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Karínme Leyton Bravo
mimelu@starmedia.com
LAS TRES
DAMAS
...aquel
corredor era tan estrecho, oscuro e interminable, luego vino
el gran salón, igual de sombrío, pero aún así no sentía
miedo, estaba ansiosa, volteaba de un lado a otro, como si en
cualquier instante fuese a descubrir algo, la curiosidad se
había adentrado tan profundo en mí, que manejaba cada uno de
mis sentidos. De una u otra forma me sentí ligada a ese lugar,
me quedé estática, todo me resultaba tan turbador y a la vez
tan familiar, tan...
Por
la mañana al llegar a la universidad relate a mi amiga todo
lo que podía recordar de aquel sueño que me había
desconcertado tanto. Ella no prestó importancia, es más, rió
y burlándose dijo que los sueños en ocasiones solían
hacerse realidad. No le di mayor trascendencia a sus palabras,
ya se veía venir un día muy largo y atareado y aún me
quedaban varias actividades por realizar que entre clases,
estudiar, los informes me mantuve lo bastante ocupada como
para no pensar más en aquello
Por
la noche llegué agotadísima a casa ni siquiera tuve ánimos
de cenar, fui directo a mi habitación sólo quería dormir.
Me puse camisón, no hice mas que recostarme y cobijarme bien
cuando ya me había entregado a los brazos de Morfeo. De
pronto me encontraba caminando por un pasillo angosto,
desprovisto de luz, aún así podía andar sin tropiezos, no
se divisaba una salida, todo estaba tan negro tras de mí como
enfrente. Sin embargo, decidí seguir adelante, me
impacientaba la idea de descubrir pronto el destino e mi
camino, así es que inconscientemente ordenaba a mis pies que
aligeraran el paso, quien sabe cuanto caminé, aún así no
estaba agotada, sólo aquella sensación de ir en ascenso,
como si fuera escalando una gran cumbre, hasta que no se ni
como ni en que momento me hallaba en un enorme salón,
completamente vacío sin mobiliaria alguna, sin ningún adorno
que le hiciera parecer más acogedor, sólo sombrías paredes
grises. Grandes ventanales sin cortinaje se encontraban frente
a mí, me acerque lo suficiente a uno de ellos, entonces vi
desde lo alto muchos, muchos árboles formando un espeso
bosque, iluminado por la luna llena, todo se veía tan claro y
hermoso allá a fuera.
Me
quede unos instantes contemplando la belleza del paisaje, dejándome
envolver por la magia de la noche, cuando oí esa voz, de tono
sereno, pausado, varonil y sensual que se infiltro suave en
mis oídos haciendo vibrar cada uno de mis sentidos.
-
Que bella es la noche - dijo – No te parece
Me
quede sin aliento, no podía articular palabra alguna, apreté
fuertemente los puños para darme valor y voltee para ver a
quien pertenecía esa voz que me provocaba, que me seducía,
que venia a inquietar mi espíritu.
Frente
a mi se erguía la silueta de un hombre joven, alto delgado y
bien formado, de cabello liso y dorado que caía liviano
cubriendo parte de su rostro; vestía camisa, chaqueta y
pantalón negro, de atuendo muy formal. Si bien sólo un par
de pasos nos separaba, la escasa luz que se escabullía de los
ventanales no me permitía ver su rostro.
Sin
decir palabra alguna, el extraño caminó hacia mi tan
serenamente como lo era su voz y se detuvo justo antes de que
se encontrara tan cerca como para rozarme. Podía sentir su
respiración, temblé. Silo que deseaba era intimidarme, ya lo
había conseguido. Al tenerlo así de cerca, la luz era la
suficiente para distinguirle a la perfección. Repare en su
rostro, que como me lo había imaginado era de un especial
atractivo. Dueño de unos labios rojos como el fuego, de una
piel dorada como el sol, pero por sobre todo eso fueron esos
grandes ojos azules los que me cautivaron en lo más profundo
de mi esencia de mujer, brillando con audacia, viéndome
fijamente como queriendo adivinar mis pensamientos.
-
Me agrada que aprecies la hermosura de la noche tanto
como yo, - dijo el joven extraño.
El
dueño de aquella voz lograba perturbarme cada vez más.
-
La noche pasada te observaba algo turbada, pero de
todos modos disfrutando de la paz de este salón. No quise
hablarte, sabía que volverías, es casi imposible prescindir
de esta magia – confesó el extraño.
Sería
posible que él hubiese estado allí conmigo y no lo hubiera
percibido, como pude dejarme intimidar por aquel extraño que
ni siquiera pude hablarle ¿Quién sería él? ¿Qué hacia en
ese lugar, en mi sueño?
Tantas
preguntas inundaban mi mente, sentí una gran confusión,
quise escapar, huir, no lograba comprender lo que sucedía.
Comencé a correr, pronto me encontré nuevamente en el oscuro
pasillo, continué corriendo por unos instantes. Ya más
tranquila me detuve y seguí a paso lento, descendiendo por
ese interminable corredor, que sin ver más allá de mi nariz,
parecía un laberinto de una muy singular orientación.
Me
hallaba caminando, cuando oí unos fuertes ruidos, al parecer
eran golpes sobre madera hueca. Una luz me encandiló, cerré
los ojos y escuché lejana la voz de mamá
que me regañaba porque aún no me había levantado.
Sintiéndome algo confusa y torpe, entre abrí los ojos,
estaba recostada en mi cama, en pijama, ya era de día
nuevamente.
E
la ducha pensaba “no hay como un buen baño matutino para
despejar la mente”, era la frase que decía a menudo antes
de morir; lástima que esta vez el viejo dicho no daba
resultado, aún no podía borrar de mi mente aquellos ojos
azules que me habían cautivado en mi pasado sueño
*
* * *
En
clases oía a mi profesor hablar de los satélites, de los
proyectiles y de la fuerza de gravedad, hablaba y hablaba,
pero ya no prestaba atención, con la mirada perdida en la
ventana, volvía a recordar una y otra vez ese rostro
encantador y aquella voz varonil que me había hecho
estremecer como ninguna otra antes.
-
Disculpa, - dijo alguien al pasar entregándome un lápiz.
Entonces
vine a despertar de esa especie de trance en el que me
encontraba sumergida. Vi mi reloj y me di cuenta que la clase
había acabado y no había tomado siquiera una nota. No
lamente mi distracción, tomé mis cuadernos y me fui. Durante
todo el día anduve como ausente, con la mirada perdida sin
comentar a nadie del extraño en mi sueño. Ninguno de mis
amigos lograría comprender lo que sentía, esa sensación de
calma, serenidad, pero a la vez, de miedo, horror y confusión,
aquella encrucijada que seguramente era producto de mi
cansancio y de mi imaginación.
En
los días siguientes no hubo cambio, me sentía de igual
forma, es más, se agrego el hecho de que me sentía observada.
Los días pasaron y me fui convenciendo que estaba paranoica y
terminé por olvidar lo sucedido, después de todo sólo había
sido un sueño y ya le había dado más importancia de la que
tenía
*
* * *
Llegué
a casa muy avanzada la madrugada de un día sábado, venía de
una fiesta, me recosté, estaba muy agotada, había bailado
mucho y sentía que se me dificultaba mantener los ojos
abiertos, así el sueño terminó por vencerme. Entonces
sucedió otra vez, el corredor interminable y una vez más
caminando por el completamente desorientada.
Nuevamente
el gran salón con enormes ventanales; caminé entre las
sombras, miré en todas direcciones, no logré ver más que
las paredes grises, frías y desnudas, sin atractivo, como las
había visto con anterioridad. Me acerque a la luz del
ventanal y pensé en voz alta:
-
Que calma se respira, es como un gran refugio de paz, a
pesar de su entorno tan lúgubre ¿Cómo habré llegado aquí?
-
Aún no te das cuenta, necesitas la serenidad del
anochecer como el aire que respiras, - le oí decir a la voz
del extraño
Sí,
era aquel joven, no me cabía duda, su voz acompañada de ese
temblor que escalaba lentamente mi dorso, llegando como un
soplo a mi nuca perdiéndose en los hilos negros de mi cabello.
Me prometí no enmudecer de nervios, debía ser valiente, sólo
él podía responder mis incógnitas y aclarar mi confusión.
-
Acércate – le dije, con un hilo de voz. No podía
ver donde se hallaba y eso me hacía sentir un tanto inquieta.
Pronto
vi su silueta acercarse y en unos instantes llegó a mi lado.
Lo observé, su camisa azul a medio abotonar dejaba
al descubierto parte de su pecho, y a la vez, cayendo
libre sobre sus pantalones grises, le daba un matiz de
elegancia- informal, mezcla que seguramente sólo él sabría
llevar. Sus ojos azules atentos en los míos, viéndome con
ternura como sólo los padres saben hacer cuando ven a sus
hijos.
-
¿Cómo es que llegué aquí? – Fue la primera
pregunta que emergió de mis labios, ya más serena.
-
No puedo responder a tu pregunta ni yo mismo se como es
que estoy aquí, va en contra de mi voluntad, sólo sé que he
visitado este lugar algunas veces y sinceramente me agrada
bastante, me siento en paz y a gusto en las sombras de este
salón – respondió el extraño con la serenidad que lo
caracterizaba.
Y
el silencio reinó nuevamente. Ambos permanecimos de pie uno
al lado del otro frente al ventanal, mirando hacia la luz de
luna que se encontraba incompleta esa noche.
-
¿Quién eres? – le pregunté tímidamente sin
dirigirle la mirada.
-
Aquí soy quien quiera que tu quieras que sea.
-
No comprendo – le dije. Su respuesta me era bastante
confusa.
-
No es necesario que entiendas, no hace falta un nombre
que no va a decirte nada, disfruta este momento como he
aprendido a hacerlo, y si esta es una ilusión que ha sido
creada para que la compartamos, no te sumerjas en mar de
preguntas, porque no encontraras respuestas. Cree lo que te
digo. – Afirmó el extraño.
No
volví a preguntar nada. Pensaba que aquel joven respondería
a mis dudas. Al parecer él también se había confundido en
un principio y por lo visto había terminado por convencerse
que era inútil formularse tantas preguntas, y que lo mejor
era disfrutar de la fantasía que se nos ofrecía. Pero... ¿Podría
ser cierto? ¿Sería realmente un sueño? ¿El extraño sería
real o es que sólo era una jugarreta de mi imaginación?
Permanecimos
juntos en el más absoluto silencio, que si bien en muchas
ocasiones resulta incomodo cuando te encuentras acompañada,
esta vez era lo más agradable que se podía respirar.
Transcurrió
tiempo, no puedo precisar cuanto, cuando escuché su voz tan
encantadora y varonil que agradecía mi compañía y me decía
que ya era hora de marcharse, no me dio tiempo para decirle
nada, que al voltearme ya lo veía alejarse, perdiéndose en
la oscuridad tan pronto como lo había visto aparecer hace un
rato atrás.
Quedé
sola y confusa una vez más. Corrí para intentar alcanzarlo,
fue inútil, había desaparecido por quien sabe donde.
Entonces, alguien me tomo por el brazo. Me sobresalté, y
atemorizada voltee al instante. Al parecer era una mujer de
mediana estatura así como también lo era su contextura, sin
embargo por la oscuridad no pude vislumbrar nada más.
Me
sentí aterrada al percibir que ella se me acercaba.
-
¡Debes ser cautelosa Numen, no es correcto que te
involucres con los Pasajeros! – dijo una voz muy femenina y
dulce, pero muy agitada.
-
¿Qué dices? ¿Por qué me llamas Numen? – le
pregunté inquieta y temerosa.
-
No tenemos tiempo. Recuerda que los Pasajeros son efímeros,
nosotras perduramos – dijo aún más alterada.
-
¿Quiénes son los Pasajeros? – interrogué muy
alarmada.
-
Vine a advertirte, te están observando, ten cuidado,
no olvides quien eres ¡Ellas lo saben! ¡Debo irme! – dijo
enfáticamente y bastante angustiada - ¡Cuídate! – me
grito, mientras se alejaba con rapidez.
Se
perdió en las sombras de forma idéntica como lo había hecho
el extraño hace unos momentos atrás.
Di
vueltas por la gran sala, hasta que di con el corredor por
donde había llegado, dude en caminar por él, pero mi temor
de quedarme en ese lugar pudo más, corrí, corrí a ciegas
por el pasillo hasta que caí rendida, me recosté en el suelo,
estaba muy frío, cerré los ojos – aunque ahora pienso que
no tenía sentido, todo era tan oscuro tanto con los ojos
abiertos como cerrados – y entonces, cuando ya volví a
abrirlos, vi frente a mí aquel cuadro de la mujer rubia que
cuelga de la pared de mi habitación, me incorporé velozmente,
estaba en mi cama, sentía mi respiración algo agitada. Sin
duda había vuelto a la realidad, cómo y en qué momento había
despertado de la pesadilla, eso no lo sabe ni el Divino.
No
quise comentar con nadie mi experiencia y decidí olvidar
aquel sueño. Aún así, por más que lo intentaba no lograba
quitarlo de mi mente, de mis pensamientos y de una u otro modo
siempre lo mantenía presente.
*
* * *
Transcurrieron
los meses en donde pude descansar de mis inusuales sueños y
me evoque por completo a mis estudios.
Por
fin llegaron las deseadas vacaciones de verano junto al
merecido descanso.
Me
contacté con mis amigos, a los que no veía desde hace mucho,
y decidimos ir a bailar por la noche.
Me
encontraba somnolienta en el sillón del living cuando oí la
bocina del auto que me despertó.
Como
a las 11:30 p.m. salimos de casa y nos fuimos a la discoteque
“Calm Down”, que la verdad de tranquilizante como dice su
nombre, no tiene nada. Al entrar, instante, todo me daba
vueltas y sentía que perdía el control de mis sentidos.
-
¿Te sientes bien? -
Preguntaba el chico que me había interrumpido hace un
instante.
Tuve
que sentarme para recobrarme de la impresión. Ese rostro, esa
voz y más aún esos ojos; estaba frente a mí y no podía
creerlo. Cerré los ojos por unos instantes, volví a mirarlo,
era él, el joven extraño de mis sueños. Me hallaba tan
conmocionada que ni pude articular palabra.
-
¿Te sucede algo? No me has respondido. Te vi mirando
hacia allá – he indicaba con su dedo en dirección a la
pantalla - y pensé
que querías bailar - decía, mirándome algo consternado.
No
sé de donde saque fuerzas para responderle un sí, cuando tan
pronto como había contestado ya estaba bailando de lo más
entretenida.
Le
miraba, él parecía haberme olvidado ¿Es que tal vez fingía
no recordarme? ¿ Y si en realidad no era el hombre extraño,
y sólo se le parecía demasiado? ¿Estaría alucinando?
Tantas
dudas y sin hallar un modo de aclararlas. Observaba su
serenidad al hablar, su cabello dorado sus grandes ojos azules,
sus labios encendidos como el fuego, hasta su modo de vestir,
sin duda no podían haber dos hombres que se parecieran tanto,
y a la vez, como podría fingir tan bien, hasta llegué a
pensar en la posibilidad de que tuviese un hermano gemelo. Mi
mente era un verdadero caos. Habíamos bailado lo suficiente
cuando pregunto si querría beber algo, la verdad es que
estaba bastante sedienta
y la acepté una gaseosa, él me confesó que también
tomaría lo mismo ya que esta vez le tocaba manejar.
Continué
observándole, que el joven extraño y el chico con el que me
encontraba eran la misma persona, como asegurarme, sí el no
daba indicios que me lo confirmaran, algún comentario, una
broma, es más, se comportaba como si en verdad nunca me
hubiera visto. Entonces hice la pregunta, después de todo debía
salir de dudas:
-
¿Tienes un hermano gemelo?
-
Ni siquiera sabes mi nombre y quieres saber de mi
familia. Eres insólita. – Respondió el extraño, e hizo
una risa forzada.
-
Entonces si tienes un hermano – insistí.
-
No, de todos modos me hubiese gustado tener uno, si eso
es lo que quieres saber – respondió.
Ya
no cabía la menor duda, él era el extraño de mis sueños,
en realidad parecía no recordar nada, después de todo era
probable, la mayoría de las personas al despertar no logran
recuerdan sus sueños. Intenté olvidar que lo conocía, si él
no podía acordarse no valía la pena decirle nada más. Lo
mejor sería charlar:
-
¿Cuál es tu nombre?
-
¿Cuál el mío o el de mi hermano? Disculpa, sólo era
una broma – dijo riendo. – Lucas ¿Y el tuyo?
-
Mi nombre es Ámbar.
-
¿Cómo el color? – Preguntó.
-
Si, como el color – Le respondí.
-
Hasta tu nombre es extraño – Le oí decir.
Él
pensaba que era extraña “¡Qué locura!”, Se me escapó
esta frase de os labios escuchándola él.
-
¿Quieres una locura? – Me preguntó.
Sin
esperar mi respuesta, me cogió de la mano y comenzamos a
caminar tan rápido como podíamos hacernos paso entre toda
esa multitud. Abandonamos la discoteque, y a mí ni siquiera
me importó que me iba con un hombre que apenas conocía, ni
que mis amigos quedarían preocupados, ni tampoco que él
dejaba a sus compañeros abandonados.
Subimos
a su auto no me atreví a interrogar a donde nos dirigíamos,
ya que él conducía como alma que lo lleva el diablo, que la
verdad me preocupaba más de la forma en que manejaba que
hacia donde íbamos, sí es que teníamos algún destino. Nos
pasamos varias luces rojas, aún así no dije nada, creo que a
pesar de todo lo disfrutaba. Después de haber corrido en el
automóvil como sí estuviéramos en un “Rali”, poco a
poco bajo la velocidad. Vagamos por unas calles muy desoladas
que jamás en mi vida había visto, luego comenzamos a subir
por el camino de un cerro. Detuvo el carro cuando ya estuvimos
en la cima. Él descendió y decidí imitarlo.
La
noche se mostraba hermosa, el esplendor de la luna daba tanta
serenidad, como sólo en mis sueños la había sentido.
-
¿Qué te pareció esta locura?- Preguntó.
-
¡Estás muy loco, muy loco! – Le grité.
-
Y aún no has visto nada.
Comenzó
a correr muy aprisa perdiéndose entre los arbustos, de allá
lo escuchaba vociferarme que no podría alcanzarlo. Reí y
corrí también, entendiendo que me desafiaba a un juego.
Estuve a punto de atraparlo en varias ocasiones, él lograba
escabullirse todo el tiempo. Ya cansada caminé para sentarme
en una piedra, transcurrieron un par de minutos antes de que
llegara a mi lado anunciando su triunfo. Acepté mi derrota y
él agotado también se sentó a mi lado, reímos unos
instantes por nuestro arranque de locura, hasta que la risa
fue desapareciendo, quedamos en silencio y sólo se oía
nuestra respiración.
El
aire limpio, fresco, acogedor se hacia cómplice del vibrar de
mi piel, al sentir su mano tibia acariciar mi cabello, como la
suavidad de sus dedos iba dibujando cada facción de mi rostro
en la oscuridad, cerré los ojos y sentí muy suave su
respiración confundirse con la mía, junto a la presión de
sus labios fundirse con los míos en un dulce, y a la vez,
apasionado beso. Lo rodeé con mis brazos aferrándolo
vigorosamente, él me acariciaba con dulzura; caminamos hasta
su carro y allí permanecimos juntos, mimándonos, desfallecía
y volvía fortificarme una y otra vez, hasta sentir la magia
que hacia estremecer nuestros cuerpos en completa armonía.
*
* * *
Vi
salir el sol envuelta entre sus brazos, los vidrios estaban
empañados, seguramente el aire estaría congelado fuera del
automóvil, observé su rostro y pensé que durmiendo parecía
un ángel caído del cielo, pero no, él era real. Mis dedos
se perdían juguetones en su cabello rebelde cuando oí esa
voz, una voz de la cual no podía distinguir sexo ni su
procedencia, y a la vez se escuchaba tan cerca como si
estuviera dentro de mi cabeza. Repetía mi nombre con lentitud
y firmeza. Miré en todas direcciones y no logré ver a nadie.
No quise despertarlo, dormía tan a gusto como para molestarlo,
lo besé en los labios, me arreglé el vestido y baje del
carro muy despacio para no hacer ruido.
-
Nos traicionaste, tu tiempo a terminado Ámbar – dijo
la voz solemnemente.
-
¿Dónde estás? ¿Quién eres? – Interrogué
aterrada sin recibir respuesta.
Di
vueltas en circulo, confundida, afligida, la voz continuaba
repitiendo una y otra vez la misma frase. Me sentí abrumada,
la voz resonaba en mi mente como el metal del cuchillo afilado
sobre la piedra, el dolor era intenso que me llevé las manos
a la cabeza, como si ellas fueran a aliviar mi sufrimiento. No
pude soportar más, caí de rodillas al suelo gritando:
-
¡Basta, basta! ¡Déjenme en paz!
Tan
pronto como había llegado el dolor se calmo, abrí los ojos y
allí estaba tirada en medio del gran salón, sola, en la
oscuridad, ni siquiera tenía fuerzas para ponerme de pie. Sabía
mi castigo, ahora lo comprendía todo, mi realidad – si es
que así se le podía llamar, - mi mundo.
-
Quebrantaste nuestras reglas Ámbar – dijo la voz,
que ahora podía distinguir con total precisión.
-
Tienes algo que decir a tu favor – dijo otra voz más
dulcemente.
Moví
la cabeza en signo de negación, valla que sentía miedo, había
enmudecido, de todos modos no importaba lo que pudiera decir,
sabía perfectamente lo que dictaría el “Consejo de las
Tres Damas”.
-
Pues bien, sabias que no podías involucrarte con los
Pasajeros, dejamos que te advirtieran, aún así desobedeciste,
y es más, transgrediste las barreras, infiltrando a un
Pasajero en los sueños.
Vivimos
en la oscuridad, en las tinieblas de los sueños y fantasías
de los mortales. Ahora recuerdas quien eres y de donde
provienes y ese, será tu peor castigo – le oí decir a una
voz muy pausada, femenina y acusadora.
Hubo
unos instantes de silencio y volví a escuchar la primera voz.
-
¿Estas lista para oír tu sentencia?
Asentí
con la cabeza baja, sentía un nudo en la garganta que no me
permitía hablar.
-
Bien. Nosotras, las Tres Damas, te condenaremos a la
soledad de este gran salón, de donde no podrás salir, vivirás
sola y ningún Pasajero logrará recordarte. Sin embargo, te
concederemos la oportunidad de que puedas despedirte del
mortal que tanto aprecias. Hemos hablado. – dijeron las Tres
Damas.
Todo
quedo en silencio el consejo de las Tres Damas había dictado
mi condena. Las lagrimas se deslizaron solitarias una tras
otra humedeciendo así mi angustia y mi soledad.
-
¿Por qué lloras? – Le oí preguntar.
Era
él, como no reconocer esa voz, si sólo oírlo me hacía
estremecer. Las Tres Damas habían cumplido su palabra, él me
visitaba por última vez.
-
Lloro porque encontré respuestas a mis dudas –
Contesté.
-
Entonces deberías estar feliz y no triste, encontraste
lo que buscabas.
-
Lucas, abrázame fuerte – le dije sollozando.
-
¿Cómo sabes mi nombre? – Preguntó desconcertado.
-
Eso no importa ahora – respondí melancólica.
Me
incorporé, lo contemplé un instante, nostálgica, por los
bellos momentos que compartimos y que él jamás recordaría,
lo estreché enérgicamente, él me rodeó con sus brazos, me
acarició con ternura queriendo consolarme, me recosté en su
pecho y ya sin lágrimas, que se me habían agotado de tanto
llorar, le dije:
-
Siempre que puedas y te acuerdes, encuéntrame aquí,
te estaré esperando aunque nunca llegues.
-
¿Por qué lo dices? Pareciera que te despides – dijo.
-
No, recuerda que nada parece como se presenta, siempre
podrás encontrarme si
lo deseas con toda el alma y eso, es algo que n las Damas
pueden impedir, sólo ustedes tienen esa capacidad
-
Ahora no te entiendo.
No
le respondí, entendía `perfectamente mis palabras.
Permanecimos un tiempo en silencio y pronto lo vi alejarse de
mí y desaparecer en la oscuridad como otras veces, pero esta
vez sabiendo que él jamás volvería y que yo continuaría
viviendo en el olvido y de alguna manera formando parte del
gran mundo fantástico de la imaginación del Hombre.
FIN.
Dedicado
a mi primo Cristian Vidal que siempre creyó en mí y me ha
apoyado en todo.
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