|
Entrevista
a Miguel Angel Sola

Sola
y Roly Serrano
Apasionado,
siempre profesional, preciso en sus conceptos. En la
presente entrevista, el actor argentino radicado en España,
Miguel Angel Sola, defiende el filme “El
amor y el espanto”, dirigido por Juan Carlos Desanzo, donde tiene el protagónico, nada menos que con el papel del
reconocido escritor argentino Jorge Luis Borges.
¿Considera
que el Borges del
filme se corresponde
con su propia idea y visión sobre Borges?
Mi
idea, mi visión y mis sentimientos hacia Borges no se
limitan a la idea, visión y sentimientos hacia éste
Borges ¿El famoso segundo Borges, tal vez, que se imagina
a sí mismo? “Yo soy dos” ha sugerido el genio, y habrá
que creerle, a pesar de su talante fabulador. Aunque, como
Braceli, creo que Borges es tres al menos;
cosa que importa poco, porque aquí vemos a “éste”.
Mi visión y mi idea de “éste” Borges sí la hice
propia. No podía ser de otra manera. Tenía que estar de
acuerdo con él para poder interpretarlo. Supongo que los
eruditos en Borges, juzgando y cotejando al Borges que
hice, a la luz de los conocimientos “reales”
que de él tienen dirán: ése no es el Borges “real”.
De eso se trata. ¿Qué tendrá que ver aquí el realismo
mutilador? Éste Borges crea una realidad diferente. Por
otra parte, nadie -ni yo, que lo suplanté en la
circunstancia- tiene certeza de cómo fue Borges en la
intimidad de sus 46 años, tras el ventanal de esa casa,
activada su imaginación al paso de una manifestación que
viva a “El Monstruo”. Por eso, inteligentemente, al único
Borges real que hay en la película, Feinmann sólo lo
deja sufrir e imaginar sin decir palabra. Su madre habla
por él.
¿Cómo
se ha documentado e informado Ud. para componer el
personaje, amén de las indicaciones de la dirección y
del guión?
Tuve
que reconstruir a Borges por capas e imaginar el resto,
dado que no existe material sonoro, ni fílmico que nos
muestre al hombre Borges de la época en cuestión.
Recuerden que en 1946 Borges no era Borges aún, sino un tercer ayudante de Biblioteca Municipal. El
material más cercano a esa edad suya arranca a partir de
sus sesenta y tantos años. En veinte años un hombre
cambia mucho. Si la pregunta es qué leí...
Si,
también lo es, viene bien que lo cuente...
Leí
su “Autobiografía”, “Borges,
Sus Días y su Tiempo” de María Esther Vázquez;
“El Buenos Aires de Borges”, de Zito; por nombrar los
más amenos, y por supuesto, utilicé la excusa para
releer “Padres Nuestros que Están en los Cielos” y
“Don Borges, Saque su Cuchillo porque he Venido a
Matarlo” de Rodolfo Braceli, que hace ya mucho me ayudó
a entender todo lo que me pasaba con Borges. También
complementé con Jauretche, Silvina Bullrich, Bustos, Spíndola,
Cortázar, las Ocampo, y un ácrata español - a quien
Borges decía admirar - que en éste momento se me escapa
de la memoria (N de R: se refiere a Rafael Cansinos-Assens,
de quien Borges se consideraba discípulo). Los reportajes
que he leído -demasiados para mi gusto- me desnudaron las
apetencias, deseos, frustraciones, sentimientos, ideas y
sueños de sus entrevistadores, más que de Borges. Y como
él tenía la proverbial capacidad de frasear para cada
oreja, como Perón -dos caras de la misma moneda, hechas
antes y después del cambio de turno por diferentes acuñadores-
además de indignarme o reírme, los tomé como
documentación.
¿De
la obra propia de Borges leyó mucho?
De
Borges autor leí bastante, pero quizás, el rastro más
preciso lo encontré en algunas conferencias (magistrales
hasta la humillación; refregadoras de mi propia supina
ignorancia) en las que Borges, luego de hilar en la Rueca
de la Sabiduría durante cuarenta y cinco minutos, se
“escapaba” a pelear en contra de sus propios
argumentos para abrirnos la puerta a otro estado de
conciencia. Su contemplación accionaba mundos, y su poder
de asociación era tal que tenía a su placer lo que quería.
¿Para qué vivir en términos menores, entonces?. ¿Para
qué la “realidad”, si él elegía entre todas las
posibles habidas y por haber?.
¿No
cree que el personaje Borges que plantea la dirección
muestra un ángulo más ideológico, menos realista, menos
humano y más ideal que los personajes que Ud. compuso para Pino Solanas, tanto en
“Tangos, el exilio de Gardel” como en “Sur”, a
pesar de que paradójicamente, Borges tiene un referente
real y los otros dos no?
El
personaje Borges que plantea la dirección, fue
previamente creado por su autor Feinmann de idéntica
manera. Ahora: esos planteamientos
fueron procesados por mi entendimiento, mi
sensibilidad y mi intuición. En definitiva soy yo quien
termina de respirar, pensar, actuar, sentir y hacer el
personaje que nos distrae. De modo que si a Ustedes mi
Borges les parece menos humano que otros personajes que
hice, no están hablando del planteamiento del director o
del autor, sino de una equivocación mía. Sin embargo
estoy convencido de haber creado un Borges que, en su
circunstancia, es profundamente humano. Con respecto al
Floreal de Sur y al Juan Uno de “El Exilio…” ¿Qué
quieren que les diga…?
Quienes hemos vivido la época
trituradora de Videla y compañía cívico militar,
sumada a la anterior de López Rega, Isabel y sus boys de
la AAA, sabemos
que, de ese tipo de víctimas de la crueldad humana, hay
referentes a montones, entrañables o despreciables, vivos
o desaparecidos. Hace menos de cuarenta y ocho horas me
cité a comer con un amigo del Tata Cedrón -Juan Uno- y
Floreal, tiene un puestito en El Rastro madrileño, aunque
se llame Ernesto y coma conmigo los sábados. En cincuenta
años no he conseguido merendar con un sólo Borges.
La
escena en la que Borges encuentra su legajo en la oficina
de inteligencia es de gran dramaticidad. ¿En el rodaje le
resultó complejo concretarla? Por favor, explique como la
llevó a cabo
Esa
escena que, concuerdo, es de gran dramaticidad, es una
relectura en clave borgeana que hizo Feinmann de “El
proceso” de Kafka. Cuando mi Borges se pasea por los
pasillos llenos de legajos de la Secretaría de
Informaciones, recordarán, se detiene en un lugar en el
que hay una enorme letra “K” en tanto él busca la
“B” de Borges.
Tenemos
presente la situación, pero desde los otros días en que
vimos el filme, a esta altura lo de las letras se nos
escapa...
Ahí
su historia -Su historia en este film, digo- se entrecruza
con la del señor K de Kafka. Es la historia de un
escritor que se siente perseguido por el poder, que cree -como
lo dice en el film- que: el asesino es el Estado. Borges admiraba profundamente a Kafka, tengo entendido. En
fin, que eso se los explique Feinmann. Por mi parte, sentía
en el cuerpo a un hombre en estado de gozo latente, de
gozo temido, ante la mayor jugarreta del destino. Su
cerebro se engaña, deleitado por la frondosidad, la
descripción detallada de su calidad de conspirador, las
horas de seguimientos que el Estado debe dedicarle; seguro
de que la estatura moral, ética y estética, que acompaña
a sus actos, antagónica a los del régimen, ha de figurar
en ese legajo como estigma orgulloso.
Quiere
encontrarse y teme encontrarse. “Culpable, ante los
culpables de todo delito, es ser inocente de la mayor
inocencia”, se dice, para darse ánimos. Busca. Se
pierde. Encuentra. Donde iba a figurar su derecho de peaje
a la inmortalidad, está la nada. Una hoja en blanco. El
peor desafío de un escritor. Su peor miedo. Él teme a
quienes lo ignoran. No tiene enemigos. Sólo su nombre:
otro espejo de lo que es. Nada.
¿Comparte
el enfoque unidimensional y maniqueo con que la dirección
construye tanto a Borges como a los peronistas, sin dar
lugar a matices (el
personaje que hace Roly Serrano, Villari, por ejemplo, que
se define como enemigo sin más. O Borges, temeroso y en
guardia durante todo el filme)
Lo
que no comparto es que el enfoque sea, como ustedes han
decidido, “unidimensional y maniqueo”. Se trata de un
thriller borgeano, no del estatuto del peón. El peronismo
que eleva en el escalafón municipal a Borges -agrediéndolo
solidariamente por su propio bien- nombrándolo
“inspector de aves, conejos y huevos”, era claramente
antagónico a Borges. Borges y el peronismo fueron
enemigos naturales, a más de históricos, culturales, de
clase, de costumbres, de gustos, de espontaneidades.
Expresaban visiones antagónicas de país. La película
expresa un antagonismo que fue real y que Borges vivió y
protagonizó hondamente. La película no es maniquea:
refleja un conflicto y lo desarrolla. Como “El Exilio…”
y “Sur”, dos pelis “ideológicas”, tan
“maniqueas” y “unidimensionales” como ésta -eso sí:
“realistas”- en todo caso. Y, ya que estamos, valga la
sinceridad: como este cuestionario, que ya es
cuestionamiento. Lo que ocurre es que en ésta peli, el
que sufre es otro, un “contrera”.
Si
me permiten, prefiero hacer otra lectura. Por favor, acompáñenme...
Si,
aceptamos con gusto su lectura sobre el filme...y es
evidente que que cuestionamos varios elementos de la
puesta de Desanzo, no así su actuación que nos resultó
efectiva y ajustada pues se corresponde con el personaje
que plantea el guión, y mantiene un registro constante de
composición física y anímica durante todo el filme....pero
adelante
Esta
peli trata sobre un gran escritor que no alcanza a
comprender y menos a aceptar su país “real”, y trata,
a la vez, de un país “real” que se expresa agrediendo
a quien sería con el tiempo su más grande escritor. Esta
peli se instala en la esquizofrénica antinomia argentina
desde Sarmiento a nuestros días: civilización y barbarie.
Tomando
como punto de partida esta lectura de a centavo, ubiquemos
a “nuestro” Borges, no otro, en el contexto debido:
una manifestación “bárbara” (diferente a su
sensibilidad) pasa por la puerta de su casa al grito de
“¡Perón, Perón que grande sos!”. La respuesta
sensible de éste Borges es
montarse en su imaginación y, en esos tres minutos
en que la manifestación llega y se pierde, juntar
presente, pasado y futuro -personal y artístico- y huir
con el botiquín de sus potajes creativos hacia su propio
limbo. Y en ese tránsito toca las temáticas de “Casa
Tomada” de Cortázar; “El Matadero” de Echeverría,
“La Sospecha” de Hitchcock, “El Almohadón de Plumas”
de Horacio Quiroga y “El Proceso” de Kafka. Utiliza la
milonga “La Refalosa”
de Hilario Ascasubi, que yo mismo canto en el film;
o sea: Borges se canta a sí mismo su más profunda
amenaza.
De
Borges, éste Borges, toma las temáticas de “La Espera”,
“El Aleph”, “El Sur”, “La Muerte y la Brújula”
y “La Fiesta del Monstruo”. Éstos tres minutos sólo
podían estar en el arbitrario uso del tiempo ese cerebro,
y Feinmann se dio cuenta. Allí confluyen todos los miedos
(el motor dominante de éste Borges siempre en guardia por
la naturaleza inmanejable de los acontecimientos que se
suceden sin pausa) y el dilema de cómo vencerlos, siendo
como es él, un ser de naturaleza miedosa. No tiene el
coraje de sus bien amados cuchilleros, pero lo intenta; no
tiene costumbres de atleta, pero lo intenta; no tiene
resto físico ante el amedrentamiento, pero lo intenta.
Por amor. Por el amor que él es capaz de sentir. Aún
despreciado, humillado, postergado, desdeñado… Beatriz
es su obsesión amada y su posibilidad de redención
amante. Amor humano, eso siente, aunque su cuerpo, atado
por siempre jamás como Segismundo a la piedra, no pueda
legitimarlo. ¿En su alucinación tresminutesca; ¿quién se
lleva a su Amor? El representante de una ideología,
él lo decide así en su febril imaginación. Beatriz y
Daneri son su imaginación. Y además son nombres de su
Literatura, ubicados en otros ámbitos y en otras
circunstancias -que él les aportó como su creador que
fue o sería, ya que esos cuentos se escribieron antes o
se escribirían después del 46, que éstas que en la película
ellos alteran. ¿Ó
Borges? Y no sólo ellos traicionan el destino que su
inventor les depara, sino todos y cada uno de los
restantes personajes que rondan la pesadilla de tres
minutos -el paso de la manifestación- y que, además, en
un alarde cínico de independencia, desdeñan el trazo
creador en sus rutinas, aunque mantengan de ese trazo sus
nombres, para seguir siendo inmortales y famosos por las
piruetas de la reedición de las obras del gran escritor.
La traición obra en él, el odio obra en él; la
impotencia de no poder torcer ni siquiera con su imaginación
el derrotero de una ‘realidad’ que lo supera siempre,
también obra en él. Condimentos muy humanos, pero
siempre bajo el lente deformante de una imaginación que
decide ser trágica, no apresada en un realismo social. El
Borges ‘real’ que ustedes aparentan reclamarme como
faltante, invocando un planteamiento de la dirección,
no tiene asidero en el contexto de “El Amor y el
Espanto”. El Borges que ustedes piden, sobra. El que está,
y debía estar por ingenio del guión, es
en su dimensión humana.
Borges,
el que jamás se dejó ver, -más que multiplicado en
espejos, que le aterrorizaban, para colmo, es inabarcable
y no existe referente de él, a menos que ustedes crean
que (editorial) Atlántida dice la verdad.
Borges
es en su obra. Lo demás es lo de menos. O pura especulación
del libre comercio. Prefiero la imaginación de Feinmann y
el coraje de Desanzo, a la noria del falso realismo, tratándose
de Borges, al menos.
¿No
cree que el cine argentino desdeña el montaje y la acción
y se concentra en la escena y en los parlamentos, para
hacer progresar un filme?
¿En cual de las dos modalidades Ud. se siente
mejor, o le resulta más satisfactorio actuar?
No.
No lo creo. Creo que cada director diseña como se le
antoja su film, y que tiene el derecho que le asiste el
riesgo que asume. Rara vez se da un guión de estructura
teatral que puede ser cine. Y es un gusto y el mayor desafío.
Suele ser cine inteligente; no de hechura -ni de lectura-
maniquea y unidimensional. Esta película fue filmada
punto a punto, montada ex profeso así, privilegiando los
extensos diálogos, a gusto de Borges. Vengo de hacer una
peli cuyo story-board narraba en 1263 planos, con: de dos
a cuatro lentes diferentes por plano, y al menos tres
angulaturas. Había dinero. Y se tiró mucho. Resulta más
complicada para el actor la narración anímica, y debe
hacerse cargo de infinidad de cosas que no tienen nada que
ver con el “estado de gracia” -estoy hablando del
actor, no del actuador pago- que requiere actuar, pero,
también se puede. Y la peli podrá ser una mierda, o fantástica
o mediocre. La calidad no la da el montaje; sino ‘también’
el montaje. Ahora, cuando me transformo en espectador,
prefiero que me cuenten todo esos seres que tengo enfrente,
no que me los seccione la técnica. Eso lo dejo para las
pelis de los domingos de lluvia con pan y mortadela -todas
americanas del norte- que para eso se inventó la tele y
su hijo el video.
Gustavo
Camps y Raúl Valls
Nota
de Miguel
Angel Sola

Sola
con Desanzo y Blanca Oteiza
Miguel
Angel Sola, sobre
su actuación en “El
amor y el espanto”
Sola:
Algo se manifestó en mí por primera vez ¡Y primeras
veces a esta edad optimizan!
Y contarlas: euforizan!
Una
de las situaciones más deliciosas que viví en este último
tiempo, y viví muchas, fue la de ser convocado por
Desanzo para hacer Borges.
Un
Borges del que no me tenía que ocupar en absoluto, dado
que el único Borges real del guión era ese que abría y
cerraba la trama argumental sin decir una sola palabra.
Todo
lo que entre ambas puntas se contaba, no era Borges, sino
el reflejo de
sí que su urgente imaginación le dispensaba. Tendría, a
lo sumo, que jugar con la imaginación que Feinmann
depositaba en ese "Georgie" -en una suerte de
delirio paranoico creativo-espiando temeroso tras los
visillos de una ventana el paso de una manifestación
enemiga, para hacer confluir presente, pasado y futuro de
su literatura y de su vida ciudadana.
Noté,
ni bien comenzado el rodaje, que hasta las caras más
renuentes aprobaban y presentí que, de no estar atento,
correría el riesgo de abrazarme al santo oficio de "convencer".
Y empecé a boxear con mi sombra, a querer arrancarle,
entre dentelladas al vacío, rigor y verdad. No hubo día
en el que las preguntas fuesen menos que las respuestas.
No
hubo escena, por mínima que fuere, que contara con mi
aprobación íntima. Fui duro conmigo aún sabiendo que
estaba trabajando al máximo de mis posibilidades momentáneas.
Lo fui para no apelar a la experiencia que me convirtió
en un actor apreciado por muchos. Aquí tenía que "ganarme"
a todos con nuevas herramientas y sin pesarles demasiado;
Pero, por encima de todo, no podía fallarle a Juan
Carlos. Él había elegido mi nombre para encabezar su película
entre muchos y muy buenos. Su riesgo era mayor que el mío.
Y además estaba mi familia, y el orgullo exagerado (
bendito sea) que les significo. En fin: duro conmigo. Era
sincero haciéndolo y sigo siéndolo observándome a la
distancia.
¿Con
qué contaba? En el actor que creció conmigo -defectos a
un lado- siempre se dieron cita el impulso puramente
afectivo, el instinto, la memoria asociativa y un cauce
emocional abierto y dispuesto. Todo ello bajo el control
de una inteligencia práctica cada vez menos complaciente.
Pero: inteligencia no es "espíritu". Y lo que
ésta experiencia desnudó ante mi boquiabierto cerebro,
fue algo esencialmente distinto, y hasta opuesto a la
inteligencia: el "espíritu".
Creía
saber de la existencia del “espíritu” por los libros;
por cierta religiosidad que habita en cada rincón de la
vida; por ese milagro que hace respirar a mi hija mientras
duerme; por mucho de lo que me hace elegir día a día a
una sola mujer entre tantas... Pero aquí el "espíritu"
se dejaba ver, transponiendo mi animalidad y dándose un
lugar en el maxi-universo de "Georgie". Tanto mi
inteligencia con su caja de herramientas como el impulso y
el instinto me ligaban a la vida, en general. Pero mi espíritu
se oponía a toda vida liberándose de los lazos y de la
presión de lo orgánico. Convertía a las cosas -
animadas o no- en "objetos" y me emplazaba a
conocer lo que eran esos objetos en sí mismos, determinándolos
objetivamente. Y en este sentido, el "espíritu"
me mostraba que él mismo era un principio que podía
utilizar al hombre que encarnaba como objeto suyo, y
conocerlo como a otro objeto cualquiera, desligándolo de
mi organismo y reprimiendo mi impulso vital respecto de él.
(No siento simpatía alguna por Borges hombre, ni por sus
antípodas impunes creadas en este caso por su propia
febrilidad, y a uno le tienta opinar a través de los
personajes). Despojándome de cualquier prejuicio sobre
Georgie, rodar se hizo "raro" y apasionante.
Para
conocer a este Georgie de verdad, era menester estimarlo
en sí mismo y no por la relación que debía entablar con
mi persona-actor. Debía
dejarme atravesar sin interponerme. Mi "animalito"
desmemoriado, como todo animal -incluyendo al inteligente
"normal"- vivía sumido en las cosas. Pero el
"espíritu " que lo observaba -a él y a su
entorno- las substantivaba, las alejaba, las objetivaba.
Al idear, el "espíritu", extraía de una
realidad concreta y particular la esencia general - el
"qué es"- y con ello anulaba el carácter de
"mi" realidad, "desrealizando" el
mundo que Georgie habitaba. (Todo en tiempos no
mensurables y sin mediar mis procesos lógicos habituales).
El animalito siempre decía "sí". El "espíritu"
decía "no". Y me situaba en un estado en el que
no vivía las cosas: sólo las contemplaba. Era el asceta
de esa vida. No era yo. No hablaba, ni sentía, ni pensaba
por mí. No "actuaba" yo.
Sin
embargo, el pudor de haber hecho la tarea, y el conocer
las reglas del juego a las que me sometí, me crearon la
sensación de haber sido, al menos, el único "mirón"
en una pugna entre dos cerebros -el mío y el del
personaje- y un árbitro impredecible; ó bien la de un
duelo entre intelecto e imaginería; ó , en última
instancia, la de haber inventado para mi salvación el
milagroso tablón que rescata al náufrago impotente. No
estaba activando mi yo conocido.
El
actor es frágil cuando se abre a crear -hay mucho de caótico
con peligro de implosión- más aún cuando los códigos
de comunicación son compatibles sólo por retazos. ¿Cómo
explicar a cualquiera el andamiaje que Georgie me obligaba
a estructurar hasta en sueños? Por momentos me sentía
descubriendo América. Por momentos llevando y trayendo la
misma piedra desde un extremo a otro de Treblinka
Y eso ocurría porque, a la hora de "hacer",
ese bendito "espíritu" desnudaba también su
falta de fuerza, de poder, de energía para plasmarse. Las
fuerzas "inferiores", en cambio, aún con
dificultades palpables, eran poderosas y podían lo que él
no. ¿Cómo se realizaba, entonces, el espíritu?.
Insensiblemente -sensiblemente, quiero decir, pero casi
prescindentes de mí; y juro que cuando intervenía las
trataba como a porcelana china- esas fuerzas inferiores
iban poniéndose al servicio de aquello que el "espíritu"
pergeñaba guiando impulsos e instintos. Su poder de
realización estaba en ellos.. Y no había más conflicto
que el que yo padecía entre jornada y jornada tratando de
entender lo que me estaba pasando de diferente en mi
trabajo, y, por ende, en mi vida.
¿Saben?
Estoy contento y no lo tomen como pedantería o
autosatisfacción cómoda. Algo se manifestó en mí por
primera vez, y ¡primeras veces a esta edad... ! optimizan.
Y contarlas: euforizan...!. Muy poco mérito personal (el
de activarme en conjunción con la técnica, tal vez) me
adjudicaría en este trabajo de no haber vivido todo lo
que viví atravesándolo. Ese "espíritu" hizo y
deshizo en complicidad con mi resto Y no fue mi intuición,
que es muy poderosa. No, en este caso no fue ella.
Generalmente, prefiero ignorar los procesos que va
construyendo (construir... ante todo construir, porque
construir es afirmar que se vive fervientemente) al
personaje que debo encarnar: tanta interpretación de
sucesos invita a posibles parálisis... pero con éste no
pude, me obligó a ser consciente y a no manosear el fruto
nuevo...
Hoy
-no para siempre, espero, porque habrá más motivos- creo
que el actuar nace del humano afán de unificar nuestro
ser; de conciliar "vida" y "espíritu",
"impulso" y razón". Y de jugar -aunque más
no sea- a este juego maravillante de creer que descubrimos
esencialidades tras cada máscara. Algo más: agradecer a
Desanzo y a Feinmann haberme ofrecido belleza y
singularidad que trabajar y a todos mis compañeros el
ejemplo de amor al cine que derrocharon en esta nueva película
sin casi presupuesto y en una Reina del Plata que no
ofrece quince metros de pared no mancillada para
reconstruir época. Dirán que a mi agradecer debería
sumarle alguna pizquita de síntesis... acepto, pero
ocurre que, a pesar de lo mucho que trabajaron mi cabeza y
mi corazón, me ayudó la suerte regalándome esta correría
del "espíritu" y quería contarlo.
Miguel
Angel Sola
|