UN
CANTO A LA AMISTAD
En
el sur del Bronx, Jamal Wallace transcurre sus días entre la escuela y
el basketball. Le esconde a sus amigos su habilidad para escribir y su
afición a la lectura. En el viejo patio abandonado donde practican
deporte suelen ver a un anciano mirar por la ventana de un viejo
edificio cercano con largavistas. Para ellos, es un loco, un excéntrico,
al que desconocen porque jamás salió. Jamal es convencido por sus
amigos a que sube hasta el departamento y descubra de quién se trata. Y
lo hace. Cuando se encuentra con el anciano, se asusta tanto que deja su
mochila, donde están guardados sus escritos en un cuaderno. A los pocos
días, la ve colgada en la ventana del viejo y después arrojada al
patio. Decide ir y pedirle disculpas. El anciano se molesta, lo trata
mal, pero le arroja sus escritos, corregidos, y lo invita a conocerlo.
Es así como surge una amistad aparentemente desigual: un hombre en el
invierno de su vida, ganador de un premio Pulitzer, que decidió hace 40
años por una desgracia personal, no salir más al mundo, de origen
escocés y un tanto alcohólico, con la manía de espiar con su
largavistas a las aves de los parques cercanos y no a los muchachos como
Jamal, y un joven negro amante del deporte pero con una enorme capacidad
para escribir. Este, a su vez, enfrenta un desafío: en la escuela
asombran sus escritos y tanto su madre como él y su hermano son
convencidos para que Jamal ingrese como becario de una escuela a la que
asisten solo los alumnos con condiciones para escribir. Esto reaviva el
vínculo con William Forrester, el anciano que no le cuenta al comienzo
de quién se trata. Su único libro es puesto a consideración de los
alumnos en la escuela por quien fuese su archienemigo literario, el
profesor Crawford, encarnado por el actor Murria Abraham que compusiera
al Salieri de “Amadeus”, extraña coincidencia en ambos personajes.
Luego vendrá el concurso anual literiario, donde Jamal vive una situación
límite la que, sin embargo, le permitirá descubrir el mecanismo de una
fuerte y noble amistad con el anciano escritor escocés. Ambos se ayudarán
mutuamente.
El
entorno de los protagonistas es inusual en este drama contemporáneo que
nos deja una vivificante lección de amistad: el basketball, el Bronx,
las diferencias raciales y culturales. Sin embargo, la actuación de
Sean Connery como el escritor Forrester es tan sutil, espontánea desde
el conocimiento actoral, que derriba las barreras de este contexto, por
momentos un poco lento y alejado de la literatura (se asistirá a varios
partidos de basketball). El rol del estudiante está a cargo del
debutante Rob Brown, elegido en un arduo casting que se realizó en
todos los Estados Unidos. Tiene 16 años como su personaje. Nadie puede
negar que, con su simplicidad histriónica, marca el contrapunto ideal
al notable profesionalismo alcanzado por Connery, al mismo tiempo
coproductor de esta película. El final es previsible. No obstante,
resulta menor en cuanto al film en sí, que posee una narración sin
artificios, sin efectos especiales, concentrada en un guión sólido y
en actuaciones convincentes.
Elsa
Bragato
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