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La importancia del perro en la familia
Fernando Fernández
fernando_fernandez@ciudad.com.ar
Ganador del Primer Premio Nacional otorgado por la Facultad de Morón y un premio otorgado por el Circulo Italiano.

Admito que he disparado seis balas en la cabeza a mi mejor amigo. Ahora bien, pese a esta confesión, me propongo demostrar que no puede considerárseme un asesino.
H. P. Lovecraft

 

Ignacio estaba decidido: ya lo tenían harto. Era él o ellos, así de simple.

Primero se encargaría de aquel vago de mierda, que ya tenía quince años y seguía sin laburar. Después, acabaría con el pelotudo, el menorcito, librándose de su presencia y de las notas de pajero sin cabeza. Y por último liquidaría a la puta quien, de ser la esposa perfecta, se había convertido en una gorda novelera.

Salió golpeando la puerta de calle.

Marta ya sabía qué hacer: evacuar a los chicos. Inmediatamente apagó la televisión y se calzó. Perdió un tiempo precioso luchando para meter el juanete del pie izquierdo en el zapato deforme, pero lo recuperó abrochándose la camisola mientras daba la alarma:

—¡Vamos, chicos! Tenemos que salir a pasear.

—¡Mamá! —gritó Gonzalo, luchando con una hoja mugrienta de tanto borrar la misma multiplicación—. ¿Adónde vamos?

—A salir. Vos también, José... ¡José! Dejáte de joder con esos auriculares que te vas a quedar sordo.

—¿Cuál es? —dijo José sacándose de la nariz el dedo enmocado, para poder gritar más cómodo.

—¡Salimos! —dijo Marta—. Y necesito que vengas conmigo. ¡Vamos, apúrense!

—Salvador... —dijo Gonzalo, y pegó un chiflido.

—¡El perro se queda!

Marta sacó a sus hijos de la casa a empujones. Y justo cuando estaba cerrando la puerta de calle, Ignacio llegaba a la armería.

—¿Qué tal? —dijo apenas entró.

Un desagradable bigote seguido de una persona con cuerpo de rata se le acercó:

—Señor Castel —dijo el vendedor—, ¿qué lo trae?

—Estoy buscando… una pistolita.

—En su colección ya debe haber cinco o seis, ¿no? —preguntó el vendedor.

—Creo que diez.

—¿Que tiene en mente ahora?

Ignacio pensó en el Boby, ese bicho era toda su familia. Cuando se hiciera cargo de los otros, se podría rascar las bolas tranquilo y tendría un amigo fiel: el Boby.

—Una Ruger 9 —dijo Ignacio—. Una P–85.

—Tengo una por acá —dijo el bigote, mientras buscaba en el exhibidor—. Hermosa, pavonada.

Sacó el arma y le pasó la gamuza para quitarle el polvo. Mientras se la mostraba le preguntó:

—¿Qué le parece?

—Es lo que busco.

—¿Balas? —dijo el vendedor mientras sacaba una caja de su estante.

—Sí, punta hueca.

Ignacio tomó el arma y, sopesándola, ensayó mentalmente cómo los mataría. Imaginó cómo le volaría la cabeza a...

De pronto sintió que lo observaban... La apoyó sobre el exhibidor, haciendo que el vidrio se quejara. Temió reflejar una ansiedad que lo delatase. Y se cruzó de brazos para controlar sus manos.

—¿La probamos en el sótano? —dijo, aparentando naturalidad.

—Por supuesto, sígame. Veraldes, encárguese —le dijo el vendedor a un colega—. Estoy en el polígono con el señor Castel.

Una vez en el sótano, el vendedor le dio protectores para los oídos y unos anteojos de seguridad. Mientras llenaba el cargador, no dejó de hablar boludeces. Las siete balas pasaban lentamente bajo la vista de Ignacio. El bigote no había terminado de poner la última, cuando Ignacio le arrebató el cargador.

—Aquí tiene, señor Castel —dijo el vendedor, temeroso.

Ignacio apuntó y descargó los siete tiros en la silueta.

—Cárguela otra vez. La llevo.

—Señor Castel... —la rata bigotuda dudó—, usted sabe: las reglas...

Ignacio lo miró fijo.

—Pero bueno —dijo el vendedor—, usted es un gran cliente.

Volvieron arriba. Ignacio le pegó una mirada a la pistola mientras se la preparaban para el viaje.

—¿Cómo paga? —le preguntó el bigote dando golpecitos en el estuche.

Ignacio desenfundó la billetera que tenía en el bolsillo trasero y tiró la American sobre el mostrador.

—Con plástico —sonrió el armero, haciéndose el simpático—. ¿En cuántos pagos?

—Uno —y tomó el estuche.

Se escuchó el repiqueteo de una tiqueadora...

—Un autógrafo por favor —dijo Veraldes.

Con la lapicera en la mano, Ignacio dudó: estaba tan perturbado que no se acordaba de cómo era su firma. Garabateó algo parecido y separó él mismo los vouchers.

—Chau —dijo apenas le devolvieron la tarjeta y salió cagando.

Estaba más decidido que antes, esos hijos de puta lo tenían harto. Todas juntas se las iba a cobrar.

Cuando entró en la casa, llamó de a uno a los miembros de su familia de mierda... No había nadie... Exceptuando el Boby, que lo miraba del otro lado del comedor.

—Vos sos mi familia, Boby —dijo Ignacio—. ¡Sos mi familia!

Corrió el centro de mesa y apoyó el estuche, que asemejaba un maletín de madera. Sacó la 9 mm y apuntó.

—¡Mi... familia! —gritó.

Tres tiros: la puta, el boludo, y el vago. La última bala revoleó al perro contra la pared.

Se calzó el arma en la cintura y a las zancadas fue hasta la cocina. Abrió las alacenas y empezó a tirar cosas para todos lados.

—Dónde carajo estarán las bolsas de basura —dijo.

Recorrió con la mirada el quilombo de la cocina, y las vio sobre la mesa, bien a la vista.

Levantó por la cola el cuerpo destrozado del perro y lo metió rápidamente en la bolsa, sin poder evitar que el reguero de sangre manchara sus zapatillas. Limpió el piso y el empapelado. La tarea lo distendía. Ocultar sangre lo distendía.

Recorrió la casa empuñando su última compra. Se metió en el estudio y, sentado en su escritorio, la observó con frialdad. Le quitó el cargador y la limpió con la punta de la camisa. Estaba llena de manchones de dedos y sangre seca.

Ya se sentía mucho más calmado.

Le sacó las balas al cargador y volvió a ponerlo en el arma. Colocó la 9mm en la vitrina, junto con las demás pistolas.

Fue hacia el comedor y se tiró en el sofá a ver la tele.

Al rato, su familia volvía.

—¿Cómo anda la monada? —gritó Ignacio cuando los oyó llegar.

—Papi —dijo Gonzalo y se arrojó en sus brazos.

—¿Cómo anda, viejo? —dijo José.

Marta cerró el estuche que estaba sobre la mesa y acomodó el florero en el centro.

—No dejes estas cosas en cualquier lado —dijo cuando le dio el estuche a Ignacio y lo besó haciéndole una caricia.

—Gonzi —dijo Ignacio—, tengo que decirte algo. Vos ya sos grande y espero que lo tomes como un hombre: Boby ya no está.

A Gonzalo se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Hay que comprarle otra mascota urgente —dijo Marta, aterrada.

—Tenés razón —dijo Ignacio.

Salieron juntos hacia la veterinaria para comprar un perrito. Trataban de evitarle el sufrimiento a su hijo.

—¿Cómo le vamos a poner? —preguntó Gonzalo.

—Boby —dijo Ignacio—, como el Boby.

—Salvador —dijo Marta—, como siempre.

 

 
 

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