Un
extraño llega a un pueblo perdido al sur de la Argentina. Es un
arquitecto (Daniel Kuzniecka) que coordinará el paso terrestre de una
embarcación por el inhóspito paraje.
Semejante evento sacude la
monotonía de la zona. Pero no sólo es el suceso, también la presencia
de este hombre joven despierta al pueblo de su habitual somnolencia.

Angela Molina, un trabajo desbordante
Se
podría objetar el ritmo cansino que Capellari le imprime a la acción
en este filme, pero hay que reconocer que es verosímil con relación al
lugar donde ocurren los hechos: la desolada Patagonia.
A
diferencia de las últimas producciones comerciales argentinas, paupérrimas
en el argumento (Mi papá es un ídolo, Apariencias), en Sin querer se
aprecia la predisposición del director y los guionistas para ofrecer
una historia con cierta complejidad, algo más que un mero pasatiempo.
Las
distintas dimensiones de la trama son índice de esta apuesta por más
(un romance fugaz, un drama, una ausencia sin resolver), lo mismo el abanico de personajes pueblerinos: el político (
N. Brisky), el terrateniente (P. Contreras), el aborigen (L. Calcumil),
la matrona (Ch. Zorrilla), la esposa infiel (A. Molina).
En
general las actuaciones están contenidas – tal vez menos la
teatralidad de Patricio Contreras – pero Angela Molina y Norman Brisky
hacen excelentes papeles.
Sin
querer no es una puesta pretenciosa y sin duda el público le encontrará
atractivos.
Lo
más objetable no está en el filme sino en el hecho de que se haya
estrenado de apuro, en una sola sala – el complejo Tita Merello para
cine nacional - casi sin ser mostrada a la prensa.
Gustavo Camps
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