Las
huellas borradas es un buen filme incluso a pesar de dos inútiles
sobreactuaciones; o tres, si se cuenta al poblador que, desde el bar,
vive peleándose con su vecino. Asunción Balaguer y
Mariví Bilbao (Felisa y Leoni) - hermanas de carácter opuesto en la
ficción - abruman al espectador con su griterío y sus morisquetas
teatrales, que el director no ha querido o no ha podido encausar.
A
pesar de esto - recalco - es buena esta película.
“Nunca
vi un filme con tantos abrazos” dijo Raúl Valls a la salida de la
función privada y es cierto, pero en sentido positivo. Después de todo, el tercer largometraje de Enrique Gabriel nos muestra el regreso
de un hombre a su pueblo natal - Higueras, en España - tras un largo y
voluntario exilio.
En
cuanto al ritmo lento que por momentos Gabriel le imprime a la acción,
tampoco es negativo porque no todas las películas deben correr al ritmo
de un video clip y esta es una pel{icula de sentimientos, no de acción.
De
acuerdo con el guión Manuel Perea (Federico Luppi) vuelve a los pagos
de la infancia en un momento por demás aciago. El pueblo está a punto
de ser anegado, borrado del mapa en buen romance, por la construcción
de un embalse. Todos sus habitantes deben dejar definitivamente
HIgueras.
El
tiempo es cruel, mejor dicho, el tiempo no pasa en vano, todo cambia,
para mal, para bien o porque cambia. Nada de lo que Manuel imaginó
encontrar está como el pensaba, la alegoría es elocuente, si se
tardaba un poco más ni siquiera encontraba el pueblo. Manuel es bien
recibido pero son otros los que el dejó hace tantos años.
La
modernidad ha mutado las conversaciones de los vecinos sobre las
cosechas, el ganado y el clima en charlas sobre indemnizaciones,
mudanzas y nuevas ciudades.
Entre
la utopía y la ingenuidad Manuel también piensa reencontrarse con
Virginia (Mercedes Sampietro), su amor de juventud, pero - ya lo dijimos
- sólo se cruza una vez por el mismo hilo de agua. Esta es la dura enseñanza
que Manuel recibirá de la vida.
Gustavo
Camps
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