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Argentina-
2000
DIRECCIÓN: Roly Santos
PRODUCCIÓN: Claudia Ferrero, Santiago Beltramino,
Daniela Sabatella y Fabián Gentile.
GUIÓN: Roly Santos
FOTOGRAFÍA: Pablo Jamardo
Leo
Masliah
MONTAJE: Edith Alento
INTÉRPRETES: Gustavo Garzón, Leo Masliah, Laura
Melillo, Jean Pierre Regueraz, Ernesto Torchia, Damián
Dreizik.
ESTRENO: 30/11/00
El
poder de la justicia
Hay
ciertos pecados que el cine argentino (con algunas
honrosas excepciones) parece no poder evitar: la voz en
off explicativa, el diálogo con sabor a falso, la
mediocre dirección de actores, la grosera descripción
de personajes, la torpeza narrativa en cuanto al manejo
de los géneros, y una necesidad por "mechar"
el idealismo y/o activismo político de los '70 como
sea, donde sea, para su insalvable banalización. De
tales males -y otros más- padece Qué absurdo es
haber crecido, absolutamente fallida ópera prima de
su realizador Roly Santos.
La
historia transcurre en nuestros días, en torno a un triángulo
que se reencuentra en su pueblo natal quince años después:
Gustavo Garzón (un bioquímico que vuelve al pago por
una beca de un laboratorio multinacional), Leo Masliah
(el cura del lugar) y Laura Melillo (otrora chica de
ambos muchachos que regresa de Australia por la muerte
de su madre). La reunión trae a la memoria de este trío
que orilla los cuarenta los recuerdos de un pasado
adolescente en el que los diversos enredos amorosos se
mezclan con algún Falcon verde (cuando no) que pasa por
allí. Así pretende el film levantar un puente entre
dos etapas de una generación, que en su adolescencia
vivió la dictadura un poco desde afuera y en el
presente, o bien dejó en el camino todo deseo de
justicia, o bien se siente decepcionada ante la
imposibilidad de cambiar las cosas. El tema, y esto
resulta inobjetale, es una de las claves para comprender
la conformación actual de la sociedad argentina. El
problema -una vez más- es que no hay en esta película
intención alguna de analizar con rigor esta realidad; más
bien se busca vanamente explotar los posibles efectos en
el público de una herida que sigue sangrando, para
sostener una historia de triste pobreza. Y para prueba
basta remitirse a lo que sigue: Garzón descubre una
conspiración en el laboratorio para continuar
utilizando una sustancia nociva y se pone en acción
para hacer de Qué absurdo... algo que pretende
parecerse a un thriller pero que no llegará más
que a la categoría de autoparodia. Solo contra todos,
el héroe Garzón emulará primero a Jackie Chan, usando
cual katana un taco de pool. A continuación,
aguzará su ingenio alla McGiver para defenderse
con efectivas bombas caseras (¡¡Como las molotov de
los '70!!) mientras su jefe lo persigue a los tiros. A
esta altura, la película pierde ya toda posibilidad de
ser tomada en serio. Pero hay más.
Advertencia:
aquel que tenga intenciones de ver este film, absténgase
de leer lo que viene.
Hasta aquí
uno podría pensar, sin temor a equivocarse, que el de
Garzón es un personaje íntegro, honesto, ético. Un
"idealista", como los de antes, con la
justicia como valor máximo. ¡Pamplinas! Cuando por fin
el hombre consigue salir del país antes de que lo hagan
puré, pergeña en Francia junto a Melillo un plan ¡para
ganar mucho dinero a costa de la situación! ¡El campeón
de la justicia pasa a ser apenas un espía industrial y
le vende la data a la competencia! Ése es el happy
end de la película. Por un lado tramposo y
complaciente, queriendo convencernos de que un solo
hombre puede vencer a una multinacional. Y además
desagradable, subrayando como virtud la habilidad de
sacar partido de una situación de vida o muerte.
Finalmente, una falta de respeto, un insulto a aquellos
que, en el pasado o en el presente, encontraron en la
justicia algo digno por que luchar y no una vulgar
moneda de cambio.
Ezequiel
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