Un
hombre con la cara erosionada por el tiempo emprende un viaje hacia otro
país, el pasado, el futuro, la venganza y en cierto sentido la redención.
Sólo
eso. Nada menos que eso.
Wilson
llega a los Estados Unidos para tomar revancha por la muerte de su hija.
Se enfrenta a sus propios fantasmas, le hacen falta unas pocas palabras
para anunciarse: con la cara salpicada de sangre se limita a decir
"Díganle que voy por él". El asesino comprende, el
espectador electrizado también.
Si algo
caracteriza a este extraordinario filme de Steven Soderbergh es su
capacidad para contar una historia en profundidad y hacer gala de una
economía de recursos formidables: imágenes secas, cortas, contundentes
como un puñetazo en la mandíbula, recuerdos que azotan a Wilson, a los
que el espectador asiste envuelto por sus propios pensamientos.
Terence
Stamp retoma el personaje de delincuente que ya había interpretado en
la película de Ken Loach Poor cow (1967) y logra la interpretación de
su vida. Simplemente perfecto.
Las
actuaciones del reparto constituyen un festival aparte: Peter Fonda,
Lesley Ann Warren y Luis Guzman se constituyen así en las piezas estratégicamente
dispuestas de esta perfecta partida de ajedrez.
Vengar
la sangre nos propone un viaje único, cuyo destino puede ser el
infierno o el cielo. Atrévase y saque su pasaje: no se va a arrepentir.