En
este filme Doris Dörrie nos ofrece una tipología de personajes
femeninos y masculinos que tratan de encontrarle la vuelta a la vida. La
manera es la experiencia. Linda es una joven que directamente quiere ser
otra, nacer de nuevo y Dörrie encuentra la mejor metáfora para dar a
entender esto: la escena en que arroja por los aires su cartera; nada
menos que ese elemento vital femenino, la cartera.
Francisca
es de las que busca elegir - como si la felicidad fuera
posible por ese lado - entre la seguridad y el amor. La
hermana menor de Francisca busca y busca el amor ideal.
Las
mujeres al borde de un ataque de nervios de Almodovar son
capaces de tirar teléfonos y maletas al vacío y vociferar
sin es necesario. Las alemanas parecen menos propensas a
poder expresarse con vehemencia.
Por
eso no es casual que el lugar de encuentro - o de escape -
para estas mujeres (y varios de los personajes) sea España.
Sevilla durante la procesión de la semana santa. Ya Dörrie
nos había adelantado la atracción que los alemanes sienten
por España. Un lugar tan distinto al de su hábitat. Un
lugar abierto, cálido, donde es harto difícil sentirse sólo.
Allí Unna, otra de las mujeres de este filme, se
reencontrará con viejos amores. En otra escena Linda volverá
al lugar en donde tiro su cartera y la encontrará. Pero
esta vez ya no está sola, esta con Klaus. Otra vez como en
tantos directores (no sólo alemanes) aparece el tema del
eterno retorno. El tratamiento es saludable. No se puede
nacer de nuevo. Pero queda claro que se puede cambiar
Gustavo
Camps
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