Título: UN
AMOR EN MOISÉS VILLE
Dirección: Antonio
Ottone
Fotografía: Fabián
Giacometti
Ambientación: Fabián
Giacometti
Vestuario: Marcelo
Mateo
Montaje: Sergio
Zottola
Elenco: Víctor
Laplace, Cipe Lincovsky, Malena Figo, Jean Pierre Reguerraz, Emilio
Bardi, Noemí Frenquel, Lautaro Delgado, Max Berlinger, entre otros.
UNA
HISTORIA A MEDIAS
El
film se inicia con un documental donde se muestra cómo importantes
grupos de judíos escapando de la Rusia zarista fueron trasladados a
diferentes lugares del país, uno de ellos, en la provincia de Santa Fe,
fundando “Moisés Ville”, la primera colonia judía de América.
La
historia se centra en una de esas familias, donde la cámara logra sus
mejores panorámicas enfocando los hermosísimos campos de trigo que
poseen, que se rige por severas conductas religiosas. El padre desea que
sus hijos tengan futuro y, si no lo ayudan en el campo, deberán
estudiar carreras universitarias. Este núcleo familiar sufre al mismo
tiempo la desaparición de sus seres queridos en la Alemania nazi. Es el
caso del hermano mayor del padre, un actor que fue detenido por la
GESTAPO y muerto en un campo de concentración. Al mismo tiempo, la
naturaleza puede más que el esfuerzo de la familia: los vendavales, las
lluvias, las tormentas, destruyen las cosechas.
Jaime
y David son los dos hermanos que ayudan al padre en su esforzada vida
como campesino. Jaime sueña con dejar el campo pero no desea abandonar
a su familia. David, en cambio, no puede frenar su pasión por la
actuación. Y, además, desde los 12 años, está enamorado de Hanna,
una bellísima niña. David viaja a Rosario, y, en vez de estudiar
abogacía, ingresa a un elenco. Al regresar al campo familiar, se desata
la tragedia. Una tormenta pone en peligro al ganado, pero David está
junto a su novia Hanna y cuando se da cuenta de lo que puede estar
pasando en su hogar, es tarde. Su hermano y el hermano de Hanna lo
debieron reemplazar y, al arrear las vacas que están cerca de un
pantano, el hermano de Hanna y Jaime caen pesadamente de sus caballos y
mueren. Aquí se sella el destino de David, que será expulsado de su
casa.
En
el entierro, la madre de Hanna se enfrenta al padre de David y le jura
que jamás sus familias se unirán, a sabiendas de que su hija Hanna y
David se aman. La sombra de Shakespeare sobrevuela la escena...
Víctor
Laplace, que regresa al pueblo como un famoso actor que colaborará con
la sociedad judía en sus festejos, va recordando su niñez y estos
hechos en el largo viaje que realiza en tren. Al llegar al pueblo, la
belleza de los exteriores y el guión que venía con altibajos pero
todavía superables, se derrumban. Las actuaciones son muy flojas destacándose
solo Cipe Lincovsky. Laplace trabaja como “de taquito” mientras que
el joven actor que hace de “Laplace joven” pudo ser mejor guiado
actoralmente.
Es
entonces que asistimos a la clásica película argentina donde los
diálogos,
que tienen un poquito más de sustento que en el resto de nuestras
producciones, se empobrecen, se apresuran los tiempos, se cae en los
clisés del padre moribundo, de la madre arrepentida por su maldición,
y hasta en un seudo incesto, porque de alguna manera hay que calificarlo.
Laplace, o sea David, encuentra razonable enamorarse de la hija de
Hanna, que falleció muy joven luego de ser obligada a casarse y de dar
a luz. Esta relación resulta, para el espectador incómoda: la actriz
es la misma, pero esta vez muy maquillada y con los modales y la ropa de
los adolescentes actuales. Todo es muy ficticio. Y tal como está
contado, resulta forzado, no
el fruto de una determinada cultura, que esto sí se comprendería a la
perfección.
Siempre
criticamos, hoy trataremos de dar una alternativa de solución: este
film se podría haber salvado si se hubiese contado varias historias de
los habitantes de Moisés Ville, que en sí mismo resulta un pueblo
atractivo para el espectador actual por su origen. Si las historias se
hubiesen cruzado, si hubiese habido más trabajo argumental, sin duda
sería una gran película argentina. Al reducirse el guión a la vida de
una sola familia y, en especial, a la de uno de sus integrantes, se
empobreció notoriamente la narración cinematográfica, sumándosele lo
ya indicado respecto de las actuaciones.
Vale
añadir que el film tuvo éxito en el Festival Judío de Londres, en el
Festival de La Habana, que participa en estos días del Festival de San
Diego y en abril irá al Festival de Chicago. Además cuenta con el
auspicio de la AMIA.
Elsa
Bragato
Con
diálogos increíbles que parecen escritos por una mala profesora de
literatura en lugar de un guionista
y escenas que caen en el patetismo y la forzada comicidad por su
escaso realismo (la persecución a caballo de un automóvil por parte de
Laplace va a provocar risa en la platea más allá de su dramatismo) el
filme de Ottone adolece de los peores tics del cine argentino.
David
-judío más o menos cuarentón representado por V. Laplace-
vuelve como un actor reconocido al pueblito que lo vio nacer (del
cual se había ido escapándole a un
destino campesino). Allí se reencuentra con su padre (excelente JP
Regueraz) y conoce a la hija de su amada perdida de la adolescencia, lo
cual lo enfrenta a la posibilidad de aprovechar la segunda oportunidad.
Gracias al inefable guión la chica (M. Figo) casi se lo viola desde la
primera vez que lo ve al recién llegado, mientras
que él le da para adelante sin más (¡un guión allí por
favor!).
Lo
curioso es que el talentoso elenco y la idea de trabajar sobre la épica
del inmigrante judío que vino a hacer la América a estas tierras (cuando
eran promisorias) hubieran sido elementos de una combinación oportuna
para realizar un filme interesante,
eso sí, con una historia más elaborada y un guión realista.
“¡El
teatro te desvía de la realidad!” le dispara pedagógico el padre del
protagonista (un excelente JP Regueraz) a su hijo adolescente en una
escena, cuando lo suficiente podría haber sido un paternal “¡andá a
trabajar atorrante, yo te voy a dar teatro!”. Y lo rebuscado en los
parlamentos se repite y las escenas de taquito se suman,
hasta que llega el final y los encuentra a todos felices comiendo
perdices.
Gustavo
Camps
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