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miércoles, 03 de febrero de 1999
ENSAYO: SURREALISMO ILUSTRADO Miguel

Le iban a guillotinar a las cinco y media, tras una larga cola de duques, marqueses y demás personas pertenecientes a esa digna sociedad. Iba a ser asesinado en escasos tres minutos, tenía la mente llena de recuerdos que le sucedían. Así finalizaba la historia de Jose, perteneciente a los Collymore de Barbieran.

–Adelante, pase usted – sugería amablemente Mary, que en esos momentos estaba agotada del traqueteo, de las extensas tareas que acarreaba el hecho de que el señor hubiese dado el día libre a todas los sirvientes excepto a ella, el señorito lo había adornado con un: "usted se puede quedar porque es especial". Para ella había supuesto una desilusión ya que planeaba pasar la noche de otra forma.

–Encantado– dijo una amable mujer que portaba tan solo un abrigo de lana, marrón, enfilado por una daga mortal. –Tome el paraguas– junto con un casco que embotellaba sus pelos–Y no se le olvide el sombrero, que ya no es tiempo de andar sin él– y unas zapatillas amarillo fosfórico que culminaban el atuendo típico de una tarde fría.

Tras oír de nuevo el timbre, Mary pensaba que este iba a ser su último viaje a la puerta, tenía que sortear a un nervioso señor, pasar por las barricadas que suponían una serie de hombres sedientos pero consiguió llegar, y era él, Alejandro –Hola, pasa– murmuró al oído de Mary al nuevo invitado, un señor apuesto, galán, que llevaba el uniforme masculino costumbrista de esa época, sombrero verde, chaqueta negra, pañuelo discreta y unas botas que habían sido una innovación en el mercado, estaban acordonadas y engatilladas, no permitían al píe respirar pero eran el último grito en París y aunque fuesen ridículas, lo habían recomendado todos los modistas homosexuales, algunos los cuales se encontraban allí.

–Te leíste el libro que te dejé, era un poco pesado, pero espero que te haya gustado– le cuchicheó al oído a Mary, con una voz firme que en ningún momento dejaba entrever sus verdaderas intenciones. Antes de que le contestara le lanzó un billete de veinte dinares – el aguinaldo, no me des las gracias, solo sigue tan guapa–de tal forma que fuese imposible de oír para el resto.

–No lo puedo aceptar, Alex, piensas que me vas a.. – Antes de que pudiese terminar la frase, ya se había introducido en el gentío que acumulaba la fiesta de Navidad de los Collymoore. Allí se encontraban todos los embajadores, magnates, lo mas distinguido de la sociedad boebense.

En estos momentos, José se dio cuenta de la relatividad de tres minutos, como en ese tiempo conseguiría recordar una vida decrépita, marcada los sueños y la imaginación. José tan solo soñaba que estaba ahí encadenado esperando a que el trozo de muerte, la segadora implacable, le despertase.

Mary se paseaba portando con dignidad ese cansancio que la acarreaba la superposición de tantas tareas, desfilaba firme, esquivando todo objeto que se la ponía por medio. –Veo que me ha llamado– le dijo Mary a un señor viejo, sobradamente conocido por ella, amo y señor de la casa, llamado Paco, José, Curro. Ella se resignaba a un simple Don Paco.

–Si, tráeme una copa de Oporto, ya no puedo soportar esta espera, me esta matando, al menos así me entonaré para la velada– vociferó José, que fue acompañado de una risa nerviosa que intranquilizaba de mayor manera que hacía gracia. Se levantó y se puso a dar vueltas, pero debido a su robustez, las vueltas estaban reducidas a una pequeña parcela dentro del salón.

–Fernando, ven aquí, ¿Te han dicho cuándo va a venir Jose?– Le susurró al oído, en un intento de que nadie notase que estaba intranquilo, solemne estupidez por que sus temblores ya le habían delatado.

–Papa, sé lo mismo que tú, vendrá en cualquier momento, pero ahora déjame en paz– le dijo Fernando, con una voz pasiva, que mostraba su poco interés por las cosas.

Curro ya no podía aguantar más, su hijo era el único que faltaba para que empezasen la comida, no podía dejar de temblar, aunque era despreocupado no podía soportar el no haber comido a tales horas de la noche.

–Don Jose, pase corriendo, su padre sé esta poniendo muy nervioso–dijo Mary al nuevo invitado, un ser amable, que se veía intensificado por unas gafas con montura negra que acentuaba aun más su intelecto.

Jose, sin mediar palabra y tan solo efectuando un gesto de conformidad, voló entre las nubes de humo que hacían casi imposible él aterrizaje alado de su tío, ayudado por la torre de control, Mary, consiguió aterrizar enfrente del sofá en donde estaba plácidamente acomodado su tío.

–Espero que aún no te haya visto tu padre, te va a asesinar–manifestó Alejandro, con un aire de indulgencia, que significaba que él, botánico de la Royal College de Dante, le perdonaba por el retraso.

–Tengo que decirte una cosa, es muy urgente, vámonos a un sitio donde no nos puedan escuchar– explicó Jose con una impaciencia inusitada en el carácter de ese muchacho, delgado portador de unos anteojos que se quitaba continuamente para limpiarse la frente de un sudor que manaba incesantemente de su cabeza.

–Eh, tú ven aquí y pide perdón a todo el mundo, antes de que te ponga la mano en cima, eres un hijo de puta, como se te ocurre. –Gritó Paco desde la otra punta del salón. Todo el público se vio exaltado por el atrevimiento, y como un pelotón de fusilamiento, se dieron la vuelta y se quedaron aturdidos por la reacción de Jose, que en ningún momento había prestado atención a las barbaries que le decía su padre.

Una vez hubo conseguido alcanzar a Jose, Paco le asesto dos bofetadas que sembraron un murmuro ensordecedor. Ese murmuro que efectúa una clase social tan alta que nunca ha visto a un padre pegar a un hijo, esa sociedad que hasta los catorce años pensó que los niños venían de París, esa digna sociedad.

–Lo siento padre, me he retrasado por problemas ajenos a mi voluntad, la nieve no dejaba pasar mi carruaje y nos quedamos atascados.....– anunció Jose, con un tono de condolencia hacia el resto de ricos que se congregaron en la última fiesta de los Collymore. Es más que claro que ellos por entonces no sabían los acontecimientos que marcarían esta fiesta. El telón se acaba de levantar y la fiesta va a comenzar.

Todos esos hombres y mujeres cegados por la cartera y sus dinares, se sentaron en una larga mesa presidida por el jerarca de la familia en un extremo y en el opuesto su mujer, la mesa estaba dividida en dos grupos: las mujeres; obligadas a hablar de ópera, recetas de comida y demás temas intrascendentes. Y los hombres; que hablaban a su vez de temas no menos insignificantes pero con un tono más rústico y voluntariosa.

Mientras estos ricos caminan por la calle de indiferencia, en la que todos y cada uno de ellos tiene su pisito, cuarto o cuarto de baño, el resto de mortales intentan hacerse con una esquina de la calle paralela, la hipocresía, mediante la cual si giran a la derecha verán a Romeo y Julieta en el juzgado, firmando los compromisos del divorcio. A Sancho pidiendo una indemnización al famoso hidalgo don Quijote. Finalmente llegarás al bulevar de los sueños, con Segismondo encadenado en sus cenizas para finalmente despertar y ver que sigues soñando que la muerte te acecha y que a la siguiente glorieta te despertará.

Estos eran los recuerdos que concebía Jose antes de ser guillotinado en pos de la revolución. Estaba tumbado en el suelo, amordazado de pies y manos, por haber sido rico, por haber pertenecido a esa digna sociedad de hombres pudientes. La cola ya se agotaba, ya tan solo había una persona delante de él en la larga cadena de guillotinas, que se sucedían en la Centralé Placé, rodeada de lo que él penaba que era gentuza, seres muertos de hambre, mugrientos que vestían con arapos.

–¡Cállense camaradas¡, por el bien de la revolución, debemos guillotinar a estos disidentes de la revolución, en pos de nuestro país Barbieran, patria o muerte, libre–gritó un hombre con casaca verde y peluca blanca. Delante de la cadena de guillotinas estaba el impasible Manet, jefe del tribunal de la revolución. Tras decir estas palabras, la gente, vitoreaba en pos de la revolución.

Le tocaba el turno a nuestro protagonista que en esos momentos aprovechó la atención que se le brindaba, una atención servida por un tribunal "implacable" y la muchedumbre cegada por la revolución y por dar muerte a los que por tanto tiempo han dominado la sociedad, por y para la revolución, gritaba la marabunta de campesinos armados por la revolución y por las mentiras que les otorgaban el poder. Dijo:

«Muero porque la muchedumbre lo quiere, por la sociedad del futur......«

Antes de que terminase el discurso, que había sido saboteado por los campesinos mas extremistas, ese implacable trozo de hierro había cortado la cabeza de quien intentó anunciar la revolución pero no pudo porque la digna sociedad no se preocupó de ello. Las cabezas de esos pudientes adornan ahora las calles de Dante.

«Toc, toc, el ser de la guadaña te despierta para que mañana sueñes y para que la rutina te vuelva a despertar del sueño eterno y aprendas otro camino por la ciudad«

 

 
 

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