|
|
Jacinto
Benavente
Madrid 1866 - Madrid 1945
Comediógrafo español
Obras: Señora ama, La malquerida, Pepa Doncel, La novia
de nieve
Premio Nobel de Literatura en 1922 |
A perdonar sólo se aprende en la vida cuando a nuestra vez hemos
necesitado que nos perdonen mucho.
Ante
cualquier desdicha que nos aflige, siempre nos admiramos al sentir
menos de lo que a nuestro parecer debiéramos haber sentido.
Bien
sé que las mujeres aman, por lo regular, a quienes lo merecen
menos. Es que las mujeres prefieren hacer limosnas a dar premios.
¡Bienaventurados
nuestros imitadores, porque de ellos serán todos nuestros
defectos!
Comunicar
nuestras cosas a los otros es Naturaleza. Atender a lo que los
otros nos comunican es perder el tiempo. Hacer como que se atiende
es educación.
Cuando
hemos renunciado a nuestra dicha y nos contentamos en ver dichosos
a los que nos rodean, es quizá cuando empezamos a serlo.
Cuando
no se piensa lo que se dice es cuando se dice lo que se piensa.
Cuando
termina la edad de las locuras empieza la de las tonterías.
Cuando
uno piensa de mucha gente cosas que no se atreve a decir le
satisface encontrar a otro que se atreva.
De
lo que se dice en sociedad, lo que importa es que tenga gracia; lo
de menos es que sea verdad.
Desconfiemos
siempre de los que nos creen capaces de mayores triunfos de los
que hemos podido lograr. Es un modo pérfido de considerarnos
fracasados.
Dicen que me burlo de todo porque me burlo de ellos, y ellos creen serlo todo.
El
amor es así, como el fuego, suelen ver antes el humo los que
están fuera que las llamas los que se hallan dentro.
El
amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es que está para morir.
El
amor es una bellísima flor, pero hay que tener el coraje de ir a
recogerla al borde de un precipicio.
El
dinero no puede hacer que seamos felices, pero es lo único que
compensa de no serlo.
El
enemigo sólo empieza a ser temible cuando empieza a tener razón.
El
lujo de ser mejores que los demás hay que pagarlo; la sociedad
exige un tributo que ha de pagarse en tiras de pellejo.
El
mal que hacemos es siempre más triste que el mal que nos hacen.
El
que es celoso, no es nunca celoso por lo que ve; con lo que se imagina le basta.
El
único egoismo aceptable es el de procurar que todos estén bien
para uno estar mejor.
El
verdadero artista no hace obra para el público; prefiere hacer público
para sus obras.
Es
más fácil ser genial que tener sentido común.
Es
tan fea la envidia que siempre anda por el mundo disfrazada, y
nunca más odiosa que cuando pretende disfrazarse de justicia.
Hay
mucha gente interesada en que todos tengan porqué callar, para
que no hablen mal de ellos.
La
admiración no interroga nunca; con admirar comprende.
La
ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe.
La
mujer: animal de lujo en las clases altas; animal de cría en la
clase media; animal de cría, de trabajo y de carga, en las clases
bajas.
La
única tristeza con consuelo en la vida es la tristeza que se ha
merecido.
Las
mujeres perdonan alguna vez al que las ha engañado; pero nunca al
que no han podido engañar.
Las
mujeres valen mucho; como sexo es uno de los mejores que hay.
Lo
peor de la ingratitud es que siempre quiere tener razón.
No
hay nada que desespere tanto como el ver mal interpretados
nuestros sentimientos.
Nunca
como al morir un ser querido necesitamos creer que hay un cielo.
Perdonar
supone siempre un poco de olvido, un poco de desprecio y un mucho
de comodidad.
¡Permitid,
señora conciencia, que nunca falte una amable mentira en nuestros
labios cuando alguien se llegue a pedirnos una opinión sincera!
Piense usted que es más noble engañarse alguna vez que desconfiar siempre.
Si
la gente nos oyera los pensamientos, pocos escaparíamos de estar
encerrados por locos.
Si
murmurar la verdad aún puede ser la justicia de los débiles, la
calumnia no puede ser más que la venganza de los cobardes.
Tan
duro es para la mujer ser excepcionalmente bella, que la mayoría
fracasan y acaban mal.
Una
idea fija siempre parece una gran idea, no por ser grande, sino
porque llena todo un cerebro.
|