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LOS
OJOS QUE YA NO RIEN
PSEUDONIMO:
Azuquahe
E-mail para cualquier cosa: andamios@teleline.es
Sus ojos
desgarraban un dolor acumulado por el destino. Todos podrían
observar en la curiosidad desde otra mirada en su
semblanza la ausencia pasada
de una alegría que desafiaba una añoranza para unos ojos
que ya no ríen desde
hace tiempo.
Es difícil desde tan
oscuro estado de animo congelado por el tiempo y
agravado en la indecencia de los sucesos que transcurren,
contemplar el tiempo
que se vislumbra fuera. No es extraño desvincular
en ese estado, ahogada por
la rutina de la incertidumbre, la existencia de cualquier
divinidad por encima
del ser humano. Se devalúa cualquier posibilidad de
un mundo augurado fuera
del ambiente terrenal, o al contrario se limita todo a una
existencia en otra parte, diluido solo por la esperanza. Puede nacer en
ese lado contrario, una
cotidiana impresión como último lamento para el deseo de
la creencia de alguna
solución. Todo ello en la base de proponerse desde
sí misma, para sí misma, en
la intención siempre estimada de que esa propia divinidad
escuche su interior y
las palabras que por allí pasean, susurran en forma de
ruegos y cambalaches. Cambalaches que proponen, indagan, sugieren promesas,
juramentos, ofrecimientos,
como moneda de cambio para evadir el sufrimiento de aquel
particular todo.
Dos mujeres que cruzan por el
pasillo de aquel hospital, indagando,
informando en la curiosidad de procurar saberlo todo de
todos (culpables o no por
ello) no evitan asomarse en la puerta de la habitación.
Su procuración no difiere
el limite de la puerta, impresionadas, diluyen un gesto de
compasión con la cabeza,
a la vez, que revientan el ambiente haciendo nacer la
conversación, y en ellas,
interrogaciones que surgen como prioridad para apoyar la
razón de la disculpa, que
aminore el dolor, sin deducir que no existe opinión,
circunstancia, alegato que
amortigüe el padecimiento. No en los protagonistas
más directos. Las dos mujeres
abandonan la habitación, a la vez que puntualizan pequeñeces,
referencias, ideologías,
hechos imaginarios que acontecerían ellas bajo el drama
de algo parecido que pudiera
sucederles. Evocan el heroísmo de su propia actitud
con la desvinculación, o mejor
dicho, la vinculación solo ilusoria del hecho. La
eventualidad queda en este hecho
en otro lugar, en la parte de fuera, del entorno, del
ambiente, de las dos mujeres
y su alegoría, solo es producto de la absurda presunción
de la actitud.
La compasión llega desde
muchos sitios hacía aquella semblanza que ya no
despierta, desmotivada por los fracasos esperanzadores que
le han dictado durante
tanto tiempo. Pero esa compasión que llega desde
todos los lados es en parte hipócrita,
se desboca complaciendo la sensación de un instante que
parece dramático e inacabable y
que luego vuela al distanciarse. Ella no desea la
compasión, no la quiere, solo
disfrutaría en el final de un ahogo que asesina en el
interior poco a poco su presencia.
A veces acabar con todo sería una opción cautivadora y
agradable, eso comentan sus ojos
en este instante cuando distrae su semblanza en dirección
a la ventana huyendo por segundos
del dolor, o eso por lo menos intenta. El dolor
convivido con ella durante tan largas épocas
no se distrae, quizás se le pueda mentir pero aún asi,
la realidad vuelve a promocionar un
estado de angustia e insatisfacción que memoriza el
instante. No se puede entender
aunque se intente el grado máximo de inexistencia física
y moral al que arrastra el dolor. Comprenderlo es entrar en la máxima
existencia del origen con todos sus pequeños recovecos y suspicacias, pero no entrar para probarlo.
Nunca se desea, de verdad, la
entrada en ese dolor sino su salida. Esa aclimatación
solo se absorbe en la rutinaria
consecuencia de todos los días.
Un abuelo aparece en la
habitación de la entrada, el paso cansado desfallece,
más cuando la angustia propone la iluminación en la
estancia. Todo parece estar, pero
sin relativa importancia. La presencia del contenido
del cuarto, tanto objetos materiales,
como personas recurren a su existencia sin ninguna otra
ideología, motivo que el propio
casual de existir. La esperanza, la ilusión razona
en una mentira, que a veces, durante
debilidades en los que se vuelve a soñar, adquieren
característica de algo deseado y
contienen la alegría a punto de explotar. Aunque
con toda seguridad luego acabe derramada
en el suelo de la importancia.
El abuelo observa y parece no
entender. Los años, el tiempo que ha tramitado en
tal largo periodo dicha resolución, le deberían haber
constatado una costumbre o rutina
sentimental, para no relatar de nuevo en su interior dicha
impresión, pero el hábito de
la desgracia, dolor, parece nunca acomodarse, aunque el
desgarro en la profundidad interna
del particular despedace gran parte del mosaico existencia
de la vida. Su memoria no recuerda
un espacio en algún periodo anual, diario, mensual donde
el desastre no hubiera propuesto
ya su comentario. La desgracia irrumpió
indirectamente en su existencia, cuando la madurez
ya había prolongado la prorroga, pero en esa memoria que
acoge todo el pasado, rebusca,
investiga sin encontrar un antes una posición que ignore
dicho evento.
Una madre cansada de esperar,
esperar sabiendo que nada ni nadie llegará para dar
la solución, arreglar o calmar el dolor, solo promesas,
intenciones de hacer menor el
padecimiento, pero siempre en la espera, es lo único que
la actitud puede realizar.
Y en esa espera, se acerca a la ventana, y descubre que
noviembre ya ha llegado, la lluvia
hace intención de presentarse con las primeras gotas que
ya lo mojan todo. Más abajo en
la calle, la gente corre de un lugar para otro, intentando
no absorber dichas gotas. Hay
un olvido, una ignorancia por parte de dicha madre en el año
ubicado para dicho noviembre
y aún así, solo este está definido de un modo casual,
la lluvia, la temperatura le hacen
presagiar el nombre de dicho mes. La particularidad
de la desdicha que encumbrado todo el
contenido de su vida, aparta, arrincona toda perspectiva
de lo que fuere se produce. No
se intuye nada o si se intuye, no hay ganas, ni procuración
de hacerlo. La observación
sigue conducida a través de la ventana, y se vislumbra a
un niño, apresurarse por la calle,
pisando charcos con la intención de mojar a otros
peatones que por allí caminaban, y a una
mujer, supuestamente su madre, que le reitera una y otra
vez, a gritos, la no realización
de dicho acto.
Nadie para hablar de esa
inexistencia como la protagonista de lo que a la mayoría
nos parece una irrealidad, algo lejana. Esta
configuración de la "ausencia de risa" de
unos ojos azules, es la configuración curiosa desde
fuera, siempre desde fuera, desde
una mirada observadora que le dio por curiosear, y encontró
el dolor en su propia esencia
sin querer, o queriendo para luego transcribirlo en papel.
...es la habitación 32,
de un hospital cualquiera, en una ciudad cualquiera, una
madre con la semblanza alejada
de no estar allí, pero estando en la infinidad del
tiempo, vislumbra en la cama a su hijo,
un discapacitado físico y psíquicamente... y a veces con
un pequeño peine, lo pasa por la
cabeza llena y alborotada de pelos del muchacho, que
descansa en la cama, para esconder, o
quizás simplemente para distraer el dolor, mientras el
abuelo contempla los ojos que ya no
ríen en la madre, su hija...
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