El
último filme de Patrice Leconte remite ante todo a una postura ética
frente a la vida, a una ética de afirmación de la vida.
Sí
es una historia de amor; sí es una historia de lucha contra el poder; sí
es una película de época que transcurre en 1850, en una pequeña y
perdida isla bajo jurisdicción francesa, cercana a la costa de Canadá.
Pero estos elementos, la anécdota, van en una dirección: mostrarnos
los avatares de espíritus libres enfrentados a la mediocridad
y a la mala conciencia que
busca sólo pequeñas compensaciones.
Neel
Auguste (E. Kusturica) asesina a un hombre y es condenado a morir en la
guillotina. Madame La (porque queda mal llamarla Madame la capitana)
– esposa del capitán de la isla,
apasionadamente interpretada por J. Binoche – comprende que la
matriz de este crimen no es la maldad sino el abandono y la miseria (si
mne permiten la frase robada a Conan Doyle). Ella hará todo lo posible
por redimir al preso de su extrema carga. Su marido el capitán (D.
Auteuil) la apoyará sin restricciones hasta las últimas consecuencias.
El intenso amor que se prodigan permite esta empresa en común.
A
diferencia del planteo cinematográfico moderno de La chica del puente,
en este filme Leconte apuesta a la linealidad de la estructura narrativa clásica:
exposición de personajes, comienzo de la acción, momento decisivo o
punto crítico, climax, desenlace y conclusión.
Sin
duda, el filme hubiera sido otro sin las actuaciones de la pareja
Binoche-Auteuil. El director Kusturica, interprete aquí, colma las
expectativas más exigentes y los papeles secundarios tienen también
actuaciones a la altura de las circunstancias (la miseria en los
expresivos ojos del inmigrante-verdugo es un ejemplo).
Leconte
no ha dejado nada al azar en este filme: música, fotografía,
vestuario, todos los rubros
sostenidos para lograr lo que se logra: un filme digno, sin excesos,
pero contundente y por sobre todos los calificativos, bello y romántico.
Gustavo
Camps
|