En
la puesta de Scott Hicks conviven dos historias: un romance juvenil
trunco y una muerte por resolver. El denominador común es la
discriminación y el prejuicio racial. Los hechos ocurrieron en San
Pietro, una isla de pescadores, ficticia, ubicada en el oeste
norteamericano.
A
nueve años de Pearl Harbor - el bombardeo japonés sobre EEUU en la
segunda guerra - un descendiente de orientales nacido en esa isla es
juzgado por un crimen; un periodista occidental (también lugareño)
cubre la instancia
judicial, pero al ver a la esposa del acusado no puede evitar que le
afloren los recuerdos de un prohibido y pasional romance adolescente que
una vez los unió.
En
Mientras nieva sobre los cedros el director
Hank
Corwin no se conforma con narrar. También acentúa excesivamente - sin
atender a la funcionalidad del relato - la belleza de varios planos y,
con la ayuda del flashback, inunda la pantalla con datos no siempre
relevantes y hasta reiterativos sobre los personajes.
Ralentis
(efecto de cámara lenta), planos pictóricos, oscuridades y colores
tenues, todo al servicio de historias, que aunque en el filme se
presentan combinadas, carecen de complejidad y se han contado varias
veces en el cine.
Oficio
no le falta al director, porque no se pierde entre esa maraña de
información, pero la película se alarga inútilmente cuando la narración
debería marchar sobre rieles, de acuerdo con la simplicidad de los
hechos.
Lo
curioso es que, según la gacetilla de prensa, Scott Hicks se inició
como documentalista, un género en donde la funcionalidad es capital.
En
cuanto al contenido, el filme es revelador. Muestra prácticas non
sactas del ejercito y la población norteamericana occidental contra los
orientales antes y después de la guerra: la segregación racial, la
compra a precio vil o la apropiación de tierras por parte de
norteamericanos blancos, el confinamiento de ciudadanos norteamericanos
en campos militares por el solo hecho de tener ojos rasgados y herencia
oriental.
Shine,
la anterior realización del australiano Scott Hicks, obtuvo siete
candidaturas de la Academia en 1997, entre ellas la de mejor película y
mejor director.
Gustavo Camps
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