Con una narrativa
convencional pero lograda, por el ritmo ajustado que le imprime a las
acciones y porque se detiene en detalles útiles para reconstruir
eficazmente el contexto de la historia,
Operación Fangio nos sumerge en el secuestro de Juan Manuel Fangio, quíntuple campeón de la fórmula 1
internacional, en la víspera del II Gran Premio Automovilístico de La
Habana, en
1958.
Está
claro que Lecchi prefirió ahondar en los protagonistas, tanto en los
secuestradores como en el propio Fangio, antes que en la acción que se
llevó a cabo.
También
resulta evidente la mirada simpática y condescendiente con que este prolífico
director argentino ( ya está rodando la tercera película de la
temporada) construye a los jóvenes revolucionarios del grupo 26 de junio
que llevaron a cabo la acción.
Un
párrafo aparte merece la actuación
de Dario Grandinetti, en el papel del destacado corredor argentino, un
hombre imperturbable, callado, introvertido y con un dominio de su carácter
poco común. El único momento en que Fangio pierde su compostura es ante
la largada del Gran Premio; ya secuestrado,
él la ve por televisión y allí cae en la cuenta de que
definitivamente no correrá. Lo brillante es que así y todo no deja su
parsimonia: solamente se retirará con su andar cansino del cuarto donde
estaba y ya sentado, en su habitación, se tomará la cabeza con
ambas manos en ademán de incomodidad.
Lecchi
puso mucho énfasis en los escenarios de esta historia. En el Malecón
Habanero se recrearon las pruebas de clasificación, con la intervención
de más de 1500 extras vestidos de época y la utilización de tres cámaras.
Sin
duda alguna el filme puede leerse como un homenaje al “campeón” (así
lo llaman sus secuestradores todo el tiempo) pero también a los inexpertos
e idealistas revolucionarios, que justamente, por su idealismo y sus
rasgos de humanidad lograron tener en Fangio un aliado más que una
víctima.
Gustavo
Camps
|