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LA PROMESA
ROSETTA


La promesa y Rosetta, de los hermanos Dardenne

Los jóvenes viejos
Por Ezequiel Luka

Aunque recién se hicieron conocidos en el mundillo cinematográfico en 1999, tras ganar la Palma de Oro en Cannes por Rosetta, los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne (nacidos en 1951 y 1954 respectivamente) vienen filmando desde hace rato. En 1978 realizaron Le chante du Rossignol, documental sobre la resistencia antinazi en Wallonia, y desde entonces han hecho –en solitario o en compañía- varios documentales más –en géneral con algún enfoque político-social- y cuatro largometrajes de ficción.

La promesa (que se estrenará en Argentina el 14/12/2000) y Rosetta (que, se dice, llegará a las salas en 2001) podrían inscribirse a primera vista en esa tendencia tan de moda y a menudo tan dudosa que ha pisado fuerte a nivel mundial en el cine de los últimos años: la ficción “social” con “olor” a documental. Pero esa clasificación, que tanto remite a veces a realismos pasteurizados, les queda chica. Tanto en Rosetta como en La promesa, los Dardenne evitan caer en la pontificación a través de sus personajes; simplemente se limitan a mostrar sin decir, a seguir a sus protagonistas sin la necesidad de trazar alegorías, “descripciones sociales” o “cantos a la igualdad”. Los problemas que aquí se exponen son bastante más graves que un descenso en la escala social o un desempeo temporal: se trata de sobrevivir, de dedicar las veinticuatro horas a conseguir el alimento para el día y preocuparse por el que hace falta para el siguiente, de trabajos que ponen en riesgo la vida, de viviendas en las que una cloaca rota se adueña del aire, de mujeres que deberán prostituirse contra su voluntad. Una verdadera marginalidad. Si hay, como en tantos ejemplos del “género”, una preeminencia del uso de la cámara en mano y permanentes planos-secuencia, no es tanto por buscar alguna estética “realista” como porque simplemente se trata de la mejor manera de convertirse en la espalda de sus criaturas. Si hay un amplio predominio de profundos encuandres muy cercanos a sus rostros (toda una tendencia de cierto cine francés reciente que se manifiesta también en el trabajo de directores como Olivier Assayas o Erick Zonca) es porque esa es la mejor manera de serles fiel con la cámara, el camino más cercano a un “realismo” dado desde una subjetividad que no admite contrapuntos. Si el de ellos es un cine de trazos gruesos es porque la marginalidad de sus personajes no admite matices. Si estos relatos no ofrecen una clausura clara, si lo que muestran son apenas pedazos incompletos de los vaivenes cotidianos de sus personajes, es porque ellos son mucho más importantes que las reflexiones posteriores que puedan alimentar.

Igor tiene quince años y es una suerte de adulto prematuro, como los niños en el neorralismo italiano. Fuma y toma cerveza con su padre (que está muy lejos de ser mostrado como un monstruo, más que como un ser que actua de acuerdo a su propia normalidad), para quien trabaja –sin tener otra opción- en una organización que explota a inmigrantes ilegales de orígenes diversos. No va a la escuela y su única distracción es la mecánica automotriz: es aprendiz en un taller que deberá abandonar por sus obligaciones y a veces recorre las calles de Lieja en un arenero junto a amigos que parecen mucho más jóvenes que él, aunque no lo son. Su vida diaria consiste en burlar a las autoridades migratorias o encargarse de la difícil tarea de cobrarle a los inquilinos de su padre.. La primer imagen que tenemos de Igor lo muestra enterrando la billetera que le ha robado a una vieja en el taller. El segundo entierro de la película es el que lo hará quebrar con su padre, es decir, con su propia vida: durante una redada de inspectores laborales, el africano Amidou muere tras caer de un andamio. Igor quiere ayudarlo, pero su padre juzga que es mejor dejarlo morir y esconder el cadáver para evitar problemas. Igor le promete al moribundo que cuidará de su esposa y su bebé, recién llegados a Bélgica. Allí comienza el dilema del joven en La promesa: ayudar a la mujer revelando el secreto y obedeciendo a su conciencia para construir una mirada propia y más amplia, o unirse aún más a un padre con el que tiene una relación desconcertante y por ello estrecha, en la que el constante intercambio material con el que se rige no impide la existencia de un lazo afectivo muy profundo, sobre todo con la ausencia de una madre a la que los realizadores omiten referencia alguna en todo el metraje. Quizás pueda ser Assita (la viuda de Amidou) una madre imaginaria para Igor y tal vez sea por eso que hace cuanto puede por ayudarla. O quizás por simple afinidad: Assita es huérfana en un país hostil y desconocido que la deja peor que cuando llegó; Igor, al decidirse por ella, ha perdido a su padre. Como sea, La promesa no da este tipo de respuestas, seguramente porque sus propios directores no las tienen. Apenas algunas pistas, algunas escenas inacabadas, siempre con un trazo grueso que no se detiene en detalles, dejando al espectador la tarea de poner lo que falta. Y allí es donde más se evidencia la mano documental de los Dardenne: no se sabe de los personajes más que lo que dicen sus acciones, sus gestos y sus palabras.

La estructura dramática de Rosetta resulta bastante similar. Esta vez le toca a la joven cuyo nombre titula el film: una marginal, “chica grande” como Igor, que a todo minuto corre por la ciudad buscando alguna manera de conseguir dinero para pagar el alquiler del nefasto camping en el que vive junto a una madre alcóholica que tiene sexo con hombres a cambio de cerveza. Ella se relaciona de una manera casi primitiva. Usa pocas palabras y prefiere comunicarse a los golpes, ya que todo interlocutor representa una amenaza. Es extremadamente cautelosa, desconfiada; la cámara sigue cada uno de sus movimientos como a los de un espía que intenta pasar desapercibido. Cada día es para ella una pelea constante, con un empleador que la despide, con una mujer a la que vende ropa, con alguien que la ayuda y a quien traicionará sin dudarlo. Las relaciones son materiales, relegando el carácter humano de las personas, que pocas veces son consideradas como tales. Así como para el padre de Igor era Amidou una molestia, un obstáculo, para Rosetta será su amigo el pasaporte hacia un empleo y no una persona a la que se perjudica. Rosetta persigue “una vida normal” y está dispuesta a cometer los actos más bajos con tal de conseguir su propósito, aunque la realidad le demuestre que, para ella, siempre todo es un poco más difícil de lo que parece.

De manera inversa a La promesa, aquí el que falta –y al que tampoco se hace referencia- es el padre y la bisagra entre la edad física y la otra es más profunda en ella que en Igor. Aunque más grande en edad, ella se ve mucho más vulnerable, más cansada y más desesperada, acaso por comprender mejor que sus problemas no tienen una solución visible, que el tiempo ha pasado y las posibilidades se agotan vertiginosamente. Quizás sea por eso que en estas películas de los hermanos Dardenne generan una sensación de inmediatez, un contacto “epidérmico” que se construye segundo a segundo y que apenas deja inferir algo más sobre sus personajes de lo que se ve en la pantalla. Es que ese presente es tan apremiante que no deja tiempo para detenerse a reflexionar sobre el pasado o pensar en el futuro.

 

 
 

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