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MADRE E HIJO


Madre e hijoAño: 1997
Origen: Alemania, Rusia
Duración: 73´
Dirección: Alexander Sokurov
Guión: Juri Arabov
Edición: Leda Semyonova
Elenco: Gudrum Geyer, Alexei Ananishnov


Pude ver este filme recién el día del estreno – en la Argentina - así que llegué a la sala con muchas referencias de críticos y colegas que ya lo habían visto en funciones privadas. Todas fueron positivas. Raúl Valls, de radio Municipal, por ejemplo, me dijo: "en lo que va del año vi más de cien películas, Madre e hijo es la segunda que me parece excelente". Quintín – director de El amante cine, tal vez la revista de crítica más severa del país – lo calificó como "El film, de una belleza deslumbrante".

Madre e hijo es una historia de amor. El hijo (A. Ananishnov ) acompaña los últimos momentos de su madre (G. Geyer) enferma. Viven aislados en un paraje solitario, desolado, en medio del campo. El la lleva de paseo en sus brazos – ella ni camina, tan débil que está – por un sendero hacia ningún lado, la peina, recuerdan tiempos idos.

Muchos de los planos del filme – Valls contabilizó 59 en total - pueden ser asimilados a obras pictóricas. En 73 minutos que dura la película, Sokurov es capaz de ofrecer tanta emoción y una mirada tan sensible con la cámara, que cuesta creer que en un reportaje haya expresado: "yo no quiero desarrollar (el lenguaje del filme) yo quiero empezar a aprender algo (...) Tenemos que empezar aprendiendo".

Un largo plano secuencia muestra a la madre recostada en un banco a la izquierda del encuadre y todo lo demás es el campo, el viento moviendo hojas y plantas, el tiempo (aunque el propio Sokurov ha dicho que es el espacio lo que le interesa). Cuando vi este plano, envuelto en una inexplicable emoción, me preguntaba que más estaba percibiendo, sabía que había algo y no podía expresarlo. No era la acción.

Más adelante, la madre recuerda cierto olor a almendras en el campo y me di cuenta de que tal vez fuese esto lo que percibí en el plano secuencia.

Algunas imágenes aparecen distorcionadas (como en la foto) y el color nunca llega a ser intenso. Sokurov ha expresado que Madre e Hijo es su primera película en color, aunque se sabe que no es exactamente así.

Con relación a esto, el director explicó al periodista Volker Heise: "Esta ha sido la primera en la cual he prestado especial atención al proceso del color, de la misma manera que al espacio. Yo no quería un espacio tridimensional pero tampoco uno plano, una imagen. Finalmente quise ser honesto y decir: el arte del filme es una mentira si mantiene aquello que puede producir un espacio tridimensional o espacial. Un espacio tridimensional en la pantalla, es simplemente inalcanzable".

Gustavo Camps


Como el silencio de un hotel en el norte de Suecia

En Madre e Hijo Alexander Sokurov filma en 73 minutos (en promedio, 1,23´ por plano) la relación profunda de solidaridad-afecto entre una madre, cuya vida va paulatinamente hacia el final, y su hijo que le brinda protección.

Inspirándose en la estética del pintor Gaspar David Friedrich, Sokurov utiliza en este film objetivos anamórficos o hipergonar y pinta los lentes en los bordes como Claude Antont-Lara en el corto Construiré un feu (1927).

Estos lentes comprimen al filmar y descomprimen al exhibir. Henri Koster los empleó por primera vez en el largometraje La túnica sagrada (The Robe) (1953).

El realizador obtiene una película impecable y de una belleza inusitada, que consta de 59 planos-pintura (verdaderos encuadres de composición y/o estructuras plásticas estables).

La fotografía de los campos de trigo, bosques y escenas en interiores es de una austeridad ejemplar (las habitaciones tienen un equilibrio fílmico que recuerdan pinturas de Rembrandt, es decir, con fuentes de luz justificadas).

Lejos del montaje tradicional - que entre otros codificó David W. Griffith, a partir de Dickens - Sokurov emplea los planos secuencia (planos sintéticos, ideas o largos) para fusionar a sus personajes de forrma perfectamente integrada con el entorno, obteniendo una respiración mancomunada.

El filme posee un ritmo interno único. Una unidad anímica y melódica superior; narrativa y estéticamente lindante con Tarkovsky, y cercana a Bergman en sus disquisiciones en torno a Dios.

Sokurov captura un enigmático devenir de la existencia, casi como los lirios que se quiebran en el valle, la imagen de un león que se caza con arcos, como el silencio de un hotel, en el norte de Suecia.

Raúl Valls

AM 1110 Radio Municipal

 

 
 

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