El filme póstumo de Stanley Kubrick no es el mejor de su carrera, pero sin duda contiene pinceladas de esa genialidad que dio un lugar en la
historia del cine, a este director cuyo primer largometraje, Fear and desire, data de
1953.
En Ojos bien cerrados Kubrick indaga sobre las fantasías
sexuales de una pareja joven, pero con varios años de matrimonio.
La historia está inspirada en la novela Traumnovelle, del
escritor Arthur Schnitzler, que transcurre en la Viena de principios de siglo, no
obstante, Kubrick lo sitúa en el Nueva York contemporáneo.
"No me gusta hacer películas situadas en el pasado - le
dijo el director norteamericano al diario barcelonés, La Vanguardia, el año pasado -
prefiero actualizar el presente y, sobre todo, proyectarme hacia el futuro".
Justamente, la ambientación es una de las curiosidades del
filme pues, como se sabe, Kubrick odiaba volar, por lo que solamente filmaba en el lugar
de su morada, es decir, Inglaterra, en las afueras de Londres para ser precisos.
El filme es narrativo, pone énfasis en la atmósfera, y se
destacan los colores fuertes y las tonalidades rojizas.
La acción se desencadena después de una noche de fiesta en
la que la pareja - Dr William Harford y Alice (T. Cruise y N. Kidman) - la pasa cada uno
por su lado: ella cortejada (sin éxito) por un galán, William - en su calidad de médico
- debe sacar de un aprieto al anfitrión (S. Pollack), que guarda en su alcoba a una joven
(no precisamente la anfitriona) a la que la hierba le pegó mal.
Justamente con la ayuda de la hierba, en un diálogo de
alcoba Alice le confesará a William que en un viaje (ese en el que ambos fueron tan
felices) tuvo fantasías sexuales con otro viajero, un marino, y que si bien no se
presentó la oportunidad, lo hubiera dejado todo por seguirlo. La campanilla del teléfono
que rompe la tensión en este diálogo nos recuerda que hay un director que moldea las
escenas, no es el azar.
Otro día Alice le contará un sueño, con lujo de detalles y
en blanco y negro, donde hace el amor con el marino.
Perplejo por las confesiones, William buscará levantar su
autoestima con alguna prostituta pero terminará en un lugar donde disfraces mediante, se
consume sexo en gran escala. Es de destacar la atmósfera que Kubrick imprime de este
lugar.
En este punto el filme entra en una letanía, que servirá
luego para preguntarse si eran necesarios alrededor de 155 minutos de duración, o menos
hubiera sido suficiente.
Pero llegará el final a cargo de Nicole Kidman, y este si,
es de una síntesis y encierra una verdad extraordinarias.
Gustavo Camps
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