Abbie
y Robert – los personajes interpretados por Madonna y Rupert Everett
respectivamente- son dos treintañeros sensibles, inteligentes y con una
suerte pésima para formar pareja, ambos comparten sus frustrantes
resultados a la hora de relacionarse con los hombres, porque Robert además
de buen mozo, divertido y fantástico amigo es, por supuesto,
homosexual.
Después
de una ruptura dolorosa y de la muerte anunciada de un amigo común a
causa de -¡sí, ya adivinaron!- el HIV, y minutos después de que todos
los asistentes al servicio fúnebre decidan cantar el actual hit de
Madonna “American Pie”, en una especie de video clip que homenajea a
los mejores melodramas de Libertad Lamarque, Abbey y Robert, se
divierten, toman sol, se masajean, se emborrachan y se besan con una
pasión digna de Lolita Torres.
La
relación se interrumpe, y unas semanas después Abbey se entera de que
está embarazada, confirmando aquel mito infantil según el cual un beso
“de lengua” podía dejarte preñada sin remedio.
Ambos
deciden llevar adelante un proyecto de familia no tradicional – en lo
que constituye quizás el único aspecto rescatable de la historia- pero
ya se sabe que donde existen camas paralelas abundan los problemas:
cinco años después, con la irrupción del adorable y bien
intencionado Ben en la vida de Abbey, las cosas se complican y ahí si
que la trama se va para no volver.
Que
“quiero a mi hijo porque tengo derecho a rehacer mi vida”, que “no
te lo llevás”, que “mirá como me lo llevo y a ver si me podés
alcanzar”, que “ventilo todo en un juicio”, que “hago esto
porque soy el padre”, que “no sos el padre, me enteré por un análisis
de sangre”, que “mirá como hago alianza de sangre y te hundo”.¿Se
cansaron de tantos “que”? Y eso que no pagaron la entrada al cine...
De
ahí en más el guión corre por los carriles que cualquier culebrón
venezolano podría reflejar para culminar con un final a caballo y políticamente
correcto.
El
título original cuya traducción textual es “la siguiente mejor cosa”
quizás sea una saludable expresión de deseos: ojalá que el próximo
proyecto donde se embarquen figuras tan
talentosas como Schesinger o Everett sea francamente mejor.
Mientras
esperamos esperanzados no vendría mal pasar por boletería y que nos
devuelvan el importe de la localidad, por favor.
Marcela
Barriopedro
Ni
tanto, ni tan poco
Los
seres humanos son prejuiciosos, los críticos de cine – aunque algunos
directores de cine no lo reconozcan – son seres humanos, entonces, los
críticos son prejuiciosos.
Una
película con Madonna de protagonista corre el riesgo de llegar al
cadalzo inclusive antes de
llegar a la pantalla. Para colmo, no solamente está Madonna; hay un
personaje homosexual, y como se sabe, cuando a un personaje de esas
características no se lo juzga o no se lo condena o endiosa con
claridad, tampoco está bien visto. Por último, el género del filme se
acerca mucho al melodrama, una especie con mala reputación si las hay.
Ahora
bien: miremos la película porque tiene cosas para rescatar.

Toda la familia, antes de los
problemas
Abbie
Y Robert (Madonna y R. Everett) son íntimos amigos, ambos inteligentes
y liberales, harían la pareja perfecta, si Robert no fuera gay.
Estimulados
por varias copas de más, el duelo por un amigo común y una desventura
amorosa de ella, cierta mañana se encuentran con que han dormido juntos
y nueve meses más tarde llega el resultado: Sam.
El
convenio parece claro: Sam tendrá papá y mamá, Robert y Abbie, pero
salvo compartir el domicilio, ninguno renunciará al estado civil, ni a
su cama, ni a su forma de ser. Sin embargo, un día aparece Ben (Benjamín
Bratt), un financista latino que se prenda de Abbie, y el equilibrio se
va al diablo. La tenencia de Sam terminará en los estrados judiciales.
La
construcción de Robert como un homosexual sin conflictos ni
cuestionamientos permanentes por su forma de ser, ni como una mascarita
cómica, es rescatable. También
lo es el hecho de que Everett, que es un gran actor, no se extralimita
con su papel de gay.
Por
otro lado, el filme podría haber sido un producto para Madonna, como se
hacen filmes para Robin Williams o Leonardo Di Caprio, sin embargo,
saludablemente carece de esos primeros planos o escenas hiperforzadas
que hemos visto en Patch Adams, La Playa y tantos otros.
El
final también podría
haber sido feliz o para llorar a moco tendido pero Schlesing elige un
plano largo, poco sentimental, donde se ve que si hay una posible solución
para la tenencia de Sam, no está en los estrados judiciales sino en la
capacidad de sus particulares padres para escucharse y comprenderse.
Una
pareja casi perfecta no es la gran película del año pero para ser un
producto del entertainment carece de muchos de sus tics: no hay una
definición tajante de buenos y malos, no hay sentimentalismo, los
personajes tienen matices, el interés se sostiene sin la necesidad de
situaciones sacadas de la galera. Una
pareja casi perfecta se deja ver, ni más ni menos.
Gustavo Camps
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