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LA VIRGEN DE LOS SICARIOS


1999
Color, 97´

Colombia, Francia
Dirección: Barbet Schroeder
Guión: Fernando Vallejo s/ adaptación de su propia novela
Dirección de fotografía: Rodrigo Lalinde
Montaje: Elsa Vásquez
Sonido: César Salazar
Dirección de Arte: Mónica Marulanda
Música: Jorge Arriagada
Elenco: Germán Jaramillo, Anderson Ballesteros, Juan David Restrepo, Manuel Busquets, Cenobia Caino

El escritor Fernando Vallejos (G. Jaramillo) vuelve a su patria después de treinta años de ausencia. Llega para morir allí. Pero una vez en Medellín vivirá dos romances tan apasionados como trágicos, con Alexis y Wilmar (A. Ballesteros, J. D. Restrepo), jóvenes que andan por la vida con el revolver a la cintura, dispuestos a remediar a los tiros cualquier desencuentro con sus semejantes. Los bellos Alexis y Wilmar –conocidos en el mundo, prensa mediante, como sicarios- no están solos ni son una rareza en Colombia. Los narcotraficantes emplean a miles de ellos como mano de obra barata y eficiente –y por cierto sumamente desaprensiva, seguramente por la edad- para deshacerse de los enemigos. Los chicos han adoptado esta forma de vida (y de muerte) permanentemente. Tal como el protagonista sostiene en una escena, viven más a pesar de los demás que con los demás. Para ellos Medellín es un lugar donde la muerte es un dato tan cotidiano  como la salida del sol cada día, lavarse la cara o recorrer la ciudad para disfrutar el tiempo hasta que una bala les altere el programa, para siempre.

Está claro que esta Colombia no es la que dejó Vallejos hace treinta años. Esta perplejidad que causa en el escritor esta ciudad amada y desconocida para él en el presente, se puede ver blanco sobre negro en el filme de Barbet Schroeder.

Fotografía y música son dos elementos relevantes en la en la puesta. El primero porque el escritor recorrerá la actual Medellín –Medallo, como llaman a la ciudad sus jóvenes amantes- buscando el pueblo que dejó hace tiempo y ya no existe. En este sentido la ciudad es otro personaje más  -junto al escritor y sus parejas- y en cierto modo también, el filme adquiere ribetes de documental.

El segundo porque la música también hace al extrañamiento que produce en el escritor la ciudad que ya no es aquella de su juventud. Los taxistas llevan el  ritmo salsero incorporado en sus autos, mientras que los jóvenes sicarios se desviven por el equipo para escuchar rock pesado a todo volumen. Y por supuesto está la música que acoge a Vallejo. Académica, sinfónica, interior, una música que lo acompaña en sus sentimientos por la ciudad , en su pasión por los amores encontrados y perdidos,  y en su recuerdo.

No confundirse, porque no hay cinismo en La Virgen de los sicarios. “Si se quiere sobrevivir en Medellín hay que ir insensibilizándose progresivamente” ha dicho el director sobre la ciudad colombiana, y no es para menos, porque la violencia seguida de muerte es allí –donde el 97 % de los crímenes queda impune- un condimento cotidiano que hay que aprender a digerir.

Gustavo Camps

 

 
 

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