Título:
Los pasos perdidos
2001
Color, 104´
Argentina, España
Dirección: Manane Rodríguez
Guión:
Manane Rodríguez, en colaboración
con Xavier Bermúdez
Montaje: Esperanza Cobos
Fotografía: Juan Carlos Gómez
Música: Fernando Egozcue
Dirección de Producción: Iñaki Ros,
Alberto Trigo
Dirección de Arte: Gabriel Carrascal,
Pepe Uría
Elenco: Irene Visedo, Luis Brandoni,
Concha Velasco, Federico Luppi, Juan Querol,
Jesús Blanco, Gabriel Moreno, Pedro Martínez,
Cristina Collado, Amparo Valle, Yael
Barmatan, Elida Mauro, Paulina Gálvez, José
Caride.
A
partir de 1976, en la Argentina hubo una
dictadura que torturó y secuestró
impunemente a los opositores políticos y en
muchos casos los secuestradores robaron, con
la misma impunidad, a los hijos bebés de
sus víctimas. Hoy, en democracia, esos niños
están dejando la adolescencia y empezando
la adultez engañados, con lo que es justo,
de toda justicia, que de una vez por todas
conozcan su verdadera identidad y su
verdadera historia.
Los
pasos perdidos, el segundo largometraje de
la directora uruguaya Manane Rodríguez,
recorre el drama de una joven (I. Visedo)
que por la obra persistente de su abuelo de
sangre se enfrentará con veinte años de
historia pergeñada a base de mentiras por
sus apropiadores.
No
es exagerado decir que para los espectadores
–sobre todo para los argentinos- resulta
imprescindible ver el filme más allá de
cualquier valoración estética, pues el
dispositivo cinematográfico en este caso
está al servicio del testimonio antes que
del mero espectáculo.
No
es que sobre Los pasos perdidos no se puedan
enumerar aciertos y debilidades como en
cualquier película, sino que hay que
comprender que ante todo el filme apunta a
crear conciencia antes que a entretener.
No
obstante, justo es adelantar que la directora se abstiene al máximo de
ser ejemplificadora, exagerar la
dramaticidad de las escenas, destilar
moralinas al peor estilo hollywodense,
idealizar a los personajes e incurrir en
maniqueísmos. La sensación es que se
esfuerza por registrar con cierta
neutralidad.
En
el caso de las actuaciones, Concha Velasco y
Federico Luppi (en este orden sólo por
aquello de “las damas primero”)
demuestran con creces su profesionalidad
indiscutible a esta altura de sus carreras.
La primera al componer al detalle –minimalista-
a la apropiadora de la niña, y así poder
diferenciarse del personaje de su marido (L.
Brandoni) que también es victimario pero
con otros matices. El segundo
a partir de un trabajo interior y
contenido, como el abuelo que persiste en
devolverle la identidad a su nieta. Son las
miradas precisas del personaje de Luppi
las que dan cuanta de sus angustias,
sus resignaciones y sus estados de ánimo en
cada escena.
Se
puede cuestionar la funcionalidad a ultranza
de ciertas acciones de los personajes (por
ej. cuando Mónica se asoma a la ventana del
jardín
maternal donde trabaja), el pasaje un
tanto abrupto entre escenas (cuando la joven
increpa a su guardaespaldas)
–tal vez por esa búsqueda de
neutralidad de la que hablábamos más
arriba- y la (ya gastada) recurrencia al tango, al mate y al asado
para dar cuenta de lo argentino. Es
respetable este
filme que emociona por lo que narra y
no por efectismo; huelga repetir lo dicho:
verlo resulta imprescindible.
Gustavo
Camps
EN
BÚSQUEDA DEL ORIGEN
Si
hay un tema caro, doloroso, sin superar por
los argentinos, es la desaparición de más
de 30 mil personas durante la oscura época
del llamado “proceso”. Nuevamente el
tema reaparece en “Los pasos perdidos”,
el segundo film de la realizadora Manane
Rodríguez, y la quinta vez que trabajan
juntos Luis Brandoni y Federico Luppi.
Coproducida con España, filmada en su mayor
parte en ese país europeo, cuenta además
con las actuaciones de Concha Velasco y de
Irene Visedo, quien compone a la hija del
matrimonio Ernesto-Inés (Brandoni-Velasco).
Esta
joven de 22 años, Mónica, que es maestra
jardinera, lleva una vida propia de la clase
media alta en la que ha sido educada. Su
padre es argentino, se enamoró de su madre,
española, y luego del nacimiento de Mónica,
se radicaron definitivamente en España
donde tienen una importante concesionaria de
automóviles. El novio de Mónica es Luis, y
aparece un guardaespaldas que seguirá las
indicaciones del padre de la joven.
Nada
hace prever que una mujer, una abuela,
seguirá también los pasos de Mónica, que
todo empezará a derrumbarse en cuestión de
pocos meses. Dentro del grupo de amigos que
frecuenta Mónica, está Luis (Jesús
Blanco), bohemio, quien está profundamente
enamorado de la joven, pero que es dejado de
lado por el resto por ser contestatario y
anticonformista. La abuela que la sigue muy
pronto será vista en la televisión española
junto al escritor argentino Bruno Leardi
(Federico Luppi) que sigue buscando a su
nieta y que muestra a la prensa las fotos de
los padres de la niña, muertos en los
campos de concentración de la última
dictadura militar argentina. Es notable el
parecido de la madre con Mónica. Ernesto,
que se vale de todas sus influencias,
incluyo las más despreciables, para que Mónica
no descubra su verdadera identidad, no puede
ir contra la justicia y tanto él como su
mujer son citados. Mónica enfrenta una dura
realidad: sus padres son quienes la han
educado, no puede haber otros, nadie tiene
derecho a destruir lo que ella considera sus
reales orígenes. Pero la verdad comienza a
resquebrajar el cuento de hadas que el
represor Ernesto ha construido para
preservar tanto su identidad como el origen
de su hija, una niña que robó a una
desaparecida.
La
película, como decíamos, toca un tema muy
doloroso para la sensibidad argentina. Y
pone de manifiesto la importancia de “La
historia oficial”, de Luis Puenzo, que se
animó a tocar el mismo tema por primera vez
sobre el final de la dictadura en los 80.
Fue sobrecogedor. Este, en cambio, nos
remite a la realidad de los jóvenes que
desconocen sus orígenes y están criados
por las familias de ex represores tanto en
nuestro país como en el exterior, revelándonos
la lógica reacción de estas personas ante
lo que consideran una invasión a su
intimidad. En este sentido, el personaje de
Mónica, a cargo de Visedo, es convincente y
se ajusta a lo que todos conocemos respecto
de casos reales. El film, como narración,
tiene altibajos: es demasiado explicativo a
la hora de mostrar el nivel de vida de Mónica,
tiene escenas que aparecen descolgadas como
la del tango entre Ernesto y su mujer frente
a su hija, hay escasa incidencia del caso
frente al Juez, elementos todos que
“rallentan” el relato. Podrían haberse
desarrollado y darle así una carga dramática
más intensa al relato. Mucho más aún
cuando el ingreso a la ficción del
personaje a cargo de Luppi es tardío,
siendo como es fundamental para la historia.
Luis Brandoni y Concha Velasco están un
tanto estereotipados, mientras que Luppi, a
diferencia de otras veces, trasunta una
ternura acorde con la del personaje y, por
momentos, también emociona. El final es
previsible y definitivamente está demás la
toma de Mónica arrojando flores al Río de
la Plata. Un golpe bajo innecesario.
No
obstante estas objeciones en la realización,
la propuesta es muy interesante. Y nos
devuelve un tema que no debemos olvidar.
Casos como el de Mónica todavía quedan, y
muchos.
Elsa
Bragato
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