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Ana Cerqueiro
anacerque@hotmail.com
SIEMPRE A TU
LADO
Abrí los ojos. Allí estaban ellos
mirándome fijamente. Un rayo de
luz cruzaba la estancia, creando un ambiente a la
vez cálido y misterioso.
Sonreían. Todo era muy extraño. ¿Dónde estaba? ¿Qué
hacía allí? Una poderosa
sensación de temor me invadió y no pude reprimir
el llanto. Elba me cogió en
su regazo y pude sentir todo el calor de su pecho
y la ternura que sus manos
desprendían. Todos mis temores se desvanecieron.
Podía estar tranquilo, ella
cuidaría de mí.
Cuando nuevos colores surgieron en las hojas de
los árboles y brotaron las
primeras flores, comenzó a bajarme al parque. Era
genial salir con ella.
Podía correr, saltar y jugar con todos los
amiguitos que, poco a poco, fui
haciendo. En ocasiones me peleaba (sobre todo con
Hugo, que siempre me
provocaba), pero Elba nunca se enteraba.
Despreocupada, pasaba los minutos
charlando y riendo, sin percatarse de mis
travesuras. Cuando me cansaba, la
buscaba y volvíamos a casa. Una tarde, el
encontronazo con Hugo fue
verdaderamente memorable. Yo estaba jugando
tranquilamente, cuando me golpeó
por la espalda (¡qué cobarde!). Caí al suelo,
sintiéndome indefenso. "Ay, si
ella estuviese aquí!"- pensaba. Me levanté y
comenzó la pelea. Por suerte,
mi corpulencia le superaba y salí vencedor. Huyo
despavorido. Creo que
sangraba por la boca. Se lo tenía bien merecido. A
continuación, todavía
obnubilado, fui a buscarla, pero no aparecía por
ninguna parte. La noche
comenzaba a caer y la helada se metía
inevitablemente en mis huesos. No sé
cuánto tiempo estuve vagando sin rumbo hasta que,
por fin, apareció. Me
acarició y me cogió en su regazo. "¿Dónde estabas?
Estaba preocupadísima."-
me dijo con ternura.
Al día siguiente, sonó el timbre. Una, dos, tres
veces... Y, al abrir la
puerta, apareció aquella anciana que siempre
estaba con Hugo. No sé de qué
hablaron, porque yo corrí a esconderme detrás del
sillón de la sala, pero
parecía que discutían. Media hora después, Elba
cogió las llaves, se puso su
chaquetón y me llevó al coche. ¿A dónde íbamos?
Entramos en la autopista,
recorrimos 10 ó 20 kilómetros y paró en el arcén.
Me sacó del coche a
empujones y, antes de que pudiera darme cuenta,
arrancó. Me quedé allí solo,
perdido en medio de la nada, y se fue a toda
velocidad. No entendía nada.
Ayer era el rey de la casa y, ahora, parecía el
ser más despreciable. ¿Qué
había pasado?... No sé. Quizá la mente de un perro
no pueda entenderlo
nunca.
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