UN
FILME IMPERFECTO
Glaucester-Massachusetts,
en Boston, un enorme puerto
de pescadores situado en el Atlántico norte, sirve como punto de
partida para la reivindicación de Billy Tyne (George Clooney).
Tyne
es el experimentado capitán del pesquero Andrea Gail,
especializado en capturar peces espada.
Ultimamente
no obtiene resultados satisfactorios y entra en competencia con su
colega Linda Greenlaw (M.E.Mastrantonio) quien lo supera cómodamente.
Basado
sobre un libro de S. Junger, el filme se sustenta en la remanida
afirmación “hechos reales”, más para encubrir la inexactitud que
para justificar la reconstrucción de ciertos hechos. Al respecto
preferimos el concepto de la guionista mexicana Paz Alicia Gracias
Diego: “En el cine importa más el cómo que el qué”.
En
cuanto al guión, diremos que esta escindido en dos.
El
primero, inexistente en rigor, implica considerar que los efectos
especiales y la tecnolatría (idolatría de los tecnócratas del cine) a
lo digital pueden, por si solos, sostener una historia. El maestro francés
Robert Bresson supo afirmar con buen tino: “vi filmes en los que todos
corren y son lentos; y otros en los que nada se mueve y son rápidos”.
Los efectos digitales que le dan velocidad a la acción son
insuficientes para modificar la lentitud interior. Sólo los nudos que
se enlazan y desenlazan en el interior de los personajes dan al filme su
verdadero movimiento.
El
segundo, deficiente, se vale de reacciones gestuales estereotipadas y
exteriores de los actores, sin generar evolución en el interior de
estos.
En
otro orden de cosas, recuerdo por lo menos dos escenas absurdas por lo
inverosímiles. En una, un oficial de la marina se arroja al océano
embravecido desde un helicóptero y en medio del caos le dice a las víctimas
que pretende salvar: “buenas tardes, soy el encargado de vuestro
rescate”. En otra, el meteorólogo de turno contempla en gráficos la
evolución del terrible fenómeno climático, tal vez único en el siglo; en lugar de
preocuparse, mira con rostro de perverso enceguecido
sin registrar el peligro de vidas y bienes.
Wolfgang
Petersen, que en su país natal supo dar muestras de ciertos dignos
intereses personales por el cine (El barco, Enemigo mío), en Hollywood
ingresará al libro Guinness con su record de lugares comunes y cliches.
Si con Epidemia comenzó su adocenamiento (La línea de fuego tuvo
algunos méritos), Avión presidencial, y ahora Una tormenta perfecta
ratifican su vulgarización.
Verdaderamente,
este tipo de realizadores elogiados por “lo bien que filman” no
comprenden que los alardes técnicos no justifican minutos y minutos
(130 para la Tormenta) repletos de tedio que confirman que el resultado
final es concretar un filme imperfecto.
Raúl
Valls
LO
QUE EL VIENTO SE LLEVO
El
filme comienza con la leyenda "basada en hechos reales". Lo único
real – en rigor - son los nombres de los personajes que se cuenta en
la historia y la tormenta, que ocurrió en octubre de 1991.
La
gacetilla de prensa comienza con un pedido muy especial a la critica
especializada: no revele el final del filme. Y está bien,
pues el final es uno de los grandes defectos de la película. Sólo,
y aceptando el pedido, bastaría
con decir que se hace muy confuso saber quien es el narrador de la
historia.
El
Director se toma casi una hora para describir a los personajes y durante
la hora restante se aboca a la tormenta propiamente dicha, donde un
barco pesquero y sus seis tripulantes son atrapados por tres frentes de
tormentas, lo que se denomina en la jerga una tormenta perfecta.

El barco a la deriva por la
tormenta, en el set
El
director no tiene de donde aferrarse demasiado para mantener la atención
de los espectadores. Si bien las escenas de la tormenta son realmente un
prodigio de virtud, eso sólo no hace al cine. Como así tampoco el
recurrir constantemente a presentar personajes externos a la historia
principal, y sus conflictos personales o de situación, que no sólamente
no contribuyen, sino que además alargan demasiado la película. Una
lastima, después de La
Aventura del Poseidón nada nuevo bajo el sol.
Lic.
Héctor Hochman
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