Dicen que si uno
recuerda lo que hizo en Studio 54 es que en realidad no estuvo allí.
Studio
54, la película de Mark Christopher, recrea la decadencia de la mítica
disco neoyorquina que en los setenta fue el lugar elegido por
ídolos, stars de Hollywood y el jet set para divertirse frente a
la mirada atónita de las masas.
El
mito dice que dentro de los límites de este viejo estudio de televisión
reciclado, que se levantaba en el midtown de Manhattan, se entronizaron
las drogas excitantes, la vida frívola, los amores efímeros y los
vestuarios excéntricos. Otra frase que apuntala al mito decía: “si
en los sesenta se hablaba de hacer el amor y no la guerra , en los
setenta, en Studio 54 , eso se practicaba”.
Más
equilibrada que Velvet Goldmine en cuanto a la música pero con un guión
más lineal, el filme entretiene y - fiel a la filosofía de Studio 54 -
no ahonda demasiado ni en los personajes ni la trama.
La
acción está focalizada en un bello joven de 19 años, Shane (Ryan
Philippe), que gracias a su cuerpo delgado y fibroso logra traspasar las
puertas del Studio y además termina conchabado como barman.
La
película deja en claro que lo que pasaba puertas adentro de la disco -
mito o no - era tan fugaz que no alcanzaba a materializarse en la vida
real. Los héroes de Studio 54 lo eran solamente allí (la escena con
Shane y Anita (Salma Hayek) cenando en la casa de la diva lo deja blanco
sobre negro).
También
es de destacar lo que se desprende del
papel de Steve Rubell (gerente de Studio 54) encarnado por Mike Myers.
Rubell era un hombre que verdaderamente se sentía sólo en medio de la
fiesta. Ganó muchísimo dinero pero no alcanzaba para evitarle la
soledad. La caracterización de esta personalidad empresaria atenta pero
también lejana, distanciada, no es solamente el reflejo de una adicción
a las drogas, que al parecer existió. Ese cinismo representa mucho más.
Rubell añoraba que su fiesta - y creo recordar que lo dice en alguna
escena - durara toda la vida. Se sabe que no fue así.
Gustavo
Camps
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