Los
picapiedras en Las Vegas es una historia que con seguridad divertirá a
los más chicos por sus coloridos escenarios, sus ocurrentes
adaptaciones de los elementos contemporáneos a la época “prehistórica”
(el puente y la montaña rusa con dinosaurios, la rockcámara
fotográfica,
el original control remoto, el pulpo crupier, el Bronto King) y algunas
escenas desopilantes como la irrupción de dino en la fiesta de Vilma y
sus potentados padres o el paseo en el parque de diversiones con Pedro,
Pablo, Betty y Vilma juntos.
Sin
embargo, el guión deja completamente a la deriva la historia, y esto,
sin duda, aburrirá a los más grandecitos (a los padres, descontado)
que no sólo se entretienen con los efectos visuales o ciertos gags.
Los
picapiedras, tanto la primera película como esta, es de esas
producciones que no logra superar a la serie de televisión que las
precedió, incluso, más allá de la experiencia y la calidad del
director y los actores.
En
ese sentido, nada puede reprocharse al tosco Pedro de Mark Addy (de la
inglesa Todo o nada ó Full Monty), al tarambana Pablo de Sthepen
Baldwin o la eterna malvada, Joan Collins (Dinastía), en este caso como
madre de Vilma (K. Johnston).
La
primera película tuvo alrededor de sesenta y seis tomas con efectos
visuales y esta pasa las doscientas, pero esto no suple los agujeros
negros en la historia que pretende mostrar los entretelones de cuando
Pedro, Pablo, Betty y Vilma
se conocieron.
El
realizador Brian Levant produjo para la televisión Mork y Mindy, famosa
serie que tuvo como coprotagonista a Robin Williams, y en cine dirigió
Beethoven y la primera de Los picapiedras y escribió varios guiones.
Gustavo
Camps
|