Dirección y Guión: Don Ross
Elenco: Ben Affleck, Gwyneth Paltrow, Jennifer Grey
Fotografía: Roberto Elswit
Música: Michael Danna
Locaciones: Los Angeles y Palm Spring (LA), Estados Unidos
Origen: Estados Unidos Presenta Miramax International
“Un
vuelco al corazón” es un drama
romántico, de esos que no se pueden creer y que no deberían ni
osarse hacer. Lo obvio está al alcance de las manos. Tiene un plano de
apertura y cierre con efectos técnicos sorprendentes al punto que uno
cree que va a pasar algo más, algo importante. Pero el desarrollo de la
trama es patéticamente lento, produciéndose un “love story” para el que
uno no fue invitado. Los críticos no solemos mirar con buenos ojos las
historias románticas, es cierto, y de allí que a “Otoño en Nueva
York” no se le haya dado mayores méritos. Sin embargo, se iba a ver
un “love story” con todos los aditamentos del género. Y nadie se
sorprendió por lo obvio ni por la espesa
dulzura de las frases de Richard Gere. En cambio, en “Un vuelco al
corazón” uno esperaba encontrarse con otra cosa y terminó viendo un
“love story” innecesario, torpe y tonto. La idea
inicial del film es una anécdota dramática:
un agente de publicidad de una aerolínea le da a un ocasional compañero
del aeropuerto de Nueva York su pasaje porque decide pasar la noche con
una amiga. No es porque sí: esa noche, valga la redundancia, los
aviones no podían salir debido a una tormenta de nieve y solo saldrá
un avión, el que tenía que tomar el agente, pero sube a él el
ocasional pasajero en tránsito. El agente decide pasarla en un motel y
le da su boleto a este joven que tiene ansiedad por llegar al lado de
sus hijos y comprar arbolitos de Navidad, en realidad, cortarlos y
prepararlos para vender. El agente se salva de la muerte porque el avión cae. Pero allí
empieza su pesadilla y la del espectador: cae en el alcohol y, con un diálogo
irónico, el personaje de Affleck hace pensar que el film dará para más.
Era una buena veta en el guión,
quizás la única que tuvo Roos, pero la desaprovechó: investigar el
movimiento interior, administrativo de las aerolíneas frente a este
tipo de catástrofes. Pero no: el hombre no entiende, aún siendo agente
de publicidad, cómo las campañas publicitarias caen en la cursilería
y utilizan a las víctimas para promocionarse. El personaje de Affleck
recibe incluso una especie de Oscar al mejor spot publicitario y luego
debe ser internado en un centro de recuperación de drogas. De allí en
más, su encuentro con Palthrow, la viuda del joven que tomó su lugar
en el avión, debe hacerse cargo de dos hijos pequeños. Y... aparece
este agente de publicidad dispuesto a lograr la verdad, no sabe en
principio por qué ni para qué. Lo único
que queda en claro es que siente un gran remordimiento, una gran culpa.
Y se involucra sentimentalmente con la joven viuda y con sus pequeños
hijos. Esta película, en los diálogos sucesivos y en la fotografía,
salvo las excepciones mencionadas, no tiene siquiera la altura de “Otoño
en Nueva York” donde las imágenes valían más que las frases de los
protagonistas, un recurso poco aconsejable en el cine sonoro aunque la materia
prima sean las imágenes. Mientras en “Otoño...” se veía un
Central Park en otoño y luego con nieve, aquí hasta la
nevada es de pacotilla. Apenas unos copitos detrás de un grueso
ventanal del aeropuerto de Nueva York, al menos uno de ellos. Después
solo será el cálido y árido horizonte californiano y las playas de
Palm Spring. La relación entre el agente y la viuda tiene momentos
de increíbles vicios en el armado de los diálogos, más propios de
los “culebrones” de la televisión que de los “loves stories”
del cine. Titubeos al encontrarse frente a frente, frases clichés,
segundos entre una y otra que parecen eternidades. Ni siquiera responden
a la realidad. Claro, se dirá que es ficción, pero la ficción debe
ser creíble, debe ser tomada como real por el espectador, si no, no hay
ficción. Se asiste a un mal remedo de lo que podría suceder. La gente
normal, real, de carne y hueso, suele ruborizarse, tener alguno que otro
gesto de asombro si se encuentra con el amor que creyó perder,
actitudes mínimas que demuestren su interés, su asombro, su perturbación,
por el otro. Aquí todo sucede en la gama de la monotonía, si es
que se puede considerar así, de la obviedad. Y, lo peor aún, es que
uno ingresó a la sala tratando de ver una película con un guión
interesante, de ficción claro está, pero que diera algunas pautas
novedosas o poco explotadas sobre el movimiento interno de las aerolíneas
cuando ocurren catástrofes, tema doloroso para todas las sociedades del
mundo. De pronto, el vuelco se
produce en la trama y no en el corazón. Y uno se queda viendo lo
que no se imaginaba ni tampoco había deseado ver.
Elsa Bragato
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