Si un
espectador acostumbrado entrara a ver este filme, sin saber quien es su
director, exclamaría: ¡como lo copia a Scorsese! Y en esto radica el
principal problema de esta película. Porque el reconocido director Martín
Scorsese opta por un registro tan superficial, que el filme se convierte
en un buen remedo (pero remedo al fin) de sus códigos, de sus
personajes, de su manera de hacer cine.
Con
mucho de Taxi Driver, un poco de la serie de TV, Emergencias Médicas, y
el constante tema de la fe perdida, la película de Martín Scorsese
tiene como escenario las violentas calles del Nueva York antes de
Giuliani. El protagonista es un enfermero que recorre la ciudad en una
ambulancia de emergencias.
“La
ciudad no discrimina, acaba con todos, nos estamos muriendo” dice un
personaje y parece una confesión de parte, porque cuando un director
como Scorsese pone mayor énfasis en el resultado que en el proceso el
cine también muere un poco.
Vidas
al límite es una película efectiva. La frase viene a cuento porque el
reconocimiento a Scorsese no proviene de la efectividad ni del resultado
exitoso de sus filmes sino del minimalismo con que construye personajes
y situaciones, y la profundidad de sus puestas (La última tentación de
Cristo, El rey de la comedia).
“La
idea da resultado, cuanto más sencillo mejor” dice otro personaje
para seguir la confesión.
La idea
de Vidas al límite da resultado: ritmo rutilante, sangre, personajes
simplones, desnudos no hay porque la TV ya nos enseñó todo. La anécdota
cuanto más sencilla mejor: un paramédico estresado de tanta sangre y
tanta presión que primero se conmueve, luego se endurece y se mantiene
igual durante todo el filme. Dos horas largas de lo mismo. Tal vez se
haga más llevadera cuando la pasen por televisión con los cortes
comerciales de rigor.
Gustavo
Camps
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