Quizás
lo más angustiante para un ciudadano sea
perder su privacidad y caer en las fauces de un monstruo burocrático.
Más aún si se trata de alguien con la sensibilidad de un poeta y de un
artista.
Esto
resulta indefectiblemente trágico.
El
Estado hace sentir su fuerza como relator unívoco de la historia,
tuerce destinos y está habilitado para decidir sobre cuál será el
lugar dónde transcurrirán nuestros días.
Puede
ocurrir que decida acotarlo a una miserable cárcel.
Imaginen
la desesperación de aquel que siente que las cosas pueden arreglarse de
otra manera, que considera injusta una acción legal en su contra y que
siente intolerable que lo ubiquen en un ambiente que no le corresponde.
La
indignación también se debe a una visión real y honesta de verse,
como ciudadano, librado a la suerte para sobrevivir en cosas mínimas y urgentes como el alimento, la salud, la
educación y la seguridad personal.
El
ciudadano encuentra que la preocupación política está más centrada
en la represión a las transgresiones de las reglas del contrato social
que a la satisfacción de las necesidades.
Entonces
una de las preguntas sería: ¿el sistema político y económico
garantiza la subsistencia para todos los habitantes de la comunidad que
desean respetar la ley? ¿los canales de ayuda social están funcionando
como corresponde? ¿existen los recursos necesarios para llevarlos
adelante?
En
medio de toda esta historia, se producen enfrentamientos por el poder en
el interior de las clases más necesitadas y los personajes que se
enfrentan parecen no tomar conciencia
de que son náufragos
del mismo bote en la tempestad. Surge como imprescindible cortar el círculo
de violencia; alguien quizás tome conciencia y tenga el talento, el
carisma y la elocuencia necesarios para anunciar, como un astrólogo
suburbano, un nuevo mundo posible. Todo parece indicar que el arte es
una alternativa transformadora para un sistema agotado, que se dirige
hacia la violencia en un camino sin salida.
Armando
D´Angelo
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