La
opera prima de Peter Berg es una comedia de humor negro filmada a ritmo
de video clip, que como síntoma puede ser muy peligroso para el cine.
Si
criticábamos que la industria toma elementos de las producciones
independientes para moldearlos a su descafeinada ideología (Belleza
americana, por ejemplo), en el caso de Malos pensamientos estamos frente
a un verdadero ejercicio publicitario (puro efectismo sin contenido) que
toma al cine meramente como soporte técnico. Malos pensamientos
presenta una serie de bloopers del peor gusto enhebrados por una
estructura aparente de narrativa causa efecto.
La
anécdota nos muestra a cinco muchachos de clase media (cualquiera de
ellos podría ser un joven Mr. Simpson) que van a Las Vegas para
festejar una despedida de soltero. Allí los espera una prostituta
oriental que terminará
colgada de la nuca en un perchero del baño. Luego vendrán asesinatos
sin ton ni son, chistes racistas y otros gags, de dudosa comicidad,
que inundarán la pantalla hasta el final.
El humor corrosivo, el humor negro, el humor
en definitiva, funciona muy bien en Lo opuesto del sexo (D. Roos) o en
Felicidad (T. Solondz)
- por citar dos de muchos ejemplos - porque se trata de un recurso legítimo
para concretar algunas ideas.
En Malos pensamientos se supone que lo gracioso es ver como
descuartizan a una oriental y a un negro (racismo no, que bah!) o como
un judío aplasta a otro con una camioneta. Esto es lo bochornoso de la
puesta, pretende la complicidad del espectador con esto.
La
escena hacia el final que muestra a uno de los protagonistas sobre una
silla de ruedas, sin piernas pero con los muñones al aire, es patética
pero es paradigmática, puro efectismo sin sustento.
La
afirmación de la alegría debe ser una de las cosas más importantes
que nos ha posibilitado el cine desde
sus inicios. Defender el humor, la comicidad y la alegría del cine es
una cuestión vital pero como dijo el poeta - y Joan Manuel Serrat lo ha
cantado tantas veces - hay que defender la alegría, incluso, hasta de
sentirse absurdamente alegre.
Gustavo Camps
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