¿Son
suficientes los recursos técnicos utilizados con destreza para que un
filme se sostenga? En el caso de No quiero volver a casa parece ser que
no.
El
filme narra el asesinato de un empresario por parte de un sicario
ocasional. Ocurre en la Argentina contemporánea.
Esta
filmada en blanco y negro, con un granulado grueso que construye
escenarios oscuros y hasta sombríos, tal vez con la intención de crear
cierto clima opresivo como en el caso del filme de Carri, o porque no
alcanzó la plata para otro tipo de rollo de película, como es el caso
de la excelente Mundo Grúa de Pablo Trapero.
La
narrativa de No quiero volver a casa es absolutamente discontinua, con
planos largos en donde la acción es escasa y apunta a describir los
conflictivos ámbitos familiares de la victima y el victimario. “No
nos une el amor sino el espanto” diría el poeta Jorge Luis Borges.
Por
momentos da la impresión de que los actores son atrapados por la cámara
sin dirección (entiéndase, sin dirección por parte de Carri). Pero
también hay movimientos de cámara (la escena del niño en la calesita
de la plaza) que indican eficacia por parte de la directora.
Sin
embargo el resultado de todo esto, la película que se ve, digamos,
resulta difícil de seguir incluso a pesar de sus pocos 74 minutos de
duración.
Gustavo Camps
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