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"Atardecer
lejano"
PARTE I
" La angosta carretera serpenteaba colina
arriba hasta desaparecer engullida por la niebla. El efecto era sorprendente para el
observador profano, pero para el enjuto anciano y su acompañante se trataba tan
sólo de la repetición del mismo ciclo que marcaba como un reloj implacable la cadencia
vital de aquellas latitudes.
Día tras día, el tímido sol de las horas
matutinas era borrado inexorablemente por un cielo plomizo, que anunciaba las
bruscas tormentas que caracterizaban aquella época del año; cuando éstas llegaban,
destellos fugaces de rayos iluminaban brevemente los árboles solitarios, y el
viento parecía resbalar entre los matorrales que cubrían una tierra helada y dura.
Las tormentas eran intensas pero breves, y al atardecer cuando la niebla se
adueñaba de los desolados parajes, tan sólo un eco lejano marchitaba la calma silenciosa
que parecía invadirlo todo, y recordaba al visitante lo efímera que resultaba la
tranquilidad para aquellos que no sabían apreciarla"
Alberto
Roca
PARTE
II
Bordeando la
angosta y nebulosa carretera, el visitante desafía cualquier temor a lo
desconocido, y en su automóvil compacto, sube la colina. Se había
embriagado en la paz que tres kilómetros atrás se dejó sentir en esas
asoladas y desconocidas tierras, pero ahora la precaución y un tanto de
miedo lo han invadido; inclina su cuerpo hacia adelante de manera que
acerca su rostro lo más posible al cristal del parabrisas, limpia
constantemente el vaho que se va formando en el cristal debido a sus
propias exhalaciones; la visibilidad no alcanza para distinguir tres
metros más allá, va tan despacio entre la densa niebla y el húmedo,
resvaladizo y ajado pavimento, que le asalta una ansiedad por llegar
cuanto antes al paradero más cercano o al menos a un acotamiento donde
poder detenerse y esperar el amanecer, pero aún no puede
distinguir ni una sola luz. No tiene idea de la cantidad de kilómetros
que ha recorrido bajo la niebla, de lo que si tiene una certeza absoluta
es de que a su lado derecho no existe más que precipicio.
Es un camino sin fin, así le parece a él, a quien los segundos se le
han transformado en una eternidad. Evoca aquella paz que sintió antes,
se aferra a ella y renueva su seguridad. Cae la noche de golpe y con
ella la visibilidad se torna casi nula, pero contrario a lo que se
hubiera imaginado hacer, acelera pensando en que entre la decisión de
ir despacio y la de llegar lo más pronto posible a un lugar seguro, le
va la vida, así que se decide por llegar sin tomar en cuenta todas las
dificultades que tiene en su contra. Ya ha importado aquella
tranquilidad de la escena que admiró por la tarde, y con ella en su
mente osa seguir el camino velozmente como un ciego se aferra a caminar
por una casa extraña, sin ayuda alguna. Recorre varios kilómetros y de
pronto la llovizna cesa, la niebla se clarea, las nubes empiezan a
dispersarse para dar lugar a la imagen abrumadora de una luna
llena luminosa que aparece como un regalo inesperado, como un centinela
que le cuida el paso y que le dirige el camino.
Fuensanta
González
Monterrey, Nuevo León, México
PARTE III
Por lo menos tengo una amiga allá en lo alto,
piensa nuestro intrépido conductor. Al llegar a lo alto
decide parar a fumarse un cigarrillo, lo necesita. Lleva el
día entero conduciendo. Hubo un tiempo en el que podía ir
por esta empinada carretera con los ojos vendados. Conocía
cada recodo. Acompañaba al abuelo en la camioneta desde
niño. Le gustaba. Las leyendas locales, las historias
familiares con las que aderezaba el viaje, fueron haciéndose
un sitio en su mente, materia prima para sus futuras novelas.
Ahora volvía después de veinte años.Del valle del Ventón
se sale joven, lleno de ilusiones y se vuelve adulto a
enterrar a los seres queridos o a morir.
María Solano
maritwo@wanadoo.es
PARTE IV
Pero esta vez, es la muerte la que
motiva el regreso del anciano al pueblo que lo vio crecer, que
lo vio de niño y de joven, antes que añorara pisar tierras
lejanas y más cálidas para hacerse de un futuro. Pero fueron
estas tierras, sus historias y sus gentes las que hicieron
nacer el deseo por escribir. Ahora el futuro ya llegó, y debe
retornar a su querido valle
Lucha contra el sueño y el cansancio
para seguir su camino. La luna le guía, aunque a veces parece
iluminar en la dirección incorrecta. Continúa su trayecto
por la curvilínea carretera, aprovechando cada brillo de luz
lunar para seguir avanzando. Su acompañante, su hijo,
permanece inmóvil, absorto en sus siempre indescifrables
pensamientos, mientras sigue con la mirada fija la línea casi
difusa que divide la carretera. No se han dirigido ni una
palabra desde que hicieron un alto en la última estación de
servicio, casi fantasmal y desolada. Casi nadie transita esos
parajes ya, todos han emigrado a otros lugares y casi nunca
regresan. Los que retornan son mirados con ojos de extrañeza,
no tanto por recordarlos, al contrario, casi nadie logra
recordar a los emigrantes del valle. Son extraños, forasteros,
visitantes, viajeros perdidos en la densa niebla que llegan
sin poder saberlo a la entrada del pueblo. El anciano que
atendía la estación sí lo reconoció.
La carretera parece estrecharse cada
vez más, una ilusión óptica que engaña a los ojos y hace
tener la no agradable sensación que no confiar en lo que se
ve. Tan estrecha que el hecho de que pase un automóvil en
sentido contrario parece una proeza. Los ojos del conductor
amenazan con cerrarse, lleva muchas horas seguidas tras el
volante. El hijo de vez en cuando le da un suave golpe en el
hombro derecho para evitar que duerma, sin mediar palabra
alguna. Unos kilómetros más y paro, pensó el anciano, el
cansancio no se puede esconder y mucho menos en la fría noche.
Otro accidente no es necesario, no es necesaria otra muerte.
Recordaba de joven un pequeño y acogedor mirador a un lado de
la carretera.
Irene Ruscalleda
wolvie@telcel.net.ve
Parte V
Tal y como
recordaba ahí seguía estando aquel mirador, en el mismo
sitio en el que recordaba haberlo visto tantísimos años atrás,
tantos que hasta resultaba extraño el hecho de que no hubiera
cambiado para nada la forma de ese lugar.
Después de decirle a su hijo que había tomado la decisión
de descansar un poco y de que él le contestará mediante una
mueca de falta de aprobación, como tenía por costumbre,
detuvo su vehículo, donde tantas veces se había detenido de
niño.
Tenía muchos recuerdos de aquel lugar, quizá por eso decidió
bajar a echar una ojeada antes de descansar, así de paso
estiraría un poco las piernas.
Se acerco al muro que señalaba el final de aquel pequeño
mirador, aunque al mirar hacía abajo apenas pudo divisar
paisaje alguno, ya que la oscura noche se lo impedía, pudo
cerrar los ojos y utilizar su propia imaginación, basándose
en el recuerdo que tantas veces había visualizado esa misma
imagen de día. Suspiro y aguardo allí quieto, durante unos
minutos en los que por su mente pasaron infinidad de ideas y
conceptos sin más. Estaba algo aturdido, pensó que sería
debido al cansancio del viaje, así que decidió volver al
automóvil para poder echarse un rato.
Cristina Reyes
thecrash18@hotmail.com Parte VI
Al
llegar al automovil, notó que su hijo no estaba
dentro de el, pero su despreocupación y
cansancio fueron más fuertes y calló rendido en
el asiento trasero del auto, quedándose dormido
sin siquiera poder preguntarse donde estaría su
hijo, sin poder pensar nada.
Al despertarse tenia en su
cuerpo la sensación de que había dormido por
muchas horas, ya estaba claro y despejado, la
oscura y tenebrosa noche ya los había abandonado.
Miró hacia el asiento delantero donde su hijo
viajaba de copiloto,queria despertarlo para que
continuaran el viaje. Se inclinó con mucho
esfuerzo hacia adelante y vio con horror que su
hijo no se encontraba allí,¡desde anoche!, pensó
con temor.
Elisa Villagra
evilla@med.puc.cl
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