El
filme de la belga Chantal
Akerman sigue la línea de las comedias livianas hollywoodenses sin otro
apoyo que la simpatía o - en el mejor de los casos - el oficio de los
protagonistas.
La
idea del argumento promete pero finalmente no se sostiene.
Un
psicoanalista adinerado, y metódico hasta la obsesión, intercambia su
lujoso departamento en Nueva York con el de una bailarina parisina
desordenada y liberal. Ambos quieren cambiar de aires por un tiempo. El
intercambio inmobiliario se hace a través del diario, por lo que
ninguno sabe a ciencia cierta hacia donde va, ni a quien dejará en su
casa. Cuando se conozcan llegará el romance.
Incluso
si se obvian algunas desprolijidades del guión (por ej. la ex prometida
del protagonista que desaparece por arte de magia en un parque) el filme
no tiene otro atractivo que el trabajo de Juliette Binoche y William
Hurt.
La
mirada irónica sobre el psicoanálisis apoyada en gags bastante vistos,
el encontronazo de Henry (Hurt) con un amante de Beatrice (Binoche) que
termina en sesión psi, o lo que ocurre tras el regreso intempestivo de
Henry a Nueva York son insuficientes para engancharse con la trama.
Sobre
el trabajo de las primeras figuras y la música del filme, la directora
sí contó cosas interesantes.
En
una entrevista que se difundió junto con el material para la prensa,
Chantal Akerman reveló que Juliette Binoche y William Hurt encararon su
trabajo de manera muy diferente. “Juliette
(Binoche) prefiere confiar en su instinto y trabajar en forma
intuitiva” puntualizó la directora y agregó sobre Hurt: “le gusta
ensayar mucho y luego liberarse de todo en el momento de rodar”, por
último sintetizó: “tuve que trabajar intensamente con William antes
del rodaje, mientras que Juliette quiso llegar al set lo más fresca
posible”.
Sobre la música
explicó: “el tema central
está acompañado por composiciones de Bach, Villa-Lobos, Cole Porte y
Paolo Conte, música de inspiración divina que escuchan los personajes
o a veces oyen de fondo. Durante tanto tiempo estuvimos inspirados por
Shostacovivh y Prokofiev que al final tuvimos que ceder una parte porque
le estaban dando demasiada intensidad al filme y a nosotras mismas (se
refiere a Sonia
Wieder Atherton)”.

El psicoanalista enamorado (W. Hurt) Un divan en New York repite la estructura del
hombre y la mujer que se enamoran pese a sus diferencias;
el remanido juego de los opuestos que se atraen hoy en día sólo
puede funcionar con una dosis alta de originalidad, so pena de exponer a
los espectadores a filmes interminables.
Gustavo Camps
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