Para
los occidentales que hemos perdido nuestra humanidad en pos del
calificativo procaz y utilitario de “consumidores”,
este filme es, además de la posibilidad de ver buen cine, una
oportunidad de reflexión. Y lo valioso
es que el director no emplea ni una sola toma en aleccionarnos.
Para
los asiáticos el arroz es de origen divino (como lo es el pan o el
trigo en occidente). En su lengua el camboyano expresa
“comer arroz” en lugar del abstracto “comer” occidental.
Un personaje dice “Si se está vivo se trabaja” y la frase lleva
implícita la tarea: el cultivo del arroz. El arroz es la vida del
campesino.
La
gente del arrozal – quienes se ocupan en plantar y cultivar el arroz-
vive mimetizada con la naturaleza en las plantaciones. Ese mimetismo
también es corporal: los pies en el lodo al trazar los surcos, las
manos y brazos en los charcos de agua día y noche para rescatar raíces,
la vivienda en medio de la plantación, la ropa propia en los
espantapájaros.
El campesino es la vida del arroz.
Esta
unión del hombre y la naturaleza se expresa claramente en las imágenes
directas del filme de Panh.
Sus
planos largos, asépticos, referenciales,
como de documental, remiten al neorrealismo italiano pero a la
vez destilan características propias – y esto se puede ver en el
ritmo de la acción - que le otorgan originalidad a la puesta (personalidad, tal
vez, es un palabra más apropiada).
Pero
cuando el destino rompe esa amalgama – un pequeño accidente, por
ejemplo - el golpe es tan
duro que la presión puede hacer perder la razón. Cuando Poeuv –
marido de Om y padre de siete hijas - debe parar de trabajar porque una
espina lo hiere, este simple incidente desencadena una serie de sucesos
que afectarán para siempre - sin posibilidad de retroceso – la vida
de la familia.
Los
primeros planos -del padre,
de la sufrida Om, de la hija mayor que finalmente deberá hacerse cargo
de la plantación- rescatan
de lo más profundo de estos personajes la conmoción, el miedo y la
desesperación por la ruptura de la comunión con la tierra.
La
cámara que suele detenerse fugazmente en las hijas menores - dando
cuenta del crecimiento que se opera en ellas - nos da a entender que el
proceso no se detiene. Pase lo que pase hay que seguir con el rito del
arroz. Hay que seguir viviendo. Este destino irreversible también está
impreso en las imágenes de
Panh, un director sensible, comprometido y prometedor, a juzgar por
lo que logra exponer en su opera prima.
Gustavo
Camps
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