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Centauros
del Asfalto
Carlos
Gomez
agomezd@nexo.es
Esperaba. Sentado en el asiento de
copiloto de mi viejo coche. Mirando distraído por la ventanilla.
Pensando quedamente. Bajé el volumen de la música y vi más allá
de los cristales tintados, de los vidrios parpadeantes de neón y
fulgurantes de equipos halógenos de xenón.
Veía pasar torsos semidesnudos, bañados
por la inconsistencia de aires acondicionados. Veía cabelleras
tersas de gomina y constante manoseo, aprisionadas por
reposacabezas en forma de toro, en forma de cuadrado agujereado,
en forma de corazón rómbico (absurdo). Desde mi atalaya de
cuatro ruedas veo ojos y miradas rápidas, hacia ambos sentidos,
inmersas en juegos de espejos destinados a chocar con los juegos
de espejos del coche posterior y anterior; miradas asombradas o ceñudas;
miradas vivas de odio, de condescendencia, miradas triangulares de
"ceda el paso" y rojas de peligro, inyectadas en
gasolina de cien octanos (un heptano perfecto).
Sentado en el asiento del copiloto,
intentando sentir mi mano sobre el mullido colchón de las piernas
de las mujeres; pero no, ellas también son torsos -torsos quizá
deslumbrantes y polivinilados en silicona-, son también sólo
bustos destinados al encaje con colas de pescadilla o sardina
vulgar. Quería mecer mis manos dentro de piernas húmedas, de
piel tersa, de abismos intrínsecamente antiguos (y por tanto únicamente
modernos). Pero no, ellas también posmodernas. Ellas también sin
extremidades inferiores, desprovistas del mundo que abarca desde
los metatarsos y el escafoides hasta el nido seminal.
Ellas también son centauros.
Mi mano consigue reprimirse de ir
hasta el radiocassete extraíble, hasta el CD-ROM y DVD con Searching
Instantaning. Por un momento me veo libre de un mundo a medio
camino entre el medio y la mediatización, mi cerebro envía ondas
gamma pidiéndome información; pero mi mano -sabia y antigua-
resiste la presión porque quiere que observe a los centauros.
Avanzan en una larga hilera, con
sus líderes y sus repudiados, con sus luchas fratricidas por el
poder y el mando de la manada. Los cachorros se cuelan entre los
hoscos adultos con sus cabalgaduras de dos patas tan sólo. El
espectáculo cuando la lluvia llega es dantesco en el sentido de
kafkiano, es decir, kafkiano en el sentido de dantesco; potros
encabritados acelerando y frenando, chapoteando, bisbiseando
maldiciones; la masa se droga a base de cafeína mental: todo
sigue el ritmo del más loco que se halle a la vista. La lluvia ha
dejado de ser el bálsamo que calmaba el ansia de recolección y
que nos hacía guarecernos en el hogar o meternos en la cama con
un canto caliente y, quizás, una prima cálida a nuestro lado.
Hoy el bálsamo dejó de ser opio, y más tarde placebo, para
tornarse en extraña y posmoderna -de nuevo- adrenalina; el
diluvio universal ya no sirve como excusa para faltar al trabajo.
Carlos Gómez
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