Título:
Rosarigasinos
Origen:
Argentina
Dirección: Rodrigo Grande
Dirección de fotografía: Félix Monti
Montaje: Miguel Perez
Sonido: Daniel Mosquera
Dirección de Arte: Miguel Angel Lumaldo
Musica: Ruy Folguera
Vestuario: Cecilia Monti
Elenco: Federico Luppi, Ulises Dumont,
María José Demare, Gustavo Luppi y
Enrique Dumont (en los personajes jóvenes
que interpretan sus respectivos padres),
Emilio Bardi, Francisco Puente...
Rosarigasinos
es una obra cálida. Los estereotipos de
argentinos que construye el joven director
Rodrigo Grande para esta buena puesta de
cine nacional son queribles, indudablemente, por tan verosímiles que son.
Castor
y Saravia han pasado treinta años
encarcelados; quince por amor -un crimen
pasional- y otros quince por amistad, un
crimen que cometen adentro para sobrevivir
con cierta dignidad en la cárcel.
Antes
de entrar en prisión Saravia alcanza a
guardar el botín de un robo, y la
ilusión de salir para poder disfrutarlos es
lo que les da fuerzas en el encierro.
Las
alegorías sobre ciertas características
del “ser argentino” que podrían
construirse a partir de estos personajes dan
tela para cortar, pero en el cine, más allá
de cualquier lucubración intelectual,
cuenta lo bien que uno lo pasa en la
sala, y con estos dos rosarigasinos (rosarinos
en argot de Rosario) uno lo pasa bien. Estos
dos antihéroes sufren en alma y cuerpo por
buscar una felicidad simplona pero auténtica,
y a su manera consiguen una victoria pírrica,
pero esperanzada.
Es
verosímil este filme y no sólo se apoya en
esa virtud para salir adelante, para gustar.
La puesta mantiene un ritmo sostenido y guiños
que constantemente apelan a los espectadores.
Hay policías que torturan y comen pizza,
hay un amigo que comenzó siendo punga (carterista)
y terminó como concejal (“en el oficio”
dice con sabiduría popular Castor), otro
amigo soñaba con ser marino mercante pero
hoy está al frente de una verdulería.
No
conocemos la edad de Rodrigo Grande, pero
con este filme demuestra que conoce
profundamente los valores del hombre común
y los supo transmitir.
Rosarigasinos
es tan argentina. Federico
Luppi y Ulises Dumont
se sacan chispas al actuar. Es un acierto
del director el haber elegido a estos dos
potentes artistas consagrados para
interpretar a la pareja de perdedores
formada por Saravia (F. Luppi) y Castor (U.
Dumont)
La
música del filme -ganadora del premio
Pentagrama de Oro, otorgado por primera vez
a la mejor música, por la asociación de música
de cine (AMUCI) en el último Festival
Internacional de Cine de Mar del Plata- fue
compuesta por el músico argentino radicado
en Los Angeles, Ruy Folguera, un colaborador
habitual de Lalo Schifrin, que además es
compositor de la música de numerosos filmes,
entre ellos, “Pick up the pieces”,
de Alfonso Arau, con Woody Allen y
Sharon Stone.
Rosarigasinos
se puede apuntar como otro acierto del cine
de los jóvenes directores argentinos. Es
auspicioso.
Gustavo
Camps
HISTORIA
DE UNA AMISTAD
Un
buen libro, una buena historia, dos grandes actores: bien podría ser la
síntesis de Rosarigasinos, vocablo surgido del “argot” que se
utilizaba, hace algunos años, en la ciudad de Rosario, provincia de
Santa Fe. Dos compinches, ladrones y amigos hasta las últimas
consecuencias, caen en la cárcel y deben purgar 30 años de condena. En
todo ese tiempo han soñado con volver a encontrar a los amigos de
andanzas, a las mujeres que amaron, y a una sociedad como la que ellos
conocieron. Guardaron el botín en un muelle y confían en que, con ese
dinero que ha esperado tres décadas, reiniciarán una vida de juerga,
como la de entonces. “Tito” (Luppi) era cantor y “Castor”
(Dumont), su bandoneonista. Ni bien pisan “la libertad” comienzan a
notar un cambio: el “gordo” no los esperaba, hay una lluvia
torrencial y el lugar donde actuaban se cae a pedazos. Pero se presentan
como pueden, empapados, y hacen su show, fuera de tiempo y frente a un público
que no los conoce. Recuperar el botín, encontrarse con los amigos, son
las otras cuentas pendientes. La novia de “Tito” reaparece, la
posibilidad de otro asalto también, pero el tiempo les juega en contra:
ni el auto que tienen ni las armas están a la altura de las
circunstancias. Nos recuerdan, en algunos aspectos, a aquel mítico film
“La Armada Brancaleone”, con Vittorio Gassman. Aquí no hay una
armada completa, son solo dos hombres que la emprenden contra una
realidad que los supera. En cuanto al argot de los “rosarigasinos”,
el espectador solo podrá escucharlo en una secuencia completa con
subtitulado.
Nostalgiosa,
con dos personajes bien construidos que tienen grandes dosis de
patetismo, el film se sustenta en la notable actuación de Federico
Luppi y Ulises Dumont. Y un hallazgo: los respectivos hijos en la vida
real que hacen de “Tito” (Gustavo Luppi) y “Castor” (Enrique
Dumont) jóvenes. Notable parecido, buenas actuaciones. El guión no
tiene cabos sueltos aunque dos aspectos pudieron darle agilidad y
actualidad: la utilización de “flashback” en lugar de escenas para
los recuerdos y la no inclusión de los dos tangos que canta “Tito”,
en forma completa. Con algunos flashes el relato cinematográfico habría
cobrado otro vuelo, hubiese sido menos convencional. Es un film bueno,
recomendable. Insistimos, actuaciones de lujo. Y una música estupenda.
Elsa
Bragato
Rosarigasinos
Alberto
Saravia, cantante de tangos, y el bandoneonísta
Castor (Luppi y Dumont) tendrán un único
objetivo al salir de prisión después de
treinta años: una valija oculta bajo las
aguas del río Paraná que aparentemente
contiene dinero. Ante la ausencia del
antiguo grupo de amigos, y hasta de una
antigua amante de Alberto, la pareja de
artistas comenzará a sospechar que hay en
marcha una cadena de traiciones contra
ellos.
Quizás
merced a la conjunción de varios elementos,
Rosarigasinos se convierte en un filme sólido,
aceptable y por momentos grato, más allá
de algunas desprolijidades en el sincro (cohesión
entre sonido e imagen). A saber: la producción
de J. Martínez Suárez y Adolfo Aristarain
en el mismo rubro como asociado; la fotografía
de P. Monti; el montaje de M. Perez también.
Además
el guionista y director Rodrigo grande tiene
un futuro promisorio. Como plusvalía
mencionaremos que tanto Luppi como Dumont, más
allá de sus reconocidas carreras,
evitan la interpretación de ellos
mismos y de un histrionismo que los
caracteriza pero que en este filme no tenía
lugar. Sus registros actorales son
equilibrados y no están exentos de ligeros
pasajes humorísticos bien insertados en la
trama, conforme a la idea primigenia de la
película.
Junto
con Nueve reinas, La fuga y Sólo por hoy,
este filme compone, dentro del marco del
cine argentino actual, una tetralogía
alentadora.
Raúl
Valls
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