El
término thriller, que tan bien le calza a Prisionero de Peligro, de David
Mamet, se refiere a los filmes de suspenso o misterio, no obstante,
en esta obra se pueden apreciar otros condimentos - la construcción
del personaje principal, la manera original de dar información al
espectador, las elipsis - que realzan el interés de la puesta más allá
del género.
Tal
como lo utilizó Hitchcock en sus thrillers, en Prisionero del peligro, el
macguffin - ese objeto alrededor del cual gira la acción pero que el
espectador no llega a ver -
será cierto proceso industrial
creado en su lugar de trabajo por el ingeniero Joe Ross (Campbell
Scott, en la foto). Lo que estrictamente vemos de él durante el filme, es
una carpeta roja.
Se
trata de un invento que dará muchas ganancias, tantas, que las caras de
los directivos se iluminarán de codicia cuando Ross les muestre a ellos
la cifra. Cualquier director se hubiera conformado con mostrarnos ese número
a nosotros los espectadores.
Joe
Ross es un profesional muy cómodo dentro del sistema. Confía en que con
su invento tendrá compensación monetaria y ascenso en su empleo. Conoce
su posición dentro de la firma y por eso trata de no mezclarse con
secretarias. Tan confiado está
que cuando su compañero de labor, Ricky Jay (George Lang), le aconseja
que consiga su compensación antes de la asamblea de socios Ross le dirá:
“si, pero no quiero colisionar con la empresa”.
Su
confianza es casi ingenuidad, y será esa forma de ser la que explotarán
ciertos individuos para aprovecharse de él; porque Ross será víctima de
una estafa que lleva el nombre de un legendario juego de engaños: “El
prisionero español (The spanish prisoner)” , tal el título original
del filme.
Cuando
caiga en la cuenta de que la confianza mató al gato, su postura se
transformará radicalmente.
Una
perla que ofrece el filme es ver al eterno comediante Steve Martín en un
papel distinto. Como Jimmy Dell, el estafador que hace de millonario,
Martin, detrás de unos modales agradables, compone un personaje perverso
y manipulador.
La
quinta película de David Mamet entretiene y - sobretodo - apela a la
atención del espectador, porque poco de lo que se ve termina siendo lo
que parecía.
Gustavo Camps
|