Título:
LA CIÉNAGA/THE
SWAMP
Origen: Argentina
- España, 08-04-2001
Dirección y guión: Lucrecia Martel
Guyader,
Croset, Beremblun, De Michele
Apoyo del INCAA, Sundance Institute, Montecinemaveritá Foundation,
Fonds Sud, Programa Ibermedia.
Intérpretes: Mercedes Moran, Graciela Borges, Martín Adjemian, Juan
Cruz Bordeu, Daniel Valenzuela, Silvia Bayle, Sofía Bertolotto, Diego
Baenas,Leonora Balcarce, Noelia Bravo Herrera, María Nicol Ellero,
AndreaLlópez.
Duración:
102 minutos
En
su ópera prima, Lucrecia Martel ofrece un relato fantasmagórico sobre
la decadencia de la clase media argentina y la disolución del modelo
familiar tradicional.
Inclasificable
desde lo genérico, puede ser vista como un drama o como una película
de suspenso y terror, en la que desde el comienzo sobrevuela la sensación
de inevitable tragedia.”La Ciénaga” presenta una historia plagada
de ausencias ( una constante en las últimas décadas argentinas), con
una gran cantidad de personajes atrapados en los mismos espacios, donde
la naturaleza aparece como una trampa y una amenaza antes que un lugar
de esparcimiento y descanso. Los grupos familiares protagonistas ( dos
matrimonios con cuatro hijos cada uno) viven envueltos en un abandono y
en un letargo que les impide cualquier posibilidad de redención o de
optimismo en cuanto al futuro inmediato, lo que aleja esta propuesta de
los cánones cinematográficos habituales.
Ubicada
en salta, lugar de origen de la directora, La Ciénaga muestra con una
sorprendente honestidad los vivios alimentados en el tiempo por la
sociedad argentina, desde el racismo hasta la aún vigente diferencia de
clases, junto al clásico enfrentamiento entre porteños ( los nacidos
en Buenos Aires) y provincianos, alimentado por rencores, envidias y
desconfianzas mutuas a la espera de una buena excusa para manifestarse.
En
un país que a nivel social fue conocido en el mundo por sus mujeres (
Evita, las madres de Plaza de Mayo) no sorprende que el protagonismo de
la historia recaiga en las dos madres: excelente Mercedes Morán, que
recrea a la perfección el acento de la región y una admirable Graciela
Borges, quien en el papel de una mujer alcohólica y postrada en la cama,
condenada a respetar una especie de maldición familiar, percibe todo lo
que pasa a su alrededor. Mujer de pocas palabras, cuando habla lo hace
con la suficiente contundencia y claridad para demostrar
la insatisfacción que le provoca su entorno. Ambas representan
el matriarcado que permanece vigente en gran parte de Latinoamérica.
Película
visceral por momentos, el vino y la sangre se conjugan para acrecentar
la atmósfera religiosa, presente gracias a la continua presencia
mediatica sobre la aparición de una Virgen, acompañada por las
celebraciones de Carnaval y la creencia en leyendas urbanas, lo que
establece las diferencias sociales y culturales presentes en el film.
“La
Ciénaga” exige un espectador atento, ya que en un principio, el
permanente fluir de personajes puede resultar desorientador, pero Martel
maneja el relato
con una gran firmeza ( no es casual que su guión haya sido
premiado en Sundance), sabe lo quiere contar y como hacerlo, además de
estar respaldada por la fotografía de Hugo Colace ( quien trabajara con
Eliseo Subiela en El Lado Oscuro del Corazón), que aumenta el clima
absorbente de la trama y el aislamiento de los protagonistas.
Los
notables trabajos actorales superan lo que frecuentemente vemos en el
cine argentino.Junto a los consagrados se destaca el grupo de chicos
elegidos a través de un casting que incluyó más de 1600 entrevistas.
Rodada en apenas 40 días, casi sin improvisaciones, Martel elige una
estructura narrativa muy personal, donde la cámara es una integrante más
del clan familiar encerrado en el agobiante febrero salteño. Su talento
fue reconocido con el oso de Plata a la mejor ópera prima en la última
edición del Festival de Berlín.
Leonardo
Martinelli
El
resto es silencio
Introducción,
desarrollo, culminación y epílogo es la estructura básica de un guión
cinematográfico. Lucrecia Martel, como el título de su film, parece
empantanarse en “La Ciénaga” al sustituir las etapas anteriormente
enunciadas por una cierta imaginación en la construcción de la imagen
y el sonido (dos niñas cantando detrás de un ventilador; agitación de
un vaso con cubitos, mientras el resto de los personajes arrastran
sillones en torno a una pileta con agua putrefacta).
Al
encarar esta modalidad, la película no crece en su evolución, quedando
argumentalmente condicionada a situaciones incidentales. A pesar de que
éstas no proveen un crecimiento, está bien narrada en cuanto a la
intercalación de los hechos de una familia conflictiva. Sin la potencia
y contundencia respectiva, este largometraje queda a mitad de camino.
La
realizadora debutante, que también escribió el guión, ¿habrá
pensado en una equivalencia entre los pantanos y las características de
la narración?. Los adornos, dentro del lenguaje de un arte abarcativo y
específico como el cine, no bastan.
Raúl
Valls
La
opresión de la nada
La
historia transcurre en el noroeste argentino, en un paraje llamado La Ciénaga,
donde una finca, La Mandrágora, es la vivienda de una familia que
aparenta haber tenido un mejor pasar. Los alrededores son los montes y
las ciénagas, trampas mortales. Graciela Borges, Mecha, es una mujer
cincuentona que trata de superar el mal casamiento que ha hecho con el
alcoholismo y una tremenda dejadez personal. Una pileta anida en el
fondo de la finca, lugar de reunión de amigos de Mecha y su marido que
viven en medio del alcohol y de una falsa “paquetería social”. Los
chicos de Mecha alternan con la sirvienta de la casa. Su prima, Tali,
encarnada por Mercedes Morán, enfrenta la vida de otra manera: tiene
cuatro hijos y un marido amante del hogar y de la familia. La única
salida para estas dos mujeres de ese infierno de cotidianeidad es un
viaje a Bolivia, tan cerquita que está, donde los útiles del colegio
se venden más barato.
La
directora supo crear un clima opresivo que no declina. Y con una lente
morosa, que se demora y deleita a la vez en la mirada de los
adolescentes, en sus cuerpos, en sus gestos y en sus frases triviales,
va sumando opresión al clima sin salida de “La ciénaga”. La
fotografía es muy buena. En este sentido, la narración como la cámara
se llevan bien: ambas logran la opresión que busca la directora.
Hay,
sin embargo, dos puntos críticos: uno, la liviandad de los diálogos,
característica nefasta de nuestro cine, y el regodeo innecesario de la
cámara sobre una vaca que está agonizando en una ciénaga. También se
observa cierta discriminación latente en la sociedad argentina hacia
esos “bolitas” por los bolivianos, innecesaria a los objetivos de
este film, y el uso de armas de los chicos en los montes matando
animales. Otro “clásico” del cine nacional. Además mucha sangre en
primer plano, como una consecuencia directa del clima y la situación
opresiva que no tendrá salida ni siquiera en el final. Dos grandes
desgracias además suman su carga negativa al clima ya oprimente de
“La ciénaga”.
La
asfixia creciente de La Ciénaga es un mérito. Las actuaciones de
Graciela Borges y de Mercedes Morán, que tiene un rol más “agradecido”,
también. El resto queda por cuenta del espectador. Yo no la recomiendo
a una persona que estime. Y más aún teniendo en cuenta que muchas películas
se hacen exclusivamente para el gusto del público de los festivales
internacionales y no para el público común.
Marcela
Barriopedro
La
opera prima de Lucrecia Martel, cuyo guión fue galardonado en Sundance,
se inscribe en la huella iniciada por filmes como Pizza, birra,
faso y Mundo grúa, detrás de los cuales existen jóvenes directores
argentinos que para hacer cine han elegido la magia de lo cotidiano, en
lugar de la espectacularidad, y las imágenes, en lugar de los discursos
bien pensantes.
No
es que la puesta de Lucrecia Martel no tenga elementos que se
corresponden con la denuncia social, sino que esa mirada no está
subrayada particularmente ni es lo más importante del filme, justamente
porque la directora no busca aleccionar a los espectadores.
El
relato nos pone frente a dos familias salteñas. Mercedes y Gregorio
tienen cuatro hijos; dos niñas adolescentes y un varón pequeño viven
con ellos en una casa de campo en las afueras de Salta, mientras que el
mayor trabaja en Bs. As. La prima Tali (M. Moran), por su parte,
vive en la ciudad con su marido y dos hijos, una adolescente y un
pequeño. Mecha y su prima suelen encontrarse para charlar mientras los
chicos cazan en el monte. La pareja de Gregorio y Mercedes es un
desastre. Tali se lleva bien con su marido pero a veces este la sofoca.
El filme también trabaja sobre los personajes de los hijos y la
sirvienta de Mercedes.
Lo
primero que llama la atención (y llena de tensión) en La Cienaga es la
utilización de los llamados tiempos muertos desde la lógica del cine
clásico. Sólo en tres oportunidades la acción rompe esta lógica
interna: en la primera escena del filme Mercedes (Graciela Borges),
borracha, se cae al borde de una piscina y se lacera el pecho con las
astillas de una copa; tras las consabidas corridas sus hijas la llevan
al hospital. En otro momento del filme, en un baile,
el hijo mayor de Mercedes se trenza en una pelea con un
pueblerino. Hacia el final del filme, el hijo de Tali
se cae de una escalera.
¿Pasa
algo en la obra de Martel, entonces? Sí, sin lugar a dudas. Pero la
manera de exteriorizar el conflicto que utiliza la directora es la pura
descripción de hechos cotidianos, sin momentos trascendentes, ni clímax.
Otro
elemento importante del filme es el clima opresivo que la cineasta
construye impecablemente a partir de la utilización de cámaras muy
cercanas a los actores.
Un
párrafo aparte merece la construcción del personaje de Mecha por parte
de Graciela Borges. Acostumbrada a que las cámaras de Torre Nilsson o De
la Torre resalten
sus perfiles de estrella, por el contrario, la Mercedes de Martel pasa
la mayor parte del filme borracha, sin mostrar los ojos y en bata de
cama, más cercana al personaje de Faye Dunaway en Mariposas nocturnas
(Barfly, 1987, Barbet Schroeder) -aquel filme de alcohólicos, sobre
Henry Chinaski, el alter-ego de ficción de Charles Bukowski- que a
Funes, la etérea pianista tanguera de Funes, un gran amor (Raúl De la
Torre).
Hay
un realismo infinito en el filme, porque como en la vida, para los
protagonistas de La ciénaga el tiempo corre independientemente de sus
acciones. El debut de Lucrecia Martel es auspicioso. La joven directora
entendió tempranamente que en el cine son las imágenes las que cuentan.
Gustavo
Camps
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