Esta
comedia mexicana viene de cosechar éxitos en la televisión y el teatro
de su país. Lo primero se comprende ya que la dudosa (y escasa) calidad
de ese medio en todo Latinoamérica, y más allá también, justifica lo
más improbable; la obra de teatro aún no llegó por estos lares así
que no hay nada que decir.
La
película tiene lo peor de la televisión y los actores gesticulan,
gritan y se histerizan como
en un teatro en el que la mala visión y la falta de acústica impone la
exageración para llegar al público.
La
historia se focaliza en dos parejas jóvenes, de clase media alta, que
desatan sus crisis matrimoniales cuando reciben la visita de dos viejas
pasiones, en un caso de ella y en el otro de él.
Es
tan obvia la concepción de cine entretenimiento vaciado de contenido
que resulta redundante cuando el director, en medio de una escena tensa,
le hace decir a un personaje: ¡Qué dramáticos! Por qué mejor no
vamos al cine?
Personajes
fashion, y por eso tan inverosímiles, se la pasan nombrado a Frankfurt,
Nairobi, Amsterdam, off course, New York. Pero el snobismo no termina
allí. Cuando por obra del guión aparecen extras como mucamas o
vendedores ambulantes la actitud de los protagonistas es despectiva,
como si quisieran sacárselos rápido de encima (por ej. las escenas en
una plaza entre el publicista y la bióloga, o cuando las mujeres ).
Pensar que muchos directores jóvenes hacen filmes extraordinarios con mecánicos, promotoras y mucamas como protagonistas.
Si
fuera una telenovela mexicana para la televisión estaría en línea con
la mediocridad general del género, lo trágico es que se trata de una
película de cine, una caracterización que le queda grande por donde se
mire.
Gustavo
Camps
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