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CHICKEN RUN


Pollitos en fuga (Chicken Run, Gran Bretaña, Francia, EE.UU.- 2000).
Dirección
: Peter Lord & Nick Park.
Producción: Peter Lord, David Sproxton, Nick Park, Jake Eberts, Jeffrey Katzenberg y Michael Rose para Aardman, Dreamworks Pictures y Pathé. 
Guión: Karey Kirkpatrick, sobre historia original de PL y NP.
Música
: John Powell y Harry Gregson-Williams.
Fotografía
: Dave Alex Riddett, Tristan Olivier & Frank Passingham.
Montaje
: Mark Soomon.
Supervisor de animación
: Loyd Price.

Pollitos en fuga (Chicken Run), el primer largo de Aardman

¡Cacarear o morir!
Por EZEQUIEL LUKA 

Hay un momento en Pollitos en fuga que, si se tratara de un Disney en lugar de un Aardman, hubiese sido hartoexplotado para exprimir de los pequeños hasta la última lágrima posible: una de las simpáticas gallinas que planean su huida de la granja (que, como varios elementos más de la película, remite al campo de concentración de El gran escape; de todos modos, esta referencia y otras que aparecen son totalmente prescindibles a la hora de disfrutar de esta historia) de la maligna Sra. Tweedy recibe de ésta un certero hachazo en su cogote por no haber puesto huevo alguno en toda la semana. La escena resulta muy emotiva –para un espectador de cualquier edad, ya que Pollitos… no es necesariamente una película para niños- pero no al nivel de un “golpe bajo”, como sucediera con la mamá de Bambi o el papá de Zimba en El rey León. Y funciona como muestra de lo buscado por los directores Peter Lord y Nick Park en este primer largometraje de la productora Aardman: una historia con peso propio que prescinde de la moralina didáctica tan propia del mainstream del género (Pollitos… fue financiada por la Dreamworks de Spielberg y la Pathé francesa) junto a una narración que en ningún momento resigna la inteligencia, explotando al máximo todas sus posibilidades. De la gallinita condenada a ser el primer plato de la cena de esa noche sólo vemos su rostro antes del final. Después se ve a la Sra.Tweedy empuñando el hacha, luego a las otras gallinas y los nudos en sus gargantas. Y sólo hace falta ser testigo de la pudorosa y angustiante sombra del hacha proyectada en la pared (como en algún film-noir), y escuchar en off, sobre las desoladas caras de las emplumadas presidiarias, ese golpe seco e inexorable. Y eso es todo.

Así comienza la aventura este grupete de gallinas. Ginger, una líder natural, busca diversas maneras de perpetrar una fuga colectiva pero fracasa persistentemente. Y el tiempo acecha peligrosamente: harta de vender huevos para ganar centavos, la oscura Tweedy decide “modernizarse” comprando una vasta y temible maquinaria (cuyos engranajes podrían traer a la memoria algunos de esos aparatejos que tanto le gustan a David Cronenberg) para hacer tartas de pollo. Y la solución parece llegar con Rocky, un gallo que irrumpe volando en la granja y con sus encantos conquista a todas las damas causando una verdadera revolución en el lugar. Americano arrogante y carismático (la acción transcurre en Inglaterra, casa de la Aardman, en los ‘50), este gallo –cuya voz en la versión original del film es la de Mel Gibson- que escapa del circo que lo ocupaba es a los ojos de Ginger la salvación: él podrá enseñarles a volar y así podrán huir hacia la soñada colina verde que marca el horizonte desde el presidio. Pero, claro está, la cosa no será tan fácil y es allí donde comienza la odisea emplumada, siendo fundamental la camaradería (tópico clave en las películas “de escapes”) para llegar al objetivo. Con esta base, el primer largo de Lord y Park seguirá una narración clásica, con escenas propias del cine de acción, la ilusión y la euforia de los relatos de aventuras y, como golpe maestro, el humor de la comedia inglesa.

Tras veintiocho años acumulando prestigio y premios diversos gracias a su serie Wallace & Gromit y a numerosos cortos y comerciales, Pollitos en fuga es el primer largometraje de la Aardman, productora británica que hace un buen rato se ha ganado un lugar privilegiado en el mundo de la animación. Sin prestar tanta atención al bombardeo digital que ha sacudido y revolucionado al género en la última década, el equipo de Aardman sigue apostando a la “vieja usanza” manteniendo lo que se ha convertido en su carta de identidad: la animación con plastilina, técnica que ha dominado y desarrollado a un nivel impensado, del que Pollitos en fuga resulta un ejemplo maravilloso. El virtuoso y enfermizo trabajo puesto en la película se traduce en una fluidez de movimiento en los personajes que no sólo no hace extrañar para nada los impresionantes logros demostrados por software diversos, sino que además le hace ganar en expresividad y le da a cada escena una atmósefera más tangible, una sensación de mayor cercanía, tal vez por tratarse de acciones filmadas en vivo en decorados reales, cuyo diseño e iluminación no resultan menos importantes que los enormes dientes y los ojos saltones de Ginger y las suyas. Pero Peter Lord y Nick Park no ignoran –como a menudo sucede, no sólo en el cine de animación- que la técnica no lo es todo, y se nota. El guión de Pollitos en fuga –escrito por Karey Kirkpatrick, sobre historia de los directores- tiene la habilidad de combinar la resolución sintética, inteligente y siempre graciosa de distintas situaciones sin subestimar la capacidad de sus espectadores –aunque, insistimos, la edad no actua como una limitación para ver la película, está claro que el target es el público infantil- sin perder en sus climas los rasgos de ingenuidad que le son propios tanto a los personajes como a los niños que verán el film. Y resulta encantador el tratamiento de ciertos personajes secundarios, como Fowler, un viejo y reacconario gallo veterano de la Fuerza Aérea que ve en Rocky el estereotipo creado por el cine bélico del soldado americano, que conquista a las señoritas locales con palabras más atractivas que las que él emplea para ufanarse de sus hazañas en tiempos de guerra. Otra dosis de buen humor viene de la mano del rudimentario marido de la Tweedy y sus permamentes “alucinaciones”, pero no cabe duda de que lo mejor en esta materia es patrimonio de Nick y Fetcher, dos ratas torpes que controlan el mercado negro de la granja (figura obligatoria en todo film de cárceles) y consiguen cualquier cosa a cambio de sabrosos huevos (a propósito, quien abandone la sala antes del final de los créditos no se lo perdonará jamás). Todas estas virtudes, que en resumen hablan de una voluntad por hacer mucho más que un mero entretenimiento de consumo rápido –como tantos otros films animados que suelen aparecer en estas fechas navideñas- o una agobiante demostración de efectos visuales para en cambio apostar a la excelencia, la creatividad y la respuesta del público ante un producto tan atractivo, hacen de Pollitos en fuga uno de los mejores largometrajes que ha ofrecido el género en Occidente en muchos años.

 

 
 

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