó sin
motivo alguno y visualizó la escena que había vivido con mi
chico tan solo unas horas atrás.
Le vi allí, en aquel bar donde solíamos quedar cada tarde,
sentado frente a mí, explicándome la bronca que había
tenido con su jefe. Todo se reproducía exactamente igual como
había sucedido tan solo unas horas antes.
Luego recordé, también sin querer, como al despedirse de mí
y coger su moto, yo solo le di un beso y pronuncié un áspero
hasta mañana.
No le dije te quiero.
Y esa fue mi última oportunidad para pronunciar esas dos
palabras que tan satisfactorias resultan para todo el mundo.
Nunca crees que va ser la última despedida, nunca puedes
imaginar que esa persona a la que tanto quieres se va a ir
para no volver jamás.
Y así fue aquella tarde, esa fue nuestra última despedida,
ya que Carlos no pudo controlar su moto sobre el pavimento
mojado y en una curva de camino a casa perdió el control. Y
así esa curva y la cruel lluvia acabaron con su vida.
Por eso estaba yo allí en ese momento.
Miraba al cielo y le preguntaba a quien quiera que este allí
arriba por qué. ¿Por qué había tenido que ser así? ¿Por
qué se lo tenía que haber llevado a él? ¿Y por qué no a mí?
Mientras me cuestionaba todo eso, maldecía cada una de esas
gotas que me caían sobre las mejillas, envueltas también
entre mis propias lagrimas y en cierto modo las culpaba a
ellas de todo lo que había pasado.
Esa lluvia que en ocasiones puede resultar tan acogedora y
melancólica a mi solo me parecía una lluvia asesina que caía
del cielo y me mataba cada gota también a mí, lenta y
despreocupadamente, me arrebataba la vida, me arrebataba cada
minuto de mi vida, gota a gota.
En ese momento caí rendida sobre el frío asfalto empapado,
envuelta en gritos y llantos de desolación.
No hacía otra cosa que reprocharme lo poco que le había
recordado últimamente a Carlos que le quería y que él lo
era todo para mí.
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