Dirección:
Steven Spielberg, guión: Steven Spielberg,
producción: Kennedy, Spielberg, Curtis,
Fotografía: Janusz Kaminski, Montaje:
Michael Kahn, Efectos Visuales y animación:
Industrial Light y Magic, Personajes Robóticos:
Stan Winston Studio. Producción de Amblin y
Stanley Kubrick. Un
film de Steven Spielberg. Presentan Warner
Bros y Dreamworks Pictures. Elenco: Haley
Joel Osment, Jude Law, Frances O’Connor,
Sam Robards, Jake Thomas, William Hurt,
entre otros.
DEL
AMOR FILIAL AL HORROR
Al
saber que la idea original y el trabajo
durante muchos años sobre el texto fue nada
menos que de Stanley Kubrick, reflotado
ahora por su viuda, realizar una crítica
donde no todo sea considerado genial produce
dudas y desconcierto. La obra fílmica de
Steven Spielberg, que toma aquella idea
pergeñada junto a Kubrick en Londres en los
80, a su vez basada en un cuento corto de
Brian Aldiss, tiene todos los productos que
DreamWorks es capaz de producir a nivel de
efectos especiales. Cómo poner en tela de
juicio la tecnología. De eso no se habla.
Pero sí se debe hablar de la historia que
tiene muchos puntos de contacto con las
actuales teorías de clonación de seres
humanos y de lo que ha quedado en su
posterior desarrollo en imágenes.
Una
pareja ha perdido a su hijo, al menos está
en coma cuatro, y no hay esperanzas de
revivirlo. En un mundo donde el siglo XXI ha
avanzado, con el consiguiente avance, valga
la redundancia, de las aguas de los
casquetes polares, dejando inundadas a las
ciudades costeras, entre ellas Nueva York,
los científicos están preocupados en hacer
sobrevivir la raza humana de alguna manera.
Y la clonación parece el medio más idóneo.
Pero no una clonación de órganos sino de
piel, gestos, facciones. El interior es una
estructura robótica. Estos niños, estos
hombres, son creados para cumplir
determinadas funciones: el niño para amar a
una madre, el hombre puede ser un experto
amador o un asesino; de acuerdo a la demanda
se “construyen” seres humanos robóticos.
El hogar de un matrimonio vinculado a estos
científicos que encabeza William Hurt está
convulsionado por la inminente pérdida de
su único hijo. La solución es un niño-robot
que es sometido a prueba de adopción. Solo
si la madre está segura de que lo quiere,
de que se acostumbra, podrá decirle las
diez palabras que transformarán al niño,
al instante, en su hijo. Si las dice y luego
se arrepiente, el niño será destruido,
tenga o no sentimientos. “David” (Haley
Joel Osment, que cumplió 12 años durante
el rodaje y fue el extraordinario pequeño
actor de “Sexto
Sentido”) es adoptado por el
matrimonio de Mónica y Henry Swinton (Sam
Robards y Frances O’Connors); comienzan a
habituarse a este pequeño que no puede
comer, que no duerme, pero que cumple con
todos los “deberes” de un hijo hacia sus
padres. El tema se pone arduo cuando el hijo
de los Swinton se recupera y entonces los
celos pueden más y hace todo lo posible
para destruir a “David”. Finalmente,
“David” es desechado por los Swinton,
por lo que corre peligro de ser destruido
por la empresa que lo fabricó en lo que se
llama la “feria de la carne”. Su madre
adoptiva intenta ponerlo a salvo y lo deja
en un bosque. En busca de un hada azul para
que lo transforme en un niño real, como
Pinocho del siglo XXI, el pequeño cae en
las profundidades de las aguas que inundan
Nueva York y allí se encuentra con una
especie de Virgen, una estatua, frente a la
que permanecerá un par de siglos. Los
extraterrestres lo sacarán y, luego de 2000
años, tendrá la oportunidad de
reencontrarse con Mónica.
Esta
historia se transforma en algo muy extenso,
con altibajos en el guión notables, y muy
poco desarrollo de lo que sí parecía ser
importante para los científicos: que un niño-robot
pudiera autogenerarse sentimientos. De
pronto, el espectador tiene la sensación de
que está viendo una película de horror:
asiste a un circo romano donde, los que son
desechados por sus familias o porque les
faltan partes o porque están viejos, son
crucificados y desechos con ácidos, o
destruidos con explosiones. Imágenes
dantescas que presencia el pequeño David,
quien debe ingeniárselas para sobrevivir
escapando de los cazadores de robots
descartados. Tiene la compañía de un oso
superinteligente, más “humano” que
cualquier humano, y de un amante robótico,
descartado también, que quiere salvarse de
tan horrendo final.
Si
la trama se hubiese ajustado al cuento de
hadas del niño robot que genera
sentimientos y es capaz de amar hasta después
de muerta a su madre, incluyendo la escena
final, se habría estado frente a un film
muy especial, encantador, edificante. Pero
la falta de profundidad en los personajes,
sobre todo entre el niño robot y su hermano
-el hijo natural del matrimonio-, y el
monstruoso desecho de robots que se prueban
las mandíbulas de otros o los brazos o lo
que fuere, producen un efecto contrario:
demasiada truculencia para una historia que
parte de una inquietud científica y de la
necesidad del amor entre padres e hijos. Ni
qué hablar de la tortura y del terror que
padece “David” perdido en bosques,
acechado por helicópteros que finalmente lo
llevan al “circo de la carne fresca”.
Estas escenas son tan tremendas que nos
sacan del planteo inicial sometiéndonos a
imágenes similares a las que tenemos, de
acuerdo a la historia, de lo que fue la
crucifixión de Jesucristo. Una pena que un
cuento tan especial haya caído en el horror
para justificar o su extensión (dos horas y
media) o bien la ferocidad humana frente a
los desvalidos. Por supuesto, podemos hablar
de que detrás de todo esto está el genio
de Stanley Kubrick, un maestro en cualquier
género, pero el proyecto quedó en manos de
Steven Spielberg y no habría ofendido la
memoria del gran realizador si se hubiese
atenido a un cuento breve sobre el amor
entre hijos adoptivos y padres. Spielberg
también pudo negarse a concretar esta idea
porque seguramente Kubrick le habría dado
su impronta, que aquí no está. De ella
quedó lo macabro, lo escabroso, y no su
genialidad. Inteligencia Artificial no es
para todo el público, no es lo esperado por
todos. Se quedó a mitad de camino entre lo
soñado por Kubrick y lo que puede generar
la sensibilidad de Spielberg, que es
definitamente de otro tenor.
Elsa
Bragato
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