Director:
John Boorman; Guión: Andrew Davies, John le
Carré y John Boorman (sobre la novela de
John Le Carré); Fotografía: Philippe
Rousselot. Editor: Ron Davis; Música: Shaun
Davey. Elenco: Pierce Brosnan, Geoffrey
Rush, Jamie Lee Curtis, Harold Pinter, entre
otros. Producción de Merlín Films.
Presenta Columbia Pictures.
SUSPENSO
A MEDIAS
Hay
muy pocas películas en las que el diálogo
constante, al estilo televisivo, puede
tolerarse. Un ejemplo de esto es “13 días”,
donde la historia necesita imperiosamente de
la fluida comunicación entre los personajes
dado que muestra los hechos históricos de
1963 cuando el ex presidente John F. Kennedy
fue apremiado para invadir la isla de Cuba.
Después, las películas tienen un proceso
narrativo propio a partir de las imágenes
siendo el diálogo un vehículo de unión y
no un sustento en sí mismo (con honrosas
excepciones como Ingmar Bergman). Más aún
cuando el género es de acción y espionaje,
háckers, policías, ladrones. En “El
sastre de Panamá” se desaprovecha a
Pierce Brosnan, el quinto James Bond del
cine, adiestrado en estas lides, transformándolo
en un espía de escritorio que ha sido
castigado por sus pares por lo que debe
recluirse en Panamá. Allí se contacta con
un sastre, cuyo pasado en Londres ha
transcurrido en la cárcel, pero en la
estratégica nación logró reformar su vida,
casarse con una inteligente mujer (Jaime Lee
Curtis) y tener dos hijos preciosos. No hay
nada qué hacer para Andy Osnard (un
apelativo onomatopéyico que nos remite
curiosamente al nombre y apellido reales del
actor). Pero, inescrupuloso como pocos, se
las ingenia para seducir a cuanta mujer
encuentra, extorsionar al sastre y, con sus
relaciones directas con la embajada británica,
generar un operativo inexistente por el que
todos le darán dinero para que no salte a
la luz ese “imponderable”, siempre y
cuando deje alguna propina.
Luego
de una hora y media de película y de la
monotonía impuesta por tanta cháchara de
Osnard y sus acosados y acosadas, un atisbo
de acción permite que el espectador pueda
salir de su tedio y suspirar reconfortado.
Pero no pasa a mayores. Sí queda al desnudo,
una vez más, la turbia relación entre el
poder, las delegaciones diplomáticas, los
espías y las coimas, además de esa sensación
de ridículo de los sajones intentando
hablar un castellano aprendido para la ocasión.
Para los argentinos, hay un motivo de
orgullo real: una canción de Víctor
Heredia como leit-motiv musical de todo el
film. Regular.
Elsa
Bragato
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