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LA GENTE DEL ARROZAL - Neak sré


La gente del arrozal1994, Color, 125´
Camboya, Francia
Dirección: Rithy Panh

Guión: Rithy Panh, Eve Deboise s/ la novela de Shahnon Ahmad

Montaje: Andree Davanture, Marie Christine Rougerie

Fotografía: Jacques Bouquin
Decorados: Nena Chamnaul
Música: Marc Marder
Sonido: Jean Claude Brisson

Elenco: Peng Phan, Mom Soth, Chhim Naline, Va Simorn, Sophy Sodany, Moung Danyda, Pen Sopheary, Proum Mary, habitantes del pueblo de Kamreang...


Para los occidentales que hemos perdido nuestra humanidad en pos del calificativo procaz y utilitario de “consumidores”,  este filme es, además de la posibilidad de ver buen cine, una oportunidad de reflexión. Y lo  valioso es que el director no emplea ni una sola toma en aleccionarnos.

Para los asiáticos el arroz es de origen divino (como lo es el pan o el trigo en occidente). En su lengua el camboyano expresa  “comer arroz” en lugar del abstracto “comer” occidental. Un personaje dice “Si se está vivo se trabaja” y la frase lleva implícita la tarea: el cultivo del arroz. El arroz es la vida del campesino.

La gente del arrozal – quienes se ocupan en plantar y cultivar el arroz- vive mimetizada con la naturaleza en las plantaciones. Ese mimetismo también es corporal: los pies en el lodo al trazar los surcos, las manos y brazos en los charcos de agua día y noche para rescatar raíces, la vivienda en medio de la plantación, la ropa propia en los espantapájaros.  El campesino es la vida del arroz.

Esta unión del hombre y la naturaleza se expresa claramente en las imágenes directas del filme de Panh.

Sus planos largos, asépticos, referenciales,  como de documental, remiten al neorrealismo italiano pero a la vez destilan características propias – y esto se puede ver en el ritmo de la acción - que le otorgan originalidad a la puesta (personalidad, tal vez, es un palabra más apropiada).

Pero cuando el destino rompe esa amalgama – un pequeño accidente, por ejemplo -  el golpe es tan duro que la presión puede hacer perder la razón. Cuando Poeuv – marido de Om y padre de siete hijas - debe parar de trabajar porque una espina lo hiere, este simple incidente desencadena una serie de sucesos que afectarán para siempre - sin posibilidad de retroceso – la vida de la familia.

Los primeros planos  -del padre, de la sufrida Om, de la hija mayor que finalmente deberá hacerse cargo de la plantación-  rescatan de lo más profundo de estos personajes la conmoción, el miedo y la desesperación por la ruptura de la comunión con la tierra.

La cámara que suele detenerse fugazmente en las hijas menores - dando cuenta del crecimiento que se opera en ellas - nos da a entender que el proceso no se detiene. Pase lo que pase hay que seguir con el rito del arroz. Hay que seguir viviendo. Este destino irreversible también está impreso en  las imágenes de Panh, un director sensible, comprometido y prometedor, a juzgar por  lo que logra exponer en su opera prima.

Gustavo Camps

 

 
 

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