No
hemos leído la novela de Eduardo Mignogna donde este se inspira para
realizar su filme así que nada diremos de la adaptación. Lo cierto es
que la puesta de Mignogna sobre su propio libro es una buena película
nacional realizada con inteligencia y sin los vicios en los dialogos y
en la producción que
caracterizan a cierto cine argentino (no el de los directores jóvenes).
La
anécdota nos cuenta las andanzas de seis reclusos que escapan del penal
de Las Heras (hoy en día es un extenso parque en el capitalino
Palermo), y por un túnel mal calculado van a dar al interior de una
carbonería, en lugar de un baldío que les hubiera permitido una salida
menos accidentada.
El
ocasional grupo esta conformado por un estafador (Solá, que hace de
relator), un jugador profesional de poker (Darín), un asesino pasional
(Romano), un anarquista (Jiménez), un inocente injustamente encarcelado
(Awada) y dos secuestradores (Villamil y Alegre). Una vez afuera cada
cual seguirá su camino; de su vida en libertad y de las razones que los
llevaron al presidio se ocupará el filme de Mignogna. Uno de los reos
hara las veces de relator para unificar las experiencias de cada
fugitivo narradas en paralelo.
Lo
primero que llama la atención en la puesta es la reconstrucción de época
filmada sin la necesidad de fondos desenfocados o planos extremadamente
cortos por la falta de elementos de época. La panorámica del centro de
Buenos Aires con la que comienza la escena de inauguración del obelisco
en 1936 es absolutamente verosímil y fue realizada digitalmente.
Allá
por el año 1937 Jorge Luis Borges escribía sobre otro filme llamado La
Fuga, dirigido por Luis Saslavsky, “el director ha desoído las
tentaciones lacrimosas del argumento”. Eduardo Mignogna bien podría
ser ese director al que hace referencia Borges. En La Fuga de Mignogna las actuaciones están contenidas al máximo y el director elude
cualquier tipo de exabrupto más propio del teatro que del cine. El
comisario Duval encarnado por Patricio Contreras ametralla a una familia como si se tratara de un barrendero o un
albañíl ejerciendo su oficio. Ni las mujeres utilizan el fácil recurso de las lagrimas para expresar sus sentimientos. En su última visita al penal
Rita (A. Costa) le dice a su hombre, Julio Bordiola (G. Romano): “Ud.
no me va a perdonar nunca
así que esta es la última vez que lo vengo a ver”. La emotividad de
esta despedida tanto en ella como en el recluso hay que buscarla en las
miradas de estos actores. Arturo
Maly (que acaba de fallecer el 25 de mayo) compone su eficaz papel de
malo sin culpa alguna, en concordancia con las medidas actuaciones que
caracterizan a todos los personajes. El único papel que no entra en
este molde es el Alí Baba, de Vando Villamil, que incluso por cierta
comicidad que arrastran su papel
– que no llega a ser caricaturesco- y las situaciones que atraviesa,
pareciera cumplir el rol de descomprimir lo ríspido del resto de las
historias y sus protagonistas.
La
Fuga es una de las mejores películas argentinas del año, por su
inteligente producción, por su ritmo narrativo y por el trabajo actoral.
Lo
que no es exagerado esperar de este filme, entonces, es que sus aciertos
puedan quedar convalidados y reflejados en un lugar preciso: la
taquilla.
Gustavo
Camps
SIETE
HISTORIAS BIEN CONTADAS
Siete
presos, en un caluroso día del verano de 1928, se ponen de acuerdo para
huir de la cárcel: durante meses han trabajado arduamente haciendo un túnel.
Creen que va a dar a la calle. Pero terminan saliendo dentro de una
vieja carbonería, cuyos dueños es una pareja de ancianos españoles.
La mujer sufre tal impacto que muere de un síncope. En la huída, ya
vestidos como lo habían tramado, muere uno de los presos en el
asfixiante túnel, y otro, Laureano Irala (Miguel Angel Solá) toma un
tranvía, observando con estupor desde el pescante no solo su ingreso a
la libertad sino la muerte de la anciana carbonera, que cae en el
pavimento. Será, desde el comienzo, su voz, la de Irala-Solá, la
conductora omnisciente de la película, la que va uniendo la vida después
de la cárcel de sus compañeros de fuga y la propia. Y la que buscará
con algún hecho redimir esa muerte que no estaba en los planes, menos
en los suyos. Curiosamente, asistimos a un código entre los
delincuentes: no matar a los inocentes.
Domingo
Santaló (Ricardo Darín) vuelve a ser un jugador de pócker “por
encargo”, encontrado su suerte y su desgracia en una partida de varios
días. Julio Bordiola (Gerardo Romano) se enfrentará al dolor de la pérdida
de los afectos, un motivo que lo llevó a un crimen pasional y, por lo
tanto, a ser condenado de por vida. Tomás Oppitti (Alejandro Awada) fue
injustamente encarcelado y en la libertad buscará respuestas. Omar
Jazur, Belisario Zacarías y Camilo Vallejo (encarnado por Alberto Jiménez),
anarquista, también tratarán de encontrar aquello que dejaron
pendiente antes de ser condenados a prisión.
Bien
filmada, con una dirección de arte excelente (implica la reconstrucción
de época, que es impecable), las siete historias se van cerrando como
parábolas independientes pero al mismo tiempo unidas por la voz en
“off” de Irala-Solá. Se nota una excelente dirección actoral por
lo que los siete protagonistas están contenidos en sus roles y solo
puede hablarse más de alguno que otro por la duración de sus historias,
como ocurre en el caso del personaje de Miguel Angel Solá y el de
Ricardo Darín.
Un
pequeño altibajo en el guión se produce con el personaje a cargo de
Facundo Arana (Víctor Gans), quien debe jugar al pócker con Darín-Santaló:
la resolución de este enfrentamiento entre jugadores, con secuelas en
las vidas personales de cada uno, es trivial y hasta previsible.
Se
destacan Arturo Maly, Inés Estévez, Antonella Costa, Patricio
Contreras y Norma Aleandro, en una pequeña intervención dando clase de
actuación con el papel de una marginal vinculada a Zacarías (Oscar
Alegre) y a Zajur (Vando Villamil). El velatorio y, en este caso, una
banda militar, como recurrencias en el cine argentino, no están
ausentes pero, como todo ha sido calculado con un guión técnico que no
ofrece fisuras, no resultan obvias. Merece una mención aparte la música
incidental, la banda de sonido del film, a cargo de Federico Jusid,
concertista que se perfeccionó en los Estados Unidos, regresando a la
Argentina con un gran bagaje de conocimientos de composición y notable
creatividad. Finalmente, este film de Eduardo Mignona, aunque con una
historia no actual, es de lo mejor que ha ofrecido el cine argentino en
los últimos tiempos.
Elsa
Bragato
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