Tailandia,
la península Indochina, sigue
siendo el infierno para los turistas del primer mundo.
Recuerdo
dos filmes de dudoso valor cinematográfico que apoyan esta afirmación:
Return to paradise (Por la vida de un amigo ) y Brokedown palace (Inocencia
robada).
The
beach (La playa) no se aleja de esta media.
La
playa cuenta la increíble historia de Richard (Leonardo DiCaprio), un
turista que quiere alejarse del ruido histérico que producen los otros
veraneantes y recala en una isla poblada en secreto por una comunidad de
jóvenes de varios países.
La
participación de Leonardo DiCaprio no aporta ni resta al filme. En la
taquilla es donde con seguridad la presencia de la estrella hará notar
la diferencia.
Por
lo demás, Carlyle sigue haciendo su papel de desquiciado, los turistas
siguen sufriendo a mares en un lugar que suponían era el paraíso; la
novedad es que en este caso no son los lugareños los que se ensañan
con los extranjeros: en La playa ellos mismos crearán su propio
demonio.
No
es para menos, con raros personajes que se supone viven de la pesca y en
equilibrio con la naturaleza, pero cuando alguno amenaza ir a la ciudad
le piden pilas, diarios y condones.
¿Un
guión inverosímil no es así? Sin embargo esa escena del pedido de
provisiones es nimia si se la compara con la construcción del personaje
de DiCaprio, que de pacífico turista, cansado del consumismo, muta a
una especie de guerrillero con delirios de packman. Si, de packman de
jueguitos electrónicos.
Hay
dos interrogantes que caen de maduros ante el estreno de La playa. ¿Sí
DiCaprio se preservó luego de Titanic, que fue lo que lo llevó a
elegir este guión para continuar con su carrera? ¿Dónde quedó el Danny
Boyle que dirigió Trainspotting?
La
playa, me refiero a la locación en la isla Phi Phi Le, es un lugar de
ensueño, no obstante, reconozcamos que es un despropósito conocerlo a
través de la fotografía de un filme. Debe ser de maravilla pasar allí
un verano, pero ese es otro tema.
Gustavo
Camps
MAS CONTRA LA
PLAYA
Como
Terence Stamp y Julie Christie en Lejos del mundanal ruido (J. Slesinger, 1967),
un atlético joven (Richard, por Leonardo DiCaprio) escapa de la ciudad en busca
de un lugar distinto. Así llega a la exótica capital de Thailandia, Bankok.
Allí se topa con Daffy (Robert Carlyle), un individuo estrambótico, drogadicto
y suicida que le entrega el mapa de un enigmático sitio: la playa.
Es
incomprensible como todavía hoy la industria sigue justificando a galanes como
DiCaprio. Pero es imperdonable admirarlo como un carilindo. ¿Dónde ubicamos
entonces a Alain Delon, por ejemplo?
La
playa es un filme fascista. Aquí no hay intérpretes ni
actores, sólo persiste el culto por una personalidad mesiánica:
la de DiCaprio; en definitiva, un producto construido por
ejecutivos de marketing y el box-office.
Richard
encabeza una expedición a la playa porque su amigo Etienne
(Guillaume Canet) se acobarda. Una vez en el lugar le
arrebatará la novia (Virginie
Ledoyen) a Etienne y también seducirá
a Sal (Tilda Swinton), la líder de una comunidad que vive
en la playa (¡oh, los beneficios del star system!).

Richard en la comunidad de la
playa
En
cuanto a la acción, no olvidamos la magnifica lección que da Richard al
sugerir que un tiburón se controla tan sólo con un poco de aplomo. Las imágenes
nos harán saber más tarde, que dos suecos de la partida no entendieron tal
muestra de sabiduría y lo pagaron
con pedazos de su cuerpo, literalmente.
El
del tiburón es un ejemplo, porque en rigor toda la película está inundada por
un persistente tufillo de superioridad del protagonista.
Digámoslo
con todas las letras: La playa es DiCaprio. Los planos del filme de distribuyen
3 a 1 a favor de él y en contra del resto de los protagonistas. El montaje no
está al servicio de la narración sino para sostener y realimentar el mito del
joven star.
Podría
culparse de falsedad ideológica a este largo largometraje por su música
edulcorada, el diseño de arte light, el guión para el yo de DiCaprio y la estética
turística.
Parece
ser que los norteamericanos están cada vez más paranoicos:
los villanos ya no son solamente los foráneos, ahora también
son los propios conciudadanos.
Pero
hay más.
La
comunidad de la playa relega al ostracismo a nuestro héroe; quien buscará
vengarse utilizando a unos cosechadores de marihuana que andan por allí bien
armados, él - que toma sangre de serpiente por pura virilidad - mantendrá sus
manos níveas en esta traición.
Sobre
el final, un punto de inflexión nos ingresa a Pelotón (la de Oliver Stone);
aquí Richard, con rostro de guerrillero feroz, atrapará y comerá un gusano
sin inmutarse.
Al
director Danny Boyle habría que recordarle una máxima de Luis Delluc (el
principal fundador de la escuela expresionista francesa de cine): “Cuando
muere un director de cine, se convierte en fotógrafo”.
Raúl
Valls
LA PLAYA SOLEADA
Tras
una pantalla de exuberante belleza e ingenuidad se esconde
un tema añorado por el alma humana.
Sin
distinción de nacionalidad, credo o historia,
siempre se ha buscado el retorno al paraíso
perdido.
Se
trata del deseo de participar de un modelo de comunidad utópico,
en el que la lucha por satisfacer necesidades esta ausente.
No resulta sencillo acceder
ni renunciar a él .
Una
vez experimentado, lo paradisíaco se convierte en un paradójico
tránsito de lo amado a lo odiado y viceversa. Entonces
aparece el
sentimiento del “podría
haber sido”, que reconstruye nuevamente el mito.
En
La Playa el tema no es como llegar, sino como mantenerse
feliz en ese paraíso.
Algunas
preguntas de los que ya viven en él son: ¿Ampliamos
el paraíso o lo mantenemos restringido?
¿Y si optamos por el secreto; cuál es el límite de
dolor antes de sucumbir al sentido de pertenencia de la
comunidad ideal?.

Llegó
al paraíso ¿se quedará?
Al
menos en este paraíso de La Playa, aunque quizás un poco
tarde, la mayoría no está dispuesta a aceptar cualquier
medio para lograr el fin.
Se
contraponen las más bellas
imágenes de la naturaleza
a lo multitudinario y despreciable de la sociedad de
consumo. ¿Pero
de cuánto pudieron desprenderse cuando la emergencia en las
decisiones se presentó?.
Los
ideales y las miserias del ser humano quedan expuestas en La
Playa.
No
estamos simplemente frente a un film turístico. Se nos
convoca a una reflexión sobre los compromisos
que asumiríamos en pos del placer.
¿Elegiremos
la seguridad de lo virtual o el inseguro contacto con la
naturaleza?
Lo
asombroso es que una opción contribuye a la existencia de
la otra.
Así
conviven la virtualidad y la realidad.
Armando
D´Angelo
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