CUANDO
UNA CARICATURA QUIERE VIVIR...
“Monkeybone”
tiene como target a todo tipo de público. Luego de ver la película, se
entra en serias dudas sobre esta calificación y más aún si se tiene
que clasificar a esta básicamente comedia, pues coquetea con temas oníricos,
con la muerte, el trasplante de órganos y la reencarnación. Stu Miley
(Fraser) es un caricaturista de enorme éxito que ha creado al monito
MonkeyBone con el que está haciendo una fortuna. Además, está a punto
de casarse con Julie (Bridge Fonda) y lo que menos quiere es popularidad,
aunque ya resulta poco menos que imparable. Pero un choque automovilístico
(luego se sucederán golpes de diversa índole siempre en su cabeza, lo
que le provocará diferentes estados anímicos) lo llevan a un estado de
coma del que saldrá luego de pasar por pruebas escatológicas,
desagradables, increíbles que se utilicen en un film destinado para la
familia. En este estado, su espíritu es llevado hacia una zona límite
entre la vida y la muerte donde se encuentra con personajes
carnavalescos y horripilantes. Pero no queda en claro si llega a visitar
el mundo de la muerte o solo se queda en el de las pesadillas, un
malestar recurrente –de acuerdo al guionista- en Stu Miley. Y es en
ese extraño mundo de sensaciones donde comprueba que su dibujito
Monkeybone es un perverso (¿sus propias perversidades reprimidas?) y no
lo deja en paz. En la tierra, mientras tanto, nadie sabe qué pasa por
la mente de Stu, que debe estar conectado a un aparato durante tres
meses. Seres feos con ganas, marionetas y fantoches que no se pueden
creer que respondan a la “animación stop motion”, torturan a Stu,
mientras tanto, en ese mundo límbico, hasta que Monkeybone, harto de
ser solo un “concepto”, se las ingenia y toma el cuerpo de su
creador, y éste, a su vez, se venga y se mete en el cuerpo de un muerto
que está en la mesa de donaciones de órganos. Ambos seres, uno
maltrecho por fuera y el otro, por dentro, se traban en una lucha feroz
y el espectador asiste a un hecho infrecuente: cómo se van cayendo del
muerto resucitado los órganos que iba a donar, siempre en lugares
impropios. Realmente estamos frente a un texto siniestro, oscuro, para
el que no se contó con un realizador que superara los límites de lo
burdo. A pesar de la tecnología puesta a disposición de la película,
cabe preguntarse cómo todavía se hacen films de esta catadura.
Elsa
Bragato
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