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CALLE 54


2000
Color, 94´

España, Francia

Dirección y guión: Fernando Trueba
Fotografía:  José L. López LinaresMúsica e intérpretes: Paquito D´Rivera, Eliane Elías, Chano Domínguez, Andy y Jerry González (Fort Apache Band), Michael Camilo, Gato Barbieri, Bebo y Chucho Valdez (su hijo), Cachao,  Chico O´Farril, Tito Puente, Orlando “Puntilla” Ríos...

Me tocó ver este documental sobre jazz latino, de Fernando Trueba, en una sala comercial el jueves del estreno.

Había elegido la última función de la noche, muy tarde. Eramos cinco espectadores bien separados en la sala: una joven de unos veinte y tantos años en el medio, un hombre mayor muy atrás, quien escribe en un costado, y una parejita de adolescentes que con seguridad equivocaron la película pues a poco de iniciado el filme se escaparon casi corriendo. En el tercer o cuarto tema, así separados como estábamos, cada uno del improvisado trío bailaba en el asiento al ritmo de la pantalla. Esta música es atrapante y  no hay antídoto que libre al cuerpo en contacto con esos ritmos.

No conozco sobre jazz latino pero con su filme Trueba demuestra que ama a este género musical, tanto por los comentarios propios sobre los músicos, sin medias tintas, como por la manera en que coloca la música en el primerísimo primer plano de su narración documental. “Un solo de Paquito D´Rivera puede ayudarte a amar el día” dice sobre el saxofonista que por estos días esta en la Argentina y en el filme le corresponde abrir la serie con el tema Panamericano. “El pianista más brillante de su generación” dice, también, sobre el impetuoso (musicalmente hablando) Michael Camilo. Luego vendrán los temas y los protagonistas más o menos en el orden en que figuran más arriba en el subtítulo Música e intérpretes que encabeza la nota. Los subgéneros –a riesgo de olvidos (e inventos)- son el jazz flamenco, bossa, rumba, con los típicos instrumentos de percusión como tumbadoras, baterías, timbales, marimbas y otros como saxos, trompetas, pero también pianos, cuatro y bandoneón.  

A diferencia del musical  Buena Vista Social Club, donde la cámara de Wim Wenders recoge la emoción de un reencuentro con el público de unos músicos cubanos por años lejos del escenario, y además muestra ensayos, grabaciones y algo de la vida cotidiana de los músicos en Cuba, Trueba  despoja totalmente de algún contexto social a sus elegidos del jazz latino; la excepciones son el Gato Barbieri, caminando por una calle neoyorquina, Tito Puente en su restaurante, y Bebo Valdez por las nevada capital de Suecia, su hogar por más de cuarenta años.

Hay una figura retórica conocida como “oximorón”  que emplean los poetas y los escritores para resaltar un sustantivo por medio de uno o dos adjetivos con significado contrario, y que los hace escribir: el pequeño gran hombre, la tenue iluminada luna, el claro azar.

Trueba utiliza un procedimiento parecido a este al presentar las potentes interpretaciones de estos músicos -que harían despertar la vida en un sepulcro, si se lo propusieran- dentro del despojado, técnico y frío escenario de un estudio de grabación, tan sólo con un fondo monocromático (a veces rojo, otras veces blanco).  Ese estudio es el de  Sony, en Manhattan, sobre la calle 54, donde se grabó toda la música de este excelente filme; y de allí surgió su nombre.

Gustavo Camps

 

 
 

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