|
The
green mile
1999,
Color,
191’
EEUU
Dirección
y guión: Frank Darabont, sobre la novela de Stephen King
Montaje:
Richard Francis-Bruce
Música:
Thomas Newman
Fotografía:
David Tattersall, BSC
Vestuario:
Karyn Wagner
Escenografía:
Terence Marsh
Elenco: Tom Hanks, Michel Clarke
Duncan, David Morse, Bonnie Hunt, James Cromwell, Michel Jeter, Graham
Greene
|
La
duración de este filme es exagerada, pero no tanto como la candidatura
que le adjudicó la
Academia de Hollywood para competir como mejor película (también
compite en sonido, mejor guión adaptado y actor de reparto con M. C.
Duncan).
Reiterativa,
inverosímil, reaccionaria y ejemplificadora de la peor manera en que
una película puede serlo, Milagros inesperados, de Frank Darabont, en
manos de un buen editor podría haberse contado en 100 minutos, que para
demagogia, un minuto es una eternidad.
La
historia es la de un afroamericano con poderes milagrosos que cae a
pasar sus últimos días en el
pabellón de la muerte de una prisión al sur de los Estados Unidos, en
la época de la gran depresión (los años 30).
A
través de sus poderes, el
reo (personaje del gigante Michel Clare Duncan) gana la simpatía de sus
guardia cárceles y en particular la del jefe del pabellón (Tom Hanks),
que se interesará en conocer a ciencia cierta si es culpable o inocente
del cargo que se le imputa. Para qué se ocupa en eso el guardían, no
lo sabremos nunca, porque hacer no hará nada por salvarlo.
El
filme es reiterativo porque repite inútilmente - sin agregar nueva
información a la narración - los
ensayos de las ejecuciones, alarga las ejecuciones mismas y muestra en
detalle la gama de milagros que realiza el preso (que van de revivir a
un ratón aplastado a curar la enfermedad terminal de la esposa del jefe
del penal).
La
construcción de los guardia cárceles como mayordomos de los
sentenciados, comprensivos y amigables (salvo uno, la excepción que
confirma la regla) y el clima afable y sin tensiones del pabellón, son
tan naife que para citarlos bien vale la traducción literal del título
del filme: La milla verde (son del año verde, diría mi abuela). El
idilio se rompe con la llegada de un reo joven - me atrevo a decir - un
delincuente de verdad, que luego caerá, no en manos de la ley, sino en
las del preso milagroso.
El
filme es reaccionario porque no solamente apoya mansamente la pena de
muerte - sin dolor para el preso, eso si - sino también la perpetuación
del statu quo: el guardián conocerá la inocencia del reo milagroso
pero no hace nada por salvarlo.
Como
dijimos arriba, es aleccionador en el peor sentido, porque al mostrar la
disciplina social del guardián Paul (T. Hank), nos enseña que el
sistema tiene su costo, a veces mueren inocentes (otra vez la excepción
que confirma la regla), pero no por eso deja de ser eficiente.
Gustavo Camps
MILAGROS INESPERADOS
Increíblemente
parece que es posible
confundir la
ingenuidad y la pureza angelical con
la vileza de la perversión; ya sea por falta de sensibilidad en
los observadores, por una gran carga cultural de prejuicios o por el
miedo a la monstruosidad que rompe los parámetros admitidos socialmente
como normales.
Lo paradójico sigue siendo que las perspectivas de una comunidad occidental
y cristiana mantengan una
mirada con una oscuridad
tal, que permita crucificar
nuevamente a la santidad.
Hank y Morse, rentados para matar
Y
recorriendo luego el
camino propuesto por el director que va de lo general a lo particular,
lo que se manifiesta dramática y patéticamente es la toma de
conciencia del verdugo
en el instante del
contacto con la bondad
y la inocencia del ser a ejecutar.
Así planteadas las cosas,
el film adquiere una atmósfera cada vez más intimista; nos hablará
sobre la predisposición del espíritu que
hay que tener para aceptar como trabajo rentado el quitarle la
vida a otro hombre y
de cómo se intenta enmascarar bajo un tenue velo de piedad, un
horror explícito, público
e institucionalizado.
El camino elegido es el de
la asociación
entre las imágenes más crudas de una realidad ya enunciada y la
presencia de lo fantástico como elemento movilizador de conciencias.
Armando
D´Angelo
|